¡Ah, pero si no es similar a nosotros en el pecado, entonces en qué es! ¿En solo la apariencia? Si nosotros somos, en definitiva, pecado y por eso el satanismo dice en uno de sus preceptos que hay que rescatar la existencia vital en lugar de los sueños espirituales. Y como diría un amigo: “La abstención es pecar contra el cuerpo”.
Nuestras caras tienen un secreto
aunque no sea siempre el que nosotros
tratamos de esconder.
Juntacadáveres, Onetti.
Y.
Escribe / Mateo Quintero Segura – Ilustra / Stella Marís
En el siglo XVII pensaba René Descartes que había dos sustancias que constituían al ser humano y que fueron creadas de distinta manera: el cuerpo y el alma, a la cual también se le llamaba “mente”. El cuerpo era una extensión, su esencia se prefiguraba en la espacialidad. La mente, por su parte, no tiene extensión: su materia es el pensamiento. El cuerpo, que a su vez conlleva los sentidos, trastorna el pensamiento: lo modifica, lo altera y no deja que la mente sea pura, sino que se contamina por la falsedad que procede de los sentidos. El mayor anhelo de Descartes era poder prescindir del cuerpo, ser solo una mente, no ser alterado por los sentidos ni por la espacialidad, sino solo ser un cerebro que piensa, para así alcanzar las grandes verdades y, a su vez, entender a Dios, al gran Misterio y a los misterios subyacentes.
Claro está, la pretensión descartiana no pudo ser jamás satisfecha. Irremediablemente el hombre siempre estará sujeto al cuerpo; el hombre es también un cuerpo. Y sea que los sentidos sean engañosos o no, es la única forma que tenemos de acercarnos al mundo que nos rodea. El contacto también es imprescindible para el conocimiento. ¿Cómo llegar a la conclusión de que el fuego tiene una temperatura elevada y quema sino es con nuestra corporalidad? ¿Cómo hablar del placer, sin sentir el roce de la piel? Quizá eran cosas que no le interesaban a Descartes, pero que forman parte de la realidad, del mundo que él intentaba comprender y, también, hace parte de la creación de la Divinidad.
También es cierto que al creer en el Dios judeocristiano, resulta complejo congraciarse con el cuerpo. El cuerpo, propietario de los sentidos, permanece en constante búsqueda de placer. Y el placer, para dicha creencia religiosa, es generador del pecado, de la concupiscencia, de la promiscuidad, del deleite que debemos apartar de nuestra mente para poder ser puros y cercanos a Dios, que debe ser un ente sin cuerpo (pero entonces, ¿cómo nos hizo a su imagen y semejanza? En el Convenio II del Vaticano lo prefigura: Dios tiene un Cuerpo Místico) o, por lo menos, sin sentidos (que ya con la ciencia actual podríamos decir, sin sistema nervioso: sin hambre, sin miedo, sin dolor, sin placer): por eso cuando Dante ve a Dios no ve un rostro ni un cuerpo, ve una figura incorpórea, ve, simplemente, Luz: “vi un punto que irradiaba tan aguda/ luz, que la vista enfocada en ella / por tan grande agudeza se cerraba;/ y el astro que menor aquí parece,/ parecería luna junto a ella,/ si se pusieran una junto a otra” (p. 723) (por eso en el primer Concilio ecuménico se establece el principio de que Jesucristo es “de la substancia del Padre, Dios de Dios, Luz de Luz, Dios verdadero de Dios verdadero, engendrado no hecho, homoousios tou Patrou (consustancial al Padre)”). Los judíos decían que quien viera el rostro de Dios caería fulminado. Una Luz inmensa, eso es Dios, un astro luminoso: la suprema razón es igual a la suprema luz. También quizá por ello la pretensión del Siglo de las luces: alcanzar la suprema racionalidad es ser iluminados, es arrojar luz allí donde yace la oscuridad. Por eso Prometeo nos da fuego, y nos volvemos más humanos, nos acerca a Dios, aunque empezamos a sospechar que no necesitamos de él.
El cuerpo, entonces, nos cansa y promueve la pereza, nos llena de regocijo y nos acerca a la lujuria, lo lastiman y nos genera dolor e ira. ¡Qué felicidad para el cristiano y para el metafísico sería prescindir del cuerpo! Por eso esa extensión era desdeñada, calificada como de orden secundario: un estorbo, una incomodidad. O quizá prescindir no sea el término correcto, sino superar. Gracias al cuerpo es que ejercían los ascetas el sacrificio: sin la superación de la corporalidad, no habría forma de demostrar que se está más allá del pecado. ¿Pero cómo no imaginarnos al asceta, en su interioridad, deseando que el cuerpo no fuese tan fuerte, que el deseo no obnubilara gran parte de su día a día? Recordemos que desde la gnosis, el bien era Dios y el mal la materia. Y que San Agustín apuntó en sus Soliloquios, parafraseando a Cornelio Celso:
El sumo Bien es la sabiduría y el sumo mal el dolor del cuerpo. Y discurre él así: de dos partes estamos compuestos: de alma y cuerpo, y la mejor es el alma, y la más vil el cuerpo; y el sumo Bien es lo mejor de la porción excelente, y el sumo mal lo peor de la porción inferior; y es lo mejor en el alma la sabiduría y lo pésimo en el cuerpo el dolor.
Alcanzar la luz era difuminar la materia que nos constituía. Alcanzar a Dios era vencer las tentaciones carnales – corporales. Alcanzar la razón era superar lo que los sentidos nos dicen con falsedad y ver las cosas tal cual son, sin el ojo empañado. Solo el pensamiento, para los racionalistas, para Descartes, es el único atributo inherente a la existencia, pues de lo externo – el cuerpo – hay que dudar. Y recordemos que San Anselmo promulgaba que Dios estaba en el interior, en el alma, no en lo exterior.
Pero como esa pretensión racionalista además de utópica era falsa, los seres humanos comenzamos a ver más particularidades en el cuerpo, una mayor complejidad, una experiencia que develaba también lo que llamábamos alma o mente, y de lo cual no podíamos prescindir, sino que al contrario, nos definía en gran medida, y nos llevaba a conocer ciertas verdades, refutando a Sócrates que le afirmaba a Simmias en el Fedón que la única manera de alcanzar la Verdad era dejando al alma libre de cuerpo. Al ser una extensión – que en aquello sí tenía razón Descartes – el cuerpo nos ubica en una de esas dimensiones que constituyen la vida: el espacio; que, a su vez, sufre las inclemencias de la otra gran dimensión: el tiempo. En el cuerpo nos dimos cuenta, podemos ver todo aquello que el tiempo ha modificado e incluso desfigurado. El cuerpo como campo donde aguardamos las cicatrices: las cosechas del dolor. El cuerpo que el tiempo marchita y pone a disposición de la muerte. El cuerpo que, precisamente, muere y no puede seguir las pretensiones de la mente que se cree inmortal e imperecedera, que cree, como los grandes futbolistas, que pueden lanzar gambetas por toda la eternidad pero que el cuerpo no corresponde a ese impulso, pues sigue su propio ritmo, su propio letargo.
Tanto nos percatamos de la importancia del cuerpo, que supusimos que el rostro nos reflejaba los rasgos de la personalidad y del carácter (incluso, mostraba su futuro), y allí retornamos a esa pseudo ciencia a la cual era tan afín Lichtenberg: la fisiognomía. A lo largo de la historia, varios pensadores creyeron en esta ciencia, e hicieron tratados que demostraban que según ciertos rasgos corporales o del rostro, podríamos determinar rasgos psicológicos o del carácter. Solo bastaba ver con detenimiento un rostro para saber si aquella persona era iracunda o sabia o extrovertida. Si bien es cierto que, como dijo Lichtenberg: “En la Tierra no hay superficie más interesante que el rostro humano”, no es cierto que los rasgos del rostro sean deterministas de la personalidad, como sí afirmaba Lavater, al que refutó el mismo alemán. Sin embargo, este retorno o auge de estudios fisiognómicos del siglo XVIII dio como corolario positivo dos cosas: la primera, conclusiones en las que se hablaba de lo indisoluble del cuerpo y del alma (léase, actualmente, el cuerpo y la mente) como esta de Lichtenberg:
Decir “el alma está en mi cuerpo” o “dentro de mí” es un curioso giro idiomático. Habría que decir “soy esto”. No se dice “la redondez está en la esfera”. Es la similitud lo que nos seduce. La identidad es algo objetivo, solo la similitud es subjetiva.
Y, a su vez, el nacimiento o avance superlativo de la fisiología y la anatomía (lo interior y lo exterior), que van de la mano para explicar cómo el cuerpo humano puede vivir, y cómo los órganos sí tienen una función determinada para el funcionamiento de la materia, mas no de la personalidad. Además, lo importante en este giro del rostro es que, superados el determinismo de Lavater y otros pensadores, se percató la humanidad de que el rostro sí nos podía decir cosas acerca del ser humano que lo portaba, pero no como algo previo, sino como consecuencia de ciertos aconteceres, decisiones y contextos. Como explica Juan Villoro:
El carácter no depende de los órganos en sí, sino del cuerpo que se mueve entre el alma y el mundo. Una nariz informa del clima al que ha sido sometida, de los hábitos, las costumbres y aun las ideas de su propietario. Cada rostro responde a un código individual; no hay tipos fisonómicos.
Por otro lado, la ciencia descubre con la genética que sí hay cuestiones predeterminadas por la procedencia: estatura, color de piel, rasgos; pero también es claro que ciertos actos y cuestiones imprevisibles modifican nuestra apariencia y nos dan, a su vez, muestra de algunas costumbres a las que hemos incurrido o sobreexplotado. Ciertas arrugas también nos muestran qué expresiones hemos utilizado más que otras: si nos hemos reído más de lo que hemos llorado.
Podemos llegar así, entonces, a varias conclusiones. En primer lugar, lo que “somos” no es una mente y un cuerpo por separados sino, precisamente, una consustanciación de lo visible y lo invisible, del ser que siente y el que piensa, de la materia y lo que no puede ser tocado. En segundo lugar, aquello que podemos tocar, que nos incorpora al espacio, nuestro cuerpo, está, por un lado, predeterminado por la genética, por esa larga cadena de correlaciones corporales de nuestros progenitores, por los antepasados históricos que se unían y desunían para llegar a producir un ser que se ve así, como nos vemos; y, por otro lado, que lo que está determinado por la herencia biológica puede transformarse poco o mucho, dependiendo del uso que le demos a nuestro cuerpo. El tono de nuestra piel expuesto al sol por el trabajo, o la reclusión en ámbitos donde la sombra nos protege más. Las cicatrices por peleas, accidentes, siniestros, quemones y raspones, que magullan nuestra piel, nuestra cobertura. Los rasgos faciales que producen arrugas en ciertas zonas que nos pueden decir si hemos sufrido más de lo que hemos gozado, o si nos hemos cuidado lo bastante para que sea igual de lozana nuestra cara que cuando éramos bebés. Y por último, todo esto demuestra que lo que antes era desdeñado por la religión[1] o por la metafísica[2], hoy es objeto de estudio, de aceptación, de campo de batalla, y ocupa gran parte de nuestro pensamiento, exacerbando incluso cierta preponderancia a lo que se ve de nosotros, que a lo que nos forma en su conjunto. El cuerpo, o nuestra consideración del cuerpo, mejor, dio un giro que se manifiesta en todas nuestras representaciones artísticas y en la misma cultura popular.
¿Quién no ha escuchado la expresión: “los ojos son el reflejo del alma”? Hemos intentado, con la conciencia de que a una persona la constituyen tanto su cuerpo como su mente (o alma), ver a través de su representación espacial: su cuerpo, lo que hay más allá de lo que perciben los sentidos. A través de los ojos, cree la cultura popular que puede ver “el alma”, es decir, la mente, o el espíritu: el impulso bondadoso o no que lleva a los individuos a tomar ciertas decisiones, a tener ciertas actitudes, a ejercer ciertas costumbres. Incluso en el cine que trasciende más allá de lo popular o del simple gusto cinéfilo y se instaura en el imaginario colectivo: Scarface, de Brian de Palma, por ejemplo, y su icónica frase: “The eyes, chico, they never lie”. Por más que el lenguaje, ese vehículo de la mentira, no diga la verdad, el fijarse en la mirada, en los ojos, ayuda, según Tony Montana, a descubrir lo que de verdad siente nuestro interlocutor. Las palabras podrán mentir, pero los ojos, jamás. Es decir que el rostro va más allá del lenguaje, nos puede decir más de lo que las palabras expresan.
¿Qué me puede decir a mí tu rostro, que se me hace indescifrable? ¿De qué me sirvió la vaga investigación, los conocimientos de la fisiognomía, y tanto, tanto Lichtenberg? Si tu rostro, de simetría perfecta, no conlleva una mancha del pasado, una laceración, un tormento. ¿Qué me puede decir a mí la lozanía de tu piel, tus labios prominentes, y la sonrisa que me otorgas en los escasos días de nuestro encuentro? Ah, que los ojos no mienten, pero ¿y si no me dices nada? ¿Si no sé cuál es la mentira detrás de tus palabras enigmáticas, cómo sé en qué mientes para descubrir la verdad vedada por esos lentes? Quizá, como dice Onetti, tu cara resguarda un secreto que ni siquiera intentas ocultar. ¿En qué me basaré yo para desentrañar lo oculto? O me quedaré, mejor, bajo el amparo de la ignorancia, conformado con la supremacía estética que el Renacimiento anticipó, como si fueras tú la profecía cumplida de aquellos paganos ocultos.
[1] En el Concilio de Calcedonia, en el 451, se dice de Cristo que es: “consustancial con el Padre en cuanto a la divinidad, y él mismo consustancial con nosotros en cuanto a la humanidad, semejante en todo a nosotros menos en el pecado”. ¡Ah, pero si no es similar a nosotros en el pecado, entonces en qué es! ¿En solo la apariencia? Si nosotros somos, en definitiva, pecado y por eso el satanismo dice en uno de sus preceptos que hay que rescatar la existencia vital en lugar de los sueños espirituales. Y como diría un amigo: “La abstención es pecar contra el cuerpo”.
[2] “¿Y no razona mejor que nunca cuando no se ve turbada por la vista, ni por el oído, ni por el dolor, ni por el placer; y cuando, encerrada en sí misma, abandona al cuerpo, sin mantener con él relación alguna, en cuanto esto es posible, ¿fijándose en el objeto de sus indagaciones para conocerlo?” Le preguntaba Sócrates a Simmias, y este a su vez, no solo desdeñaba el cuerpo por su impedimento a la razón, sino también los placeres: “la mayor parte de los hombres se figuran que el que no tiene placer en esta clase de cosas y no las aprovecha, no sabe verdaderamente vivir; y creen que el que no disfruta de los placeres del cuerpo, está bien cercano a la muerte”. Ahí sí me perdonan, pero yo hago parte de ese vulgo. ¿Qué dirían Simmias, y los ascetas, de mi madre, que siempre me repite que Dios nos trajo a este mundo a gozar?


