La llama al viento: un perfil del escritor Fernando Vallejo

Por: Steven Morales Palacio

“En esa olla podrida que es la vida” Fernando Vallejo se sumerge. Va y viene pues si bien, al final de cuentas ¿No es su propia vida? En cada uno de sus libros, hay una queja contra la vida, el país que lo vio nacer y esa sociedad mojigata colombiana. “¡Bum! ¡Bum! ¡Bum! La cabeza del niño, mi cabeza, rebotaba contra el embaldosado duro y frío del patio, contra la vasta tierra”, porque esta no hacía su voluntad. ¿Cuál es la voluntad de Vallejo?

El amor de Fernando es la luz que rasga la oscuridad del olvido. Es un grito en medio de la noche oscura. Son sus recuerdos, su abuela Raquel Pizano. “Abuela, seguí leyéndome a Heidegger, que por eso lo compré en español, porque vos no sabés alemán, ni yo, ni querés aprender, ni yo”. Y ella: “ay mijo, para qué me ponés a leer a esos viejos tan aburridos…”. Y yo: “no protestes y leé que mañana te toca Husserl” (Entre Fantasmas).

Es a ella a quien ha dedicado incontables párrafos y libros: una santa. Lo oía despotricar contra Dios, y muda palabra, no reclamaba, solo rezaba y pedía perdón por las blasfemias de su nieto. Pero olvidamos otros cuantos; su perra Bruja, al igual que su abuela, tenía la facultad de calmarle el corazón con solo juntar sus cabezas, y es que Fernando abría los ojos para cruzar la calle y vivía para cuidar a Bruja, pues era su compañera de viaje; aquella que, a vuelo de escoba, lo acompañaba volando entre los gallinazos y globos encendidos por el “vago espectro del brumoso ayer”.

“Lo mejor que le podía pasar a él, era que se muriera. Lo mejor que me pudiera pasar a mí, era que él siguiera viviendo. No concebía la posibilidad de vivir sin él” (El Desbarrancadero). Esta cita habla de su hermano, su compañero de foto, de esa foto a la que le han pasado los años. Darío, el primero de los tantos hermanos que tuvo, con él que compartió “todo: los muchachos, los recuerdos. Nadie tuvo en la cabeza tantos recuerdos compartidos conmigo como él”. Como esas noches a bordo del Studebaker repleto de bellezas, un aguardiente aquí y otro allá, serpenteando la carretera que va de Rionegro a Medellín. Darío, el “desorbitado”, que combinaba la mariguana con el aguardiente, y al final de sus días con cualquier cosa que se le atravesara, le dejó a los gusanos, en palabras de Fernando, “mierda”, porque acabó hasta con el nido de la perra.

Santa Anita, la finca en la que transcurrieron los mejores momentos de su niñez, lugar donde aprendió a elevar globos y a quemar pólvora. “Hoy ha amanecido el día azul […]. Entonces miro al cielo y veo el globo cayendo. Es un globo rojo de dieciséis pliegos que cae encendido […]. Mientras el globo viene cayendo hacia mí con la candileja aún prendida, cayendo, cayendo, don de Dios desde el cielo azul, viniendo dulcemente a mis manos” (Los días azules).

Hoy, de la finca no queda nada, sólo un hueco en donde construyeron una urbanización. De la portada, el carbonero, que debajo de él tenía un tumulto de piedras en donde vivía una culebra manchada, la palma real, el naranjo de las ombligonas, ya no queda nada. “Para Vallejo todo amor verdadero es doliente”.

Suena el teléfono, es la cuñada de Fernando avisándole que papi, su papá estaba mal y que los médicos esperaban lo peor. “Entramos al cuarto en donde papi agonizaba. Sus ojos vidriosos me miraron desde el fondo de la muerte. Me acerqué a la cama, lo besé en la frente y le ausculté el corazón” (El Desbarrancadero).  ¿Cómo decirle a su papá que lo quería y que era un hombre honorable? Sus palabras no llegaron. A su padre lo inundaba la tristeza, miraba con sus ojos vidriosos el techo. “Entonces hundí la aguja en el tubo de plástico, presioné el émbolo, y con la última gótica de suero que caía empezó a entrar el Eutanal […]. Fue fulminante […]. El tiempo, lacayo de la Muerte, se detuvo: papi había dejado el horror de la vida y había entrado en el horror de la muerte” El Desbarrancadero.

Santo

Ese muerto que es Fernando Vallejo, está en “La nada negra, sin límites de tiempo ni de espacio, de la que nunca debió haber salido pero a la que por fin volvió”, un santo.

Descubrió su amor por los animales por su propia cuenta; entendió la desgracia a la que había estado ciego siempre. “La humanidad entera no vale un sólo momento de dolor de un perro”. (Entre fantasmas).

A lo largo de su vida ha estado acompañado por los canes. En su infancia, fue Capitán quien impidió que los chinches destruyeran el globo que caía del cielo. En la edad adulta, su perra Bruja, “ególatra” que lo acompaño en innumerables páginas y viajes “Pero a contra corriente […]. Solo así. Y así te he llevado, Brujita, a Medellín, volando por el cielo de “Los días azules”, Entre fantasmas.  En la actualidad lo acompaña su perra “Kim” que atiende a dar la mano en 4 idiomas. Entre sonrisas Fernando menciona, “Es poliglota como el papá” y es a ella, y solo a ella a quien ha dado “El beso más largo de la historia del cine” en el documental La Desazón Suprema.

“Los animales son mi prójimo” y por eso donó los cien mil dólares que otorga el Premio Internacional de la Novela Rómulo Gallegos, a una sociedad protectora de animales.

Es un santo de muchas formas entre tantas. Es la lucidez y el lirismo de su prosa, un aspecto digno de apreciar; “Y de rencor en rencor me fui adentrando en la noche oscura del odio, donde dispersas brillaban una que otra chispita de amor”, dice fragmento de Los días azules, que destaca entre el aguacero de reclamos e improperios que llueven a diestra y siniestra.

Todo aquel que haya leído un libro de Vallejo, encontrará oscuridad, irreverencia, provocación y maldiciones en abundancia, pero entre tantas tinieblas, uno que otro momento de luz, belleza, amor desbordado y santidad, puesto que “la felicidad la he alcanzado también por raticos, la felicidad…” “La felicidad es como un pompa de jabón que da visos, pero que no bien uno la mira se revienta” (Entre fantasmas).

“Colombia no tiene perdón ni tiene redención. Esto es un desastre sin remedio” (Chapolas negras). No obstante, sin importar que su condición sea empeorar, “En mí perdurarás, Colombia. Tus ríos, tus montañas, tus volcanes, tus furias criminales. Pobre niña ciega, Colombia, paloma. Ya tus ríos se secaron, tus montañas se desmoronaron, tus volcanes se apagaron y no queda a quien matar.”  (Años de indulgencia).

Pesimista

“Colombia es el país más asesino de la tierra, tiene treinta mil  asesinatos al año” (La desazón suprema). “Y la ventaja de vivir en ella es que uno no sabe de dónde viene la bala, se va al otro lado sin saber de qué lado vino, pues Colombia es un país homicida, ocupado por una raza mezquina, asesina, fea, más y más bruta, más hijo de puta. Ya no se mandan al otro lado como en mi tiempo, a machete, ahora se despachan dándose bala”.

“Por qué desperdiciar a China en pruebas subterráneas de tanta bomba costosa, habiendo aquí donde tirarlas a la luz del día” (El desbarrancadero), pues por más que maten a las FARC, los paramilitares, los curas, los narcos y los políticos, el mal continúa: “Quedan los colombianos”.

Indudablemente, esa “Mi desazón suprema”, lo acompaña como una sombra a lo largo de su vida. Su pasado es el efímero instante de felicidad que se ha llevado el Río del Tiempo. Su presente es la muerte, “Ya todos se murieron, de lo que fue mío ya nada queda […]  un amor que se me fue, otro amor que me olvidó, por el mundo yo voy penando […] Y los ojos… Y los ojos se me encharcaban de lágrimas mientras dejando atrás a Bombay, para siempre”. La virgen de los sicarios me iba adentrando en el futuro, justamente a donde no quería llegar.

Hace ya incontables años Fernando Vallejo está muerto. Ha dejado de soñar. La Colombia de su niñez ha desaparecido; las montañas, los ríos y los bosques desaparecieron. “¿Cuál es el país que sueña?, ninguno, la vida es una pesadilla”, “Creemos que existimos pero no, somos un espejismo de la nada, un sueño de basuco” (La virgen de los sicarios) y “yo” no tengo esperanza alguna, la vida no va para ninguna parte, sino es a la muerte y el olvido. Dios no existe, ni el cielo, desgraciadamente nos vamos a volver polvo y ceniza.

Juan Villoro le llama “El cronista de la devastación”, pero más bien, en palabras de Vallejo, él es un profeta. “A la humanidad le espera el infierno”, la bomba demográfica se nos vino encima, el hombre aún confunde el sexo con la reproducción, el sexo es inocente, por lo demás, la copula es un crimen, la vida es un encarte, “¿para qué llamar a ese ser que está en la nada que no está pidiendo venir?”. El planeta se está calentando. Sin agua los ríos se están secando; en Colombia no queda ya ninguno, todo desértico y atestado de gente. Es una contradicción desesperante.

Así como es él, anacrónico y contradictorio, concluyo este pesimismo con lo siguiente, para después adentrarnos en la faceta más oscura de Fernando Vallejo.

“Estoy muy triste de no poder vivir en Colombia, porque yo a Colombia la quiero mucho, y mientras más me acerco a la muerte, más la quiero, y su derrumbe y su desplome, y su desintegración se suman a los míos” (La desazón suprema).

Provocador

“Fernando Vallejo es un provocador”, Carlos Monsiváis.

Sus películas, libros y discursos están cargados de incitaciones, injurias y en repetidas ocasiones, son motivo de las más encontradas posiciones.

Algunas de sus películas han sido prohibidas: Crónica Roja, fue tachada de hacer apología al delito, La Tormenta, fue vedada, aduciendo a que era un momento delicado para una película así y La Virgen de los Sicarios, fue blanco de innumerables ataques, puesto que hacía incitaciones a matar un presidente.

“Y a Colombia eso la ofendió mucho, qué querían que filmara, florecitas, paisajitos, riítos, ¿Qué querían que Filmara?” La Desazón Suprema.

Los santos de su devoción: “San Martín del Ébola”, que el día menos pensado, luego de tanto rezarle, va a venir a barrer hasta con el nido de la perra, “San Adolfo Hitler”, mártir que se levantará de las cenizas de su búnker y limpiará a Colombia de zambos, fulas, mulatos, mandingas y saltapatraces.

La forma en que arremete contra todo es descarnada, no concede. La constitución de Colombia, con la que se ha limpiado el culo; la Biblia, que a su modo de ver es “El libro de los incestos”; los curas que son una “parranda de maricas”; El Vaticano, “santuario de la histeria”; el presidente, “un culibajito” que se cree con el poder; el Papa, culpable de la bomba demográfica; la revista Cromos, que debería “hacer reinados de belleza de muchachos”; la filosofía, que nació luego de que Tales de Mileto se fue a una zanja y casi se desnuca, “Ese fue el comienzo de eso” y así y así, se muestra Fernando Vallejo como un provocador, deslenguado, cuenta vidas e hijo de puta.

Y entonces, “¿Lo que usted propone es la anarquía, el caos, que se desplome el establishment, el imperio de la ley? No. O sea sí.” (Años de indulgencia). No le recomiendo nada a nadie, cada quien que se labre su camino como mejor pueda. “Esta vida es un desastre”.