Siento, luego existo

Exceptuando las facultades de medicina, la percepción general tiende a olvidar que no solo tenemos cuerpo, sino que somos cuerpo. Como resultado, hemos alienado y menospreciado la capacidad sensorial que nos vincula al mundo.

 

Por / Valeria Castillo León

Si algo podemos agradecerle a la pandemia, es que esté haciendo las veces de catalizadora para un puñado de cuestiones huérfanas o reprimidas.

A nivel individual, es como si el reloj se hubiese detenido en un primero de enero incomodísimo. El brillo y la abundancia material que quisimos proyectar durante las fiestas se acabó, y lo único que nos queda es la embarazosa lista de propósitos dignos para el año nuevo. Los libros que nunca leímos, ese idioma que dijimos querer aprender y, por supuesto, nuestra condición física.

A la luz de los filtros de Instagram y el régimen de quinientas formas distintas de perder peso, lo corpóreo suele concebirse únicamente en la medida en que producimos o mantenemos un cuerpo atractivo y lo suficientemente funcional. Sin embargo, casi nunca se contempla al cuerpo por el cuerpo mismo. Exceptuando las facultades de medicina, la percepción general tiende a olvidar que no solo tenemos cuerpo, sino que somos cuerpo. Como resultado, hemos alienado y menospreciado la capacidad sensorial que nos vincula al mundo.

¿Cuál es la importancia del sentir?, ¿realmente hemos alcanzado el límite de su desarrollo? y ¿por qué a lo largo de la historia se le ha considerado como una cualidad secundaria? Solo en contadas ocasiones se ha intentado hacer frente a estas preguntas, gracias al impulso de personajes como Friedrich Nietzsche, o Xavier Zubiri más recientemente.

Ambos filósofos coincidieron en que el posible origen de dicho menosprecio yacía en la filosofía misma. Con Sócrates y Platón se establece la dicotomía del mundo inteligible y el mundo sensible, en la que este último no solo ocupa un papel inferior, sino que además actúa en detrimento del individuo, al ser la fuente de todo error y pobreza de juicio.

Así lo denunció Nietzsche a lo largo de su obra, refiriéndose a la estrechez mental que distinguió en la mayoría de filósofos. Además, afirmó que estos, incapaces de apoderarse del ser o de amar la vida real, habían terminado por culpabilizar al devenir, el cuerpo y los sentidos. Por el contrario, hallaron sosiego en la invención de un mundo mejor, caracterizado por la sustitución de la realidad por la comodidad de los conceptos.

La influencia de dicha óptica sigue siendo perceptible. Si bien se han dado algunos cambios en la perspectiva occidental frente al sentir, casi todos ellos están vinculados al placer sexual; derivando no en un renacer del desarrollo y cuidado de los sentidos como cualidades de primer orden, sino en una fetichización progresiva de los mismos.

Como consecuencia, esa forma de vida a medias en la que estamos sin estar y comemos sin saborear, se hace cada vez más común. Los procesos de digitalización han supuesto un paso más en la sustitución literal del devenir y el sentir, por la idea de los mismos. Procesos que se verán aún más acelerados en el marco de la crisis en que nos encontramos: una pandemia que ha confinado a buena parte del mundo a sus hogares y a sus pantallas.

Lo triste es que los efectos de la privación o restricción sensorial han sido claros y bien documentados desde hace mucho. A medio y largo plazo se traducen en afecciones como la ansiedad, la depresión o el transtorno antisocial de la personalidad. De ahí que esta constituya una forma de tortura en lugares como Guantánamo.

En situaciones mucho menos extremas, y para la mayoría de nosotros, la limitación o negligencia de los sentidos se ve reflejada en estados funcionales de alienación, frustración y estrés en el día a día. Esto se debe a que dichas capacidades no solo existen como vía para el desarrollo o la producción cognitiva, sino además como rasgos que constituyen un fin en sí mismos, y de cuyo ejercicio constante también depende nuestro grado de satisfacción con la experiencia humana.

Ahora que la cuarentena es un lugar conocido, y posiblemente destinado a repetirse, cabe preguntarse si hemos de volver a abrazar a nuestros cuerpos, o si hemos de evaporarnos por completo en un mundo de ideas confeccionadas.

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