Un grave problema oculto en las conferencias ambientales es que si bien se plantearon soluciones políticas, económicas y sociales, no se preguntaron dónde habitarían esas soluciones. Ahora tenemos los mismos problemas de antes, pero le sumamos uno más complejo: el qué, si no hay un dónde.

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Instalación de Francis Alÿs

Por: Jorge Beltrán

Hoy, unos cuantos meses después de haber concluido la asamblea anual del Banco Internacional de Desarrollo (BID) que se llevó a cabo en Bahamas a principios de este  año y donde se aprobó el aumento de la financiación de proyectos relacionados con el cambio climático, es pertinente preguntarse cómo se ha desarrollado esta lucha por el ambiente y a qué desafíos nos enfrentamos.

En 1972, en la Conferencia de la Organización de la Naciones  Unidas (ONU) en Estocolmo, capital de Suecia, se inserta al ambiente como derecho humano fundamental con el fin de preservarlo y administrarlo como un bien común. Estamos hablando de hace 44 años.

Para el año de 1982 se aprueba la Carta mundial de la naturaleza en la conferencia de Nairobi, capital de Kenia. En 1987 la idea de “nuestro futuro común” de desarrollo sostenible se vincula a lo social y se formula mejor la idea de “bien común”, pero no es sino hasta la Conferencia de Río, en Brasil (1992), cuando se proclama un plan de acción ante la declaración de los principios sobre el medio ambiente y el desarrollo.

No pretendo con este brevísimo repaso histórico resaltar el hecho de que para resolver un tema tan importante, como lo es este para el futuro de nuestra especie, tengan que pasar tantos años entre fecha y fecha para la creación de algún tipo de solución a nuestras irresponsabilidades ambientales. Podría comenzar hablando apocalípticamente sobre lo que acontece hoy en día en el planeta; preguntarme hasta dónde nos ha llevado la ambición por el  poder de nuestros gobernantes y algunos pretenciosos consumistas; pero aún considero al optimismo como una fuente de inspiración y fuerza.

Por supuesto que han pasado ya varios años, pero si pensamos en la evolución de la humanidad no han sido tantos. El fin de la lucha nunca estará lejos cuando vale la pena para muchos enfrentarlo y a la naturaleza humana le cuesta años unir los puntos para llegar a la reflexión.

Un grave problema oculto en las conferencias ambientales es que si bien se plantearon soluciones políticas, económicas y sociales, no se preguntaron dónde habitarían esas soluciones. Ahora tenemos los mismos problemas de antes, pero le sumamos uno más complejo: el qué, si no hay un dónde.

Son numerosos los estudios que se han realizado en el mundo sobre Cambio Climático. Nos invaden con publicidad en la web.

Todos sabemos que la Antártida se derrite como una metáfora más de una obra de Francis Alÿs, la cual es colosal de lo simple,  pero no todos comprenden; sabemos que se extinguen las especies, que nacen nuevos fenómenos climáticos, sabemos de las sequías, las inundaciones, los cambios de temperatura, la urbanización por sobrepoblación, los monstruosos inventos de Monsanto y el envenenamiento de los cultivos, la minería a cielo abierto, la deforestación, los terremotos, la desertificación de los suelos, el desplazamiento de familias de pequeños productores rurales, las basuras y, por último, y no menos importante, la poca o nula educación ambiental en los colegios.

¿Dónde quedan todos esos conocimientos que no deberían pasar como intrascendente cultura general, pero pasan como eso? ¿Dónde los estamos debatiendo, cómo se están transmitiendo, desde qué lugar y con qué fin? ¿Qué legado les estamos dejando a las futuras generaciones sino es el mensaje de la lucha por nuestros derechos y el respeto a nuestro planeta?

La naturaleza ha estado ligada a cambios estructurales por siglos, si bien la transformación no siempre es deterioro, no cabe duda que el hombre es el mayor potencial de esos cambios. Estudios realizados por diferentes organismos internacionales como el Programa de las Naciones Unidas para el Medio Ambiente (PNUMA) demuestran científicamente que la intervención desmedida del hombre ha influido enormemente en muchos de estos fenómenos, sino en todos, produciendo el llamado “efecto antropogénico”

Hemos pasado hoy en día del aspecto al impacto, del impacto al problema y al conflicto. Ahora tenemos que evitar que todo el conflicto se nos venga encima. Los errores de varias generaciones tuvieron consecuencia que pudimos superar, nosotros no podemos seguir de la misma manera. En una entrevista en el 2011 para la revista Semana de Colombia, el abogado y gestor ambiental  payanés Gustavo Wilches Chaux expresó:

La humanidad se demoró mucho tiempo en ver la relación entre el coito y el parto, después de nueve meses. De la misma manera, aún no es tan notoria la relación entre desastres y errores o decisiones del desarrollo equivocadas que se han tomado en algún momento. Sin embargo, cada vez la gente afectada por el desastre dice que eso no es natural, o sea que no es la naturaleza la que lo genera, sino que nosotros creamos las condiciones para que la naturaleza pase una cuenta de cobro que tiene que pasar tarde o temprano.

En la práctica está el cambio y la presión social al Estado para que el ambiente no sea un problema individual o una simple noción mediática y coyuntural para la política internacional, sino una prioridad actual, una temática de urgencia por insertar en las instituciones educativas en Colombia. No podemos seguir actuando como sociedad impotente ante un Estado iluminado que no legitima el derecho al ambiente sano.