Es mejor una falsa alarma que una muerte sin alarma en términos evolutivos. La falsa alarma bien podría ser verdadera en el 1% de las veces y aun si nos convertimos en individuos asustadizos y cobardes ese 1% lo vale. Los cementerios están llenos de valientes y escépticos, como Pirrón, filósofo griego famoso por su escepticismo radical…

 

Por: Diego Londoño*

En 1997 el paleontólogo, biólogo evolutivo y divulgador científico Stephen Jay Gould acuñó el concepto de “Magisterios sin superposición” (NOMA[1], por sus siglas en inglés) el cual, en pocas palabras significa que la Ciencia y la Religión tienen dominios de acción diferentes, y que por lo tanto no puede haber un enfrentamiento entre ellas. Para Gould el Magisterio  de la Ciencia se ocuparía del terreno de los hechos y la realidad empírica, mientras que  la religión  se ocuparía de los valores morales y el significado de la existencia[2].

Sin embargo la posición de Gould ha sido criticada por diversos científicos, filósofos e historiadores. Por ejemplo, para el historiador de la ideas Peter Watson, la religión se ocupa  tanto de lo que es correcto moralmente como de lo que es verdadero empíricamente, y en este último aspecto habría un solapamiento entre religión, filosofía y ciencia[3].

Para el también biólogo evolutivo y divulgador científico Richard Dawkins, la posición de Gould era poco realista, puesto que según Dawkins la religión hace afirmaciones sobre la existencia y la realidad material, prueba de esto serían los milagros o las oraciones y su presunta efectividad.  La posición de Gould, además de parecer errada, impediría teóricamente que hubiesen debates y diálogos sobre la realidad empírica entre diferentes ciencias y religiones, pues si sus magisterios  no se solapan, ¿sobre qué van a dialogar o a debatir?

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Evidentemente, no todas las religiones son iguales, y como expresa el filósofo y activista ateo Sam Harris, “religión” puede ser un término como “deporte”, donde agrupamos cosas tan dispares como el ajedrez, las artes marciales y el fútbol.  Dentro de lo que llamamos religiones pueden haber elementos tan dispares como el cristianismo católico y el budismo zen.

El budismo como religión puede ser algo muy diferente a lo que concebimos como religión en nuestra “cultura occidental”, donde hemos sido enormemente influenciados por religiones basadas en revelaciones y con un culto a un dios único. A propósito nos dice Sam Harris:

A diferencia de doctrinas como el judaísmo, el cristianismo o el islam, las enseñanzas de Buda no son consideradas por sus adeptos como el producto de una revelación infalible. Por el contrario, son instrucciones empíricas, si haces X experimentarás Y. Aunque muchos budistas tienen un apego supersticioso y de culto al Buda histórico, las enseñanzas del budismo lo presentan como un ser humano común que logró entender la naturaleza de su propia mente.[4]

El budismo es una religión que en las últimas décadas ha tenido diálogos, más que debates, con la ciencia, dada la naturaleza particular de dicha religión :

El budismo ha despertado un especial interés entre los científicos occidentales (…) No es una religión que se base principalmente en la fe y sus enseñanzas fundamentales son completamente empíricas. Pese a las supersticiones de muchos budistas, el núcleo de la doctrina tiene un carácter práctico y lógico que no necesita recurrir a suposiciones injustificadas[5]

 

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Al igual que otras religiones, el budismo se propone hacer algo que según Gould la religión no hace: estudiar la realidad empírica y decir algo sobre ella. Esta religión pretende encontrar verdades sobre la estructura de la realidad y sobre los seres humanos. Estas verdades a menudo escapan de la vista, debido a que, según la doctrina del budismo, la mente humana contiene por naturaleza ciertas distorsiones e ilusiones incorporadas, lo que nos impide ver el mundo con claridad.

Para el budismo, los seres humanos estamos atrapados en māyā (un concepto parecido al de la caverna platónica) que hace referencia a una realidad ilusoria, a un velo que hay que correr para comprender la verdadera naturaleza del mundo, un objetivo muy parecido al que tienen la ciencia y la filosofía.  En tal empresa el budismo desconfía escépticamente de la percepción del mundo que tiene la mente humana, pues esta puede ser poco objetiva en sus apreciaciones, algo que corroboran las investigaciones en psicología y neurociencia cognitiva.

No quiero entrar aquí con los típicos ejemplos de cómo nuestro cerebro construye la realidad y la distorsiona, tales como el espectro de luz que podemos captar con nuestra visión primate[6], el punto ciego[7] y otras ilusiones ópticas que suelen usarse mucho en la divulgación científica para ejemplificar este punto.

En lugar de eso quiero tomar el aspecto de la influencia de las emociones en la distorsión de la realidad, y he decidido tomar la emoción del miedo como ejemplo, aunque ya en un artículo anterior hablé de cómo el asco (otra emoción) modifica nuestra percepción de otros humanos y nuestros valores morales[8].

Muchas veces tras compartir con nuestros amigos historias de terror o tras ver alguna película de la misma temática, nuestra percepción se altera por la inducción del miedo, de modo que el crujido de la rama de un árbol o de alguna madera puede “significar” inmediatamente la presencia de un ente sobrenatural que nos acecha. En palabras de Sófocles, “para el hombre que teme, todo cruje” y no sería descabellado agregar “y todo lo que cruje lo acecha”.

Más allá de lo empírico, este cambio en la percepción de la realidad inducida por las emociones ha sido puesto a prueba en muchos experimentos psicológicos.

Por ejemplo, se ha encontrado que si se induce miedo a las personas a través de la música, lo que parece una olla pueden verlo como un cuchillo, y lo que parece una cuerda pueden verlo como una serpiente.  Si se les induce alegría o no se les induce ninguna emoción, la imagen deja de percibirse como amenazante[9].

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cuchilloEsto tiene sentido a la luz de la evolución. Nuestro sistema nervioso, y por lo tanto nuestra percepción del mundo ha sufrido fuertes presiones evolutivas, de modo que el análisis meticuloso y escéptico de la realidad no ha sido muy premiado en nuestros antepasados, tan sólo imaginemos a nuestros antepasados caminando por un terreno desconocido en la noche y que se cruzasen con una raíz con forma de serpiente o una serpiente con forma de raíz.

Los individuos que se alejasen inmediatamente de allí sin tomarse mucho tiempo para pensarlo, tendrían más posibilidades de sobrevivir si efectivamente el objeto fuese una serpiente. Los escépticos que no modificaran su percepción de la realidad en esa situación peligrosa tendrían más probabilidad de morir y no pasar sus genes a la siguiente generación.

Es mejor una falsa alarma que una muerte sin alarma en términos evolutivos. La falsa alarma bien podría ser verdadera en el 1% de las veces y aun si nos convertimos en individuos asustadizos y cobardes ese 1% lo vale. Los cementerios están llenos de valientes y escépticos, como Pirrón, filósofo griego famoso por su escepticismo radical, y del cual se presume que murió al caer por un acantilado al desconfiar de su existencia. Su escepticismo radical se ha atribuido a sus viajes con Alejandro Magno a la India donde tuvo contacto con ideas budistas.

Aun así, ni el escepticismo ni el budismo tienen que ser tan radicales en su percepción del mundo; generalmente estas dos corrientes de pensamiento suelen tender a un escepticismo moderado y razonable que permite que sus seguidores sobrevivan.

La ideas, como los genes, necesitan de individuos para propagarse, y si estas ideas impiden la supervivencia de sus portadores es poco probable que se propaguen mucho.

Nuestros cerebros no fueron moldeados para ver la realidad tal y como es, sino para sobrevivir y propagar los genes que producían estos comportamientos y percepciones.

Ver ilusiones gracias a nuestro estado emocional tiene mucho sentido a nivel evolutivo, pero puede ser contraproducente en el presente, pues gracias al alto poder de las emociones para distorsionar nuestra realidad es que las campañas políticas basadas en el miedo suelen funcionar muy bien.

Hace algunos años estuvo muy de moda hacer campaña política partiendo de la idea de una amenaza terrorista y hoy en día se siguen empleando estrategias similares. Ante esto el budismo plantea que debemos ser escépticos de nuestros sentimientos pues no son necesariamente  guías confiables de la realidad.

Se ha encontrado por ejemplo que poner escenas de la película “El silencio de los inocentes” (que han demostrado ser inductoras de miedo) a personas blancas estadounidenses, modifica la percepción de expresiones faciales de hombres de raza negra o ascendencia árabe, lo que les hace ver expresiones de rabia en rostros con expresiones que en realidad son neutrales; los evaluadores ven a estos sujetos como peligrosos cuando se les ha inducido miedo, mientras que esto no sucedió cuando no se inducía esta emoción.

¿Cómo confiar en nuestros juicios cuando son fuertemente influenciados por la inducción de diferentes emociones? ¿Cómo llegar a ver la realidad tal y como es? El órgano que pretendemos usar para llegar a una verdad objetiva es el mismo que se encarga de ocultárnosla, ¿cómo podemos lidiar con eso?

Los humanos hemos  intentado lidiar con estos problemas a través de diversos métodos. La ciencia es uno de ellos, donde creamos instrumentos y metodologías sofisticadas que nos permitan ir más allá de las apariencias y de lo que nos muestran los sentidos.

El budismo es otro método, efectivo o no, que intenta resolver estos problemas, no ya con instrumentos externos, sino a través de sofisticados métodos de introspección, meditación y contemplación que permitan llegar a disolver las apariencias y ver las cosas tal y como son.
En el camino paralelo de ciencia y budismo han surgido puntos en común respecto a varios aspectos importantes de la realidad, puntos que trabajaré en los siguientes dos artículos.

Un primer tópico será el de la insatisfacción constante del ser humano y el deseo como origen de esta insatisfacción, asuntos que han explorado disciplinas científicas como la biología, la psicología y las neurociencias, y sobre los cuales el budismo pone un énfasis muy importante, pues forman parte de dos de las cuatro “nobles verdades” en las que se basa esta religión.

Un segundo tópico será el de la Ilusión del yo, tema ampliamente trabajado por la neurociencia y el budismo.
Habiendo leído hasta aquí, podrá el lector estar de acuerdo conmigo, al menos parcialmente, en que existen temas que interesan y sobre el cual tienen algo que decir la ciencia y algunas religiones, es decir, existe solapamiento de magisterios.

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Bajo este solapamiento, el diálogo entre saberes puede ser bastante beneficioso para ambas partes, y de hecho en el caso de la ciencia, los postulados de ciertas religiones pueden ser una fuente importante de preguntas y temas de investigación; al fin y al cabo sueños, cuentos, alucinaciones y poesía han sido fuente de inspiración para la investigación científica, ¿por qué no podrían serlo también las creencias religiosas?

*Estudiante de biología Universidad de Antioquia

 

CITAS

[1]          https://en.wikipedia.org/wiki/Non-overlapping_magisteria

[2]          The net of science covers the empirical universe: what is it made of (fact) and why does it work this way (theory). The net of religion extends over questions of moral meaning and value. These two magisteria do not overlap, nor do they encompass all inquiry http://www.stephenjaygould.org/library/gould_noma.html

[3]          Watson, P. (2006). Ideas: historia intelectual de la humanidad.

[4]          Harris, S. (2015). Despertar: Una guía para una espiritualidad sin religión. Editorial Kairós.Chicago

[5]          Íbidem

[6]          https://telecomunicacionesdeandarporcasa.wordpress.com/2013/12/02/las-ondas-que-vemos-y-los-monstruos-invisibles/

[7]          http://www.muyinteresante.es/curiosidades/preguntas-respuestas/que-es-el-punto-ciego-del-ojo-361473233625

[8]          http://www.traslacoladelarata.com/2016/05/13/asco-la-emocion-olvidada/

[9]          http://www.ncbi.nlm.nih.gov/pubmed/23586292