¡Ay, atropellan a cuanta cosa encuentren en su camino! Corren por la página. Cierro los ojos y veo el cielo. Un airecillo que sopla me despercude en mi recuerdo unas manos que vuelan, a lo lejos, en un silencioso batir de alas:  ¡las manos que me escriben!

Obra de M.C. Escher.

Obra de M.C. Escher.

Por: Andrés Felipe Yaya

Amo el arte silencioso que existe en las manos, ¡el arte negruzco, infantil, limpio! ¡las manos que son mariposas, vuelan por el aire, escapando, escapando hacia la eternidad, hacia el cielito azul del corazón! Las manos: esos nerviecillos que pasan desapercibidos y que todo lo crean, lo destruyen. Extensión del pensamiento. Maquinitas.  Lazos transmisores. Amo las manos que no dejan  ir sus líneas con el agua, las empuña, las amarra, hasta tallarlas en la cáscara de la piel. Las manos que van y vienen como palabras en la memoria. Las manos que guardan migajitas de recuerdos en las uñas, esos espejos donde se refleja la muerte en diez formas diferentes.  Las manos pequeñas, pálidas, arrugadas.

Amo tener las manos de una persona en las mías porque calla la comunicación de las palabras: habla el corazón. En ese instante angustioso hay una chispita de su pensamiento, de su alma que está abriéndose paso en mí, en la memoria. Chispitas refulgentes que nos golpean ¡tas! ¡tas! ¡tas! en el totumo vacío de nuestra cabeza. No hay comunicación  más sincera que la de un par de manos que se rozan, se palpan, se chocan, se transforman en una sola; construyendo un lenguaje propio. Busco en las manos abiertas la luz cuajada de historias, historias hondas, la historia de la cicatriz, una historia mía, algo mío; algo que lleve a cuestas y lo vea en una mano que escribe, veloz,  por un página, como  escapando de otra mano que borra lo escrito. Una mano que huye de su enemiga. ¿Manitas a mí?  ¿Manitas que se me hacen  llorar los recuerdos? Recuerdos apagados, fríos, extraños.

¡Recuerdos escritos por un revoloteo de manos! Las manos, frías unas veces; otras, tibias. Una mano que recorre la espalda, la crea, traza con una luz cálida las  líneas del tiempo: líneas curvas, rectas, que resbalan por la piel, que se llenan de extraños reflejos. La espalda se yergue. El corazón da un brinco. Ruidito de trazos; en tanto que las manos nos dicen lo que los ojos y la lengua callan. La mano que va pasando por la espalda, con sensación de miedo. Manos que aprietan otras manos; manos que acogen las nuestras. Aleteos de manos. Angustia de dar la mano; desear terminar el saludo antes del bamboleo. Otra mano que escribe sin detenerse; corre… ¿quién la detiene? ¡Sensaciones apretadas en un puño que salen arriadas por el putas! Las palabras van más rápido que el pensamiento; que la misma mano. ¡Ay, atropellan a cuanta cosa encuentren en su camino! Corren por la página. Cierro los ojos y veo el cielo. Un airecillo que sopla me despercude en mi recuerdo unas manos que vuelan, a lo lejos, en un silencioso batir de alas:  ¡las manos que me escriben!