En el Bhagavad Gita, Krishna, una encarnación del dios Vishnu, señala que Atman (análogo a lo que conocemos como alma en occidente) es eterno, cuando instruye al guerrero Arjuna para que entre en la batalla de Kurukshetra, en la que se enfrentaban clanes hermanos. Arjuna titubeaba para entrar en batalla por no querer luchar contra sus primos, “¡Qué terrible pecado estamos a punto de cometer, dispuestos a matar a parientes y amigos por la codicia del poder terrenal!”[1], decía; pero Krishna le argumenta que ningún arma puede cortar Atman ni ningún fuego puede quemar Atman, pues aunque mate a alguien, sólo matará el cuerpo. “Lo eterno en el hombre no puede matar, lo eterno en el hombre no puede morir”[2].

 

Por Diego Londoño Correa*

El Bhagavad Gita es uno de los textos sagrados más importantes dentro del hinduismo. Hace parte del texto épico Mahābhārata, y se cree que, alrededor del siglo III a.C.[3], fue introducido en el Mahābhārata por seguidores del Brahmanismo, religión de transición hacia el hinduismo, contra el que se opuso frontalmente Siddharta Gautama y posteriormente el budismo.

¿Estaría de acuerdo Siddharta con la argumentación de Krishna? ¿Creía Siddharta en la existencia de Krishna como encarnación de Vishnu? ¿Creía Siddharta en la existencia de Atman, concepto usado para argüir que la muerte de un ser humano en guerra no era tan lamentable?

Tomado de Askvinni 

Para responder estas preguntas, es necesario delimitar el concepto del que se va a ocupar este artículo: Atman (en sánscito) o Atta (en pali). Para ello tomaremos lo que nos dice al respecto el monje budista theravāda (la tradición más cercana al budismo original) y Doctor en Filosofía ceilanés Walpola Rahula:

 Por alma, Yo, ego o empleando la expresión sánscrita Atman, se da a entender, generalmente, que en el hombre existe una entidad permanente, eterna, absoluta; una sustancia inmutable detrás del cambiante mundo fenoménico. Según algunas religiones, cada ser humano tiene tal alma individual creada por Dios, la cual, después de la muerte, vive eternamente, ora en el infierno, ora en el cielo, y cuyo destino depende del fallo de su Creador. Otras sostienen que esta entidad pasa por numerosas vidas hasta alcanzar su completa purificación y se une finalmente con Dios o Brahma, el alma universal o Atman, de donde emana originalmente. Esta alma o Yo en el hombre es el pensador de los pensamientos quien siente las sensaciones y recibe las recompensas y los castigos de todas las acciones buenas o malas. Tal concepción es denominada la idea del Yo. Al negar la existencia del alma, Yo o Atman, el buddhismo es único en la historia de la humanidad. Según la enseñanza del Buddha, la idea del Yo es una creencia falsa e imaginaria que carece de una realidad correspondiente (…) Hay dos ideas psicológicamente arraigadas en el hombre: autoprotección y autopreservación. Como autoprotección creó a Dios de quien depende, cual un niño de sus padres, para su propia protección, salvaguardia y seguridad. En cuanto a la autopreservación, concibió la idea de un alma o Atman inmortal que vive eternamente. En su ignorancia, debilidad, temor y deseo, el hombre necesita de estas cosas para consolarse a sí mismo. De ahí que se apegue a ellas profunda y fanáticamente. La enseñanza del Buddha no apoya esta ignorancia, esta debilidad, este temor y este deseo, sino que aspira a la Iluminación del hombre mediante la remoción de los mismos, atacándolos en su propia raíz. Según el buddhismo, las ideas de Dios y del alma son falsas y vacuas. Aunque altamente desarrolladas como teorías son, no obstante, proyecciones mentales en extremo sutiles, exornadas con una intrincada fraseología metafísica y filosófica. Ambas ideas están tan arraigadas en el hombre, le son tan íntimas y caras, que no le agrada oír ni desea comprender ninguna enseñanza que se oponga a ellos.[4]

Este diagnóstico que hace Rahula de la creencia en el alma puede parecer algo duro, pero es un diagnóstico que puede derivarse fácilmente de las enseñanzas de Siddharta luego de haber obtenido su supuesta iluminación (con lo que se convertiría en “el Buddha”). El Anattalakkhaṇa Sutta, el Discurso de la característica de Anatta o Anatman, fue el segundo discurso impartido por el Buddha al grupo de cinco bhikkhus (monjes que lo seguían).  Recordemos que Anatta o Anatman es una de las Tri Laksana, o las tres marcas de la existencia, junto con Duhkha (insatisfacción-sufrimiento, de la que hablamos en el segundo artículo) y Anitya (impermanencia).

La voz atta, en pali, se deriva de la raíz ‘ata’ que significa yendo continuamente. De acuerdo con esta derivación, atta se define como aquello que, yendo de existencia en existencia, va, obtiene y alcanza constantemente sufrimiento en varios modos como nacimiento, vejez, enfermedad, muerte, etc. En los léxicos y gramáticas antiguas la voz atta tiene dos significados: (1) uno mismo y (2) alma, “Yo”, ser, Ser, persona. En su primer significado atta es un pronombre personal.[5] De hecho Siddharta, aunque no creía en la existencia de atta usaba dicha palabra para referirse a sí mismo, pues reconocía la utilidad de esta para expresarse, reconociendo que no era más que una realidad convencional, por lo que en la realidad última no poseía existencia más allá de la convención.

Para entender esta contradicción podemos remitirnos al uso que hacemos comúnmente de la palabra frío como si fuera algo objetivo, cuando en realidad sólo tiene una realidad subjetiva y convencional (al contrario del calor que sí tiene una existencia objetiva). También puede pensarse en la expresión “cuando salga el sol” que convencionalmente es correcta, pero que sabemos que objetivamente no posee una realidad, pues el sol por sí mismo no sale de ninguna parte. Por último, y más relacionado con la línea biológica de estos artículos, puede pensarse en la expresión “para” muy usada en la divulgación de la biología evolutiva, donde se dice que “tal rasgo evolucionó para resolver tal problema adaptativo”, cuando sabemos que la preposición para suele denotar una intencionalidad que claramente la evolución biológica no posee. Es importante comprender esto, pues para el budismo es muy importante esta distinción entre la verdad convencional (sammuti-sacca, en pali y samvrti-satya, en sánscrito) en la cual podemos encontrar un “Yo” (pero no un alma) y la verdad última (paramattha-sacca, en pali y paramartha-satya, en sánscrito) en la cual no podremos encontrar ningún “Yo” (ni ningún alma).

Puede parecernos extraño leer que el budismo no posea dioses y que rechace la idea del alma, cuando en nuestra cultura popular creemos que el budismo consiste en la adoración de un señor llamado Buda (muchas veces confundido con Hotei, Budai o el Buda gordo sonriente), en creer en la reencarnación, recluirse en un monasterio ubicado en el Tibet y seguir a un líder que llaman Dalái lama. Esta forma particular de budismo tan conocida en occidente es denominada Lamaísmo o budismo tibetano, representa un 6% del porcentaje total de budistas en el mundo[6], y es una derivación del budismo Mahāyāna, que se parece tanto al budismo original como el Catolicismo se parece al Cristianismo primitivo del siglo I, es decir, tiene todo un conjunto de mutaciones históricas que lo hacen muy diferente del originario. Al respecto nos dice el ensayista español Gonzalo Puente Ojea, basándose en el trabajo del budólogo francés André Bareau:

El budismo original (…) como todo cuerpo social constituido sobre una determinada cosmovisión que genera una ética y una moral muy precisas, corrió la misma suerte que las demás academias o escuelas filosóficas o ideológicas conocidas en el curso de la historia (…) En la segunda mitad del siglo IV a. C, la Comunidad había comenzado a dividirse en sectas, dejándola, la ausencia de toda autoridad superior análoga al papado, desarmada prácticamente contra las tentativas de cisma (…) existía, dispersa sobre todo el territorio de la India y de los países vecinos, una treintena de sectas y escuelas (…) [se generaron] aún hasta nuestros días, diversas expresiones de práctica y de doctrina, de las cuales unas mantuvieron el perfil ateo y arreligioso de su fundador e incluso lo profundizaron [como el budismo Theravāda], en tanto que otras derivaron en menor o mayor medida a formas idolátricas en las que la adoración de Buddha y la asunción de ciertas creencias sobre la salvación en un más allá, colorearon el perfil de esta cosmovisión de acentos religiosos que están en la línea de abierta falsificación del Buddhismo (…) El hecho es que a partir del siglo I y siguientes, «una nueva forma de buddhismo aparece en la India, la que toma el nombre de Maháyana o “Gran Vehículo”. Sus adeptos consideran con desdén la forma antigua del buddhismo al que miran como una enseñanza menor, adaptada a discípulos cuyas facultades de inteligencia, de energía y de virtud son limitadas, y que ellos denominan Hinayána o “Pequeño Vehículo”, “Vehículo inferior”» [es decir, el budismo Theravāda] (…) aunque después del siglo VIII el budismo de tipo antiguo declinó rápidamente y luego desapareció completamente en la India propia, los theravádin habían logrado conservarlo y enriquecerlo en Ceylán [lo que conocemos como Sri Lanka] (…) [históricamente se establecieron] con gran fuerza en Indochina, primero Birmania, y luego Siam y Camboya. Por el contrario, en la India central se impuso mayoritariamente el Mahayana, el cual representó un fenómeno religioso de gran complejidad (…) el budismo Mahayana (Gran Vehículo) consideró al Buda histórico, no como un simple hombre que había hallado una vía segura para liberarse del mundo, sino como la encarnación de un ser sobrenatural (Buda eterno) —divinización que mutatis mutandis recuerda la del Nazareno—. Algunos estudiosos —entre ellos Thrower— atribuyen este giro aberrante y mitificador del mensaje original a la influencia del Bhakti Yoga desarrollado en el seno del Hinduismo, y que enseñaba un camino de salvación basado en el “amor devoto” a un Señor o Dios Personal—concebido como un avatar consistente en la encarnación periódica de Dios para salvar a la humanidad». Sin embargo, se llegó sólo lentamente a esta línea de deriva antropomorfista, deificacionista y humanista, pues, como subraya Bareau, «el buddhismo antiguo había enseñado ciertamente, no sin insistencia, que todas las cosas están vacías (sünya) de “sí” (átman).

No es raro que el budismo haya sufrido esta mutación, dada su antigüedad y su cercanía geográfica con otros movimientos religiosos, y dado que la idea del alma es en sí misma algo que comparten una gran parte de las religiones del mundo. Sin embargo, esa idea del alma tiene fecha de nacimiento como veremos.

A la izquierda una representación de Siddharta Gautama, Buda Gautama o Buda histórico, figura sobre cuyas enseñanzas se fundamentó el budismo. A la derecha una representación de Hotei o Budai, deidad popular china, que suele confundirse en occidente con Siddharta Gautama.

A la izquierda una representación de Siddharta Gautama, Buda Gautama o Buda histórico, figura sobre cuyas enseñanzas se fundamentó el budismo. A la derecha una representación de Hotei o Budai, deidad popular china, que suele confundirse en occidente con Siddharta Gautama. Tomado de Joyalife

 

Una breve historia del alma

Según el historiador S. G. Brandon el alma es el concepto más básico de la humanidad, y aun siendo tan básico, es relativamente moderno, en comparación con la noción de “otra vida”; y según el antropólogo B. Tylor, esta idea estaría en el núcleo básico de todas las religiones[7]. El alma ha residido en diferentes partes del cuerpo dependiendo de la cultura: los ojos, el pelo, la sombra, el estómago, la sangre, el hígado, el aliento y, por encima de todo, el corazón. Nos cuenta el historiador de las ideas Peter Watson que “También existía un sentimiento generalizado de que el alma es una versión alternativa del yo. Antropólogos como Tylor consideran que esto se remonta a la forma en que el hombre primitivo experimentaba los sueños, al hecho de que «en el sueño parecía posible abandonar el propio cuerpo y partir de viaje y, en ocasiones, encontrar a aquellos que estaban muertos» [por lo que] al reflexionar sobre estas experiencias, los pueblos primitivos podrían haber concluido de forma natural que existía una especie de yo interior o alma que moraba dentro del cuerpo durante la vida, por las noches el alma dejaba temporalmente el cuerpo y, tras la muerte, lo abandonaba definitivamente.”

Esta idea, sin embargo, presenta muchos matices a nivel universal, por lo que algunos pueblos creen que sólo seres humanos muy especiales tienen alma; algunos atribuyen un alma al hombre, pero se la niegan a las mujeres, otros creen lo contrario; en Groenlandia existía la creencia de que únicamente las mujeres que morían durante el parto tenían alma y disfrutaban de la otra vida a partir de entonces; y en Mesopotamia, se creía que los dioses habían negado la inmortalidad a los humanos y que era eso, precisamente, lo que los hacía humanos.

En el pensamiento védico (base del Hinduísmo), la vida humana se dividía en dos etapas, siendo la existencia terrenal la más deseable. Según Peter Watson

Los himnos del Rig Veda hablan de gente que vive la vida plenamente y valoran la buena salud, la comida y la bebida, los lujos materiales, los niños. Pero hay también una existencia post mortem, cuya calidad depende, hasta cierto punto, de la piedad que uno haya demostrado aquí en la tierra. Con todo, estas dos etapas eran definitivas: no había en absoluto ninguna idea de que el alma pudiera retornar a la tierra para vivir de nuevo, eso fue una invención posterior. En una primera fase, cuando los cuerpos védicos se enterraban, se creía que los muertos vivían en un inframundo presidido por Yama, el dios de la muerte. A los muertos se los enterraba con pertenencias personales e incluso con comida, aunque no es claro qué parte de la persona era la que consideraban que sobrevivía. Los indo-arios pensaban que un individuo se componía de tres entidades: el cuerpo, el asu y el manas. El asu era básicamente el «principio vital», equivalente a la psyque de los griegos, y el manas era la sede de la mente, la voluntad y las emociones, equivalente al thymos griego. Al parecer carecían de una palabra para (y de la idea de) el alma como «yo esencial». Las razones por las que luego dejaron los enterramientos y pasaron a cremar a sus muertos tampoco son claras.

Como vemos la idea de un alma que reencarna no es una idea muy antigua en oriente, pero lo mismo es cierto para occidente. Según Watson, el concepto moderno de alma inmortal es una idea griega, que debe mucho a Pitágoras. Para los antiguos griegos, la naturaleza humana estaba compuesta por tres entidades: el cuerpo; la psyque, definida como el principio vital y situada en la cabeza; y el thymos, la «mente» o «conciencia», localizado en los phrenes o pulmones. Durante la vida, el thymos era considerado la más importante de estas entidades, pero no sobrevivía a la muerte. La psyque, por su parte, se convertía en el eidolon, una forma fantasmal del cuerpo. La distinción no sobrevivió más allá del siglo VI a. C., cuando la psyque empezó a ocupar el lugar de ambos y a ser considerada el yo esencial, la sede de la conciencia y el principio vital.  Al desarrollo de la idea de un alma inmortal propuesta por Pitágoras contribuyeron a continuación Parménides y Empédocles. A estos pensadores se los vincula con una secta mística y puritana conocida como los órficos que hacían uso de drogas psicotrópicas como hachís, cáñamo y cannabis. Las ideas y prácticas de los órficos parecen provenir de los escitas, que se llegaron a extender hasta lo que hoy es la India. Los escitas usaban en sus ceremonias funerarias drogas para producir el éxtasis, lo que lleva a Watson a preguntarse si los trances y alucinaciones provocados por el uso de drogas fueran el mecanismo que condujo a los griegos a concebir la idea del alma y la reencarnación. Aun así, muchos griegos no creían que hubiese una vida después de la muerte.

Tomado de Nuskhe

También nos dice Watson que, para los israelitas, otro grupo que como los griegos influyó enormemente en los conceptos que poseemos en occidente, la idea de alma nunca se desarrolló de un modo complejo.

El Dios de Israel creó a Adán a partir de ’adamah, el barro, y luego infundió en él «el aliento de la vida» para que se convirtiera en un nephesh, o «alma viviente». Este término es similar a la palabra acadia napistu, y se lo asocia con la sangre, la «sustancia de la vida», que se va con la muerte. Los hebreos nunca tuvieron una palabra para el «yo esencial» que sobrevive a la muerte. No debemos olvidar que todo el libro de Job de las Escrituras hebreas trata del problema de la fe y el sufrimiento y las desigualdades en una vida en la que no hay ningún más allá (todas las recompensas que su Dios promete a los judíos a los judíos son terrenales). Incluso con la llegada del mesianismo judío, el concepto de alma sigue ausente. Había el concepto de Sheol, pero éste se asemeja más a la palabra «tumba» que, a la idea de Hades, como en ocasiones se lo traduce. «El Sheol estaba localizado en las honduras de la tierra (Salmos 63,10), estaba repleto de gusanos y polvo (Isaías 14:11) y era imposible escapar de él (Job 7,9-10)». Fue sólo después del exilio en Babilonia cuando surgieron las secciones buena y mala del Sheol, y empieza a asociárselo con la Gehenna, un valle al sur de Jerusalén en el que inicialmente se creía que tendrían lugar los castigos del Juicio Final. Poco tiempo después, se convirtió en el nombre del infierno de fuego.

Puede que explorar los orígenes de la idea del alma no sea suficiente para derrumbar su creencia en ella, aun así tras muchos siglos de investigación en medicina, y algo menos de tiempo en psicología y neurociencias, nadie ha podido encontrar esa supuesta entidad. No sobra decir, que quienes deben probar su existencia son los que la afirman, no quienes la niegan[8]. Aunque Siddharta no disponía de los conocimientos de los que hoy disponemos en psicología, no demoró en dudar profundamente de esta idea con la que lo educaron. Aun así, Siddharta no sólo negó el alma como entidad sobrenatural, sino al Yo como correlato natural. La idea del Yo, está aún más arraigada en nuestra cultura de lo que está la idea del alma, tanto que disciplinas científicas como la psicología basan sus hipótesis y modelos teóricos en su supuesta existencia. Como veremos, esta idea tiene un origen religioso, y ha sido constantemente cuestionada por filósofos, psicólogos y neurocientíficos.

 

El yo, la versión laica del alma

René Descartes, uno de los padres de la filosofía moderna, también es el padre del dualismo cartesiano, que se basa en la tesis de que cuerpo y mente, más específicamente cerebro y mente, son entidades separadas. El neurólogo Antonio Damasio ha llamado a esta tesis el “error de Descartes” y ha dedicado un libro a explorar este error y a explicar por qué mente y cerebro no son entidades separadas. Para el biólogo David P. Barash el error más fundamental de Descartes fue haber separado el “Yo” del resto del mundo.

El dualismo cartesiano ha dado lugar a lo que el filósofo analítico Gilbert Ryle llamó “el dogma del fantasma en la máquina”, idea sobre la cual nos dice el psicólogo Steven Pinker que “según la concepción tradicional del fantasma en la máquina, en nuestros cuerpos habita un yo o un alma que escoge la conducta que el cuerpo ha de ejecutar. Estas decisiones no las impulsa ningún acontecimiento físico previo, como la bola de billar que golpea a otra y la manda a la tronera. La idea según la cual la causa de nuestra conducta está en la actividad fisiológica de un cerebro configurado genéticamente parecería refutar la idea tradicional. Haría de nuestra conducta una consecuencia automática de las moléculas en acción, y no dejaría espacio para quien pudiera decidir su conducta sin atender a causa alguna”[9]Esta idea constituiría una clara violación al principio de causalidad y atendería, según el neurocientífico Francisco Rubia, a la ilusión del yo; según este investigador “todos nosotros tenemos la impresión subjetiva de que dentro de nosotros se esconde la persona que llamamos Yo y que recibe todas las sensaciones, toma todas las decisiones, recapacita, planifica, aprueba o rechaza. Es como una especie de homúnculo que controla todas las funciones cerebrales”[10].

El filósofo Daniel Dennet llamó a este fenómeno “El teatro cartesiano”.  Para hacerse una idea de esto, podemos recordar la película Hombres de Negro (Men in Black) donde aparece un extraterrestre manejando a un ser humano desde la cabeza. Este homúnculo que vive al interior de la cabeza sería el Yo. Obviamente, cabe preguntarse si ese homúnculo tiene a otro homúnculo viviendo dentro, y así Ad infinitum​, como una matrioshka que nunca acaba.

Tomado de Forgetomori

Según Watson, es evidente que durante centenares de años los humanos no dudaban de la existencia de un alma inmortal e indestructible que representaba la esencia humana, independientemente de que ésta fuera o no una sustancia identificable en el interior del cuerpo. Sin embargo, “las ideas acerca del alma cambiaron en los siglos XVI y XVII, a medida que la fe en Dios empezaba a perder terreno, y surgieron nuevos conceptos. Desde Hobbes y Vico, las referencias al yo y a la mente empiezan a reemplazar a las referencias al alma, y esta concepción triunfó en el siglo XIX, especialmente en Alemania, con el desarrollo del romanticismo, de las ciencias humanas o sociales, del Innerlichkeit y el inconsciente.”.  Para Watson, el inconsciente freudiano fue un intento de estudiar científicamente el Yo, pero Freud falló en tal empresa. Aun así, el Yo sigue asumiéndose de forma académica, y ha tenido tanta influencia en el pensamiento occidental que hace parte del núcleo teórico del Modelo Estándar de las Ciencias Sociales que impera en el mundo académico. Según Pinker:

A primera vista, podría parecer que el fantasma en la máquina iba asociado al pensamiento religioso y que a los pensadores seculares no podía interesarles para nada la idea de un alma inmortal (…) Sin embargo, es frecuente que los creyentes del Modelo Estándar de las Ciencias Sociales invoquen un “yo” (…) que de algún modo flota libre de la genética, la neurobiología o de la evolución y que puede actuar a placer, limitado sólo por las circunstancias de su entorno[11].

No obstante, esto no plantea un cuestionamiento de la subjetividad y la conciencia. Como veremos en la siguiente parte, la conciencia es un concepto fundamental dentro del budismo, la psicología y las neurociencias, que no es una ilusión, aunque éste sirva de base para que la ilusión del Yo y cualquier otra ilusión se manifieste.

*Biólogo de la Universidad de Antioquia.

 

Referencias

[1] Antonov, V. (2009). Bhagavad-Gita con Comentarios. CreateSpace.

[2] Silananda, S. U., Silananda, S. U., Billings, A., & Tin-Wa, M. (1999). An inward journey book –  No inner core: an introduction to the doctrine of Anatta. Versión en español en http://www.btmar.org/files/fdd/fdd017.htm

[3] Prabhakar Kamath – How Ashoka The Great Gave Brahmins A Song With Which They Conquered India http://nirmukta.com/2010/01/10/how-ashoka-the-great-gave-brahmins-the-gift-of-a-song-with-which-they-conquered-india/

[4] Rahula, W., & Demiéville, P. (1990). Lo que el Buddha enseñó. Kier.

[5] Introducción al discurso de la característica de anatta Anattalakkhaṇa Sutta – Texto traducido del pali al español por Bhikkhu Nandisena. http://www.btmar.org/files/files/anattalakkhanasuttapalesp.pdf

[6] http://www.adherents.com/adh_branches.html#Buddhism

[7] Watson, P. (2006). Ideas: historia intelectual de la humanidad

[8] http://es.pseudociencia.wikia.com/wiki/Carga_de_la_prueba

[9] Pinker, S. (2003). La tabla rasa (La negación moderna de la naturaleza humana). PAIDÓS IBÉRICA, SA.

[10] Francisco Rubia – La ilusión del Yo https://www.tendencias21.net/neurociencias/La-ilusion-del-Yo_a29.htmlhttps://www.youtube.com/watch?v=gfoxVJYUWck&t=1810s

[11] Pinker, S. (2005). La tabla rasa, el buen salvaje y el fantasma en la máquina (Vol. 13). Grupo Planeta (GBS).