“Vas haciéndote viejo y recordando/ todo aquello que no ocurrió jamás”. Pero qué importa si ocurrió o no. ¿O es que acaso el hecho de que sí haya ocurrido hace más válido o cierto el recuerdo?
Escribe / Pablo Felipe Arango – Ilustra / Stella Maris
Los recuerdos son selectivos. Ellos escogen, no nosotros. Los psicólogos tendrán explicaciones para lo que digo y seguro muy fundadas, aunque dudo que los neurólogos las avalen. No creo que estén dispuestos a suponer que los recuerdos juegan a las escondidas en nuestro cerebro. Yo imagino a los recuerdos, en cambio, con una entidad propia y habitando un lugar especial que no nos pertenece del todo, pero que también nosotros moramos. Es la tierra de la memoria que el escritor uruguayo Felisberto Hernández cartografió con maestría.
¿Qué es lo que recordamos o por qué?, ¿qué hace que, sin motivación alguna, ciertos asuntos vuelvan a nuestra mente, algunos con mayor nitidez, mientras que otros, en cambio, aparezcan velados? ¿Por qué algún tiempo después lo que ahora es claro se torna oscuro y nebuloso mientras que lo aparentemente olvidado diáfano?
“Aquello que me pareció extraño cuando hallé el diario es que no tengo recuerdos de la vida cotidiana que describe. Si no los recuerdo, ¿a dónde se han ido esos días? ¿Dónde se han metido? Medito sobre las cosas que los humanos pierden en el pasado”, escribió Yasunari Kawabata en el “Diario de mi decimosexto año”. Todos hemos sentido algo parecido. La desazón que provoca ese sentimiento es demoledora, no por lo que se pierde –ya no importa aun cuando se trate de algo o alguien sublime–, sino por lo que indica, por la fragilidad que evidencia, porque es una bofetada contra las pretensiones de inmortalidad que en todos perviven.
Nos salva la literatura, incluso la muy personal que no se escribirá nunca, esa que nos sirve para ir viviendo, y que convertida en obra sería, no cabe duda, tan grande como la más grande de todas, porque la única diferencia es justo eso, la mera concreción, que tampoco es nada especial, sino apenas la materialización de la imaginación o los recuerdos de quien tuvo tiempo, o ánimo, o cierta destreza más o menos pulida; pero poco más: “…aunque no entendemos nada, la literatura le da sentido a todo” dice el psiquiatra Doctor Pasavento, protagonista de la novela de Vila-Matas. Efectivamente la literatura es como una especie de cordel o de soga sin la cual no hay manera de agruparlo todo, de llevar los trozos que conforman nuestras vidas y la de todos juntos en un solo atado, de tal forma que podamos cargarlo, trastearlo e incluso verlo en conjunto. Sin literatura la historia de nuestra vida parece un reguero de cosas y el pasado, entonces, aunque existe, es tan borroso que preferimos no visitarlo. Todo aquel que pueda reconocer su pasado, y mirarlo como se mira la maleta que contiene lo que nos hará falta en el viaje, es un literato, aunque no lo sepa.
He escrito reconocer, pero tal vez no sea la palabra exacta, tal vez convenga mejor decir inventar, porque eso es lo que hacemos: los recuerdos y el pasado son nuestra máxima invención, así como la historia es la máxima invención de un pueblo o de la humanidad entera; y esto no significa que sea una mentira, ni más faltaba, pero no es, y hay que reconocerlo, en el sentido riguroso del término, un asunto objetivo, porque ni la historia, ni los recuerdos, existen más allá del individuo o del pueblo que los recrean. Todo lo contrario, son justamente creaciones mentales aun cuando tengan esa autonomía de la que hablé al principio, aunque sean capaces de aparecer o desaparecer a su antojo; existen y se agazapan en los rincones de nuestras mentes, o se pasean a sus anchas. La mente no es más que aquella tierra de la memoria.
El poeta Juan Vicente Piqueras escribió: “Vas haciéndote viejo y recordando/ todo aquello que no ocurrió jamás”. Pero qué importa si ocurrió o no. ¿O es que acaso el hecho de que sí haya ocurrido hace más válido o cierto el recuerdo? No tiene nada que ver. Y más razón aún tienen los siguientes versos del mismo poema: “El pasado es más fuerte/ que Dios. Nadie, ni Dios,/ puede cambiarlo. Sólo la memoria”.
Estos últimos versos andan retumbando en mi cerebro. No paran de estrujarlo. Se pavonean en medio de los recuerdos. Hacen asamblea con ellos, se codean, se gritan, se ríen imaginando los estragos y las gracias que más adelante me depararán esos mismos recuerdos, incluso cuando se vuelvan más esquivos y entonces la memoria haga sus estragos más contundentes, y probablemente más liberadores. Tal vez lo que debiera suponer el poeta es que Dios es la memoria, y solo eso, y que un gesto de su divinidad es la posibilidad de diluirlo todo, de irlo difuminando con el paso del tiempo, tal como se van disolviendo las líneas que se trazan en un vidrio con vaho.


