Para leer están las bibliotecas. Leer en voz alta nos invita a intentarlo en un lugar donde muy pocos van a hacerlo. Se lee es en el metro, en un tren subterráneo, no en un bus, padecimiento de carreteras y golpes de timón impredecibles; no en un auto, diálogo seguro o estación de radio al alcance de sus oídos. Es en la serpiente subterránea y aérea, de hierro y metal, de ciudad y ruido, donde las páginas son holograma y lenguaje y no simples objetos reunidos para pasar el tiempo.

Foto: Dar417 / Flickr.com

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Por: Gustavo Vargas

Para leer están las bibliotecas.  Sus grandes salas hechas de libros parecen expandirse en las páginas que en mesas básicas con lámpara incluida, o entre los pasillos levantados a voluntad de anaqueles en laberinto, los lectores devoran emocionados como si encontraran algo más vívido que la misma vida. La pública del Lucy Tejada, la Luis Ángel Arango y la Darío Castrillón de alguna universidad en Pereira, la del Centro Cultural Comfandi en Cali o la Vasconcelos en Ciudad de México, han recibido a mis ojos y retornado la suerte de encontrar a otros que, como mi caso, como el de todos, al cruzar el pasillo de recepción, registrarse, sonreír un poco para el guardia de seguridad y la bibliotecaria, pierden protagonismo y su rostro de circunstancia.

Llega el soplo del indagador, quien busca con pluma y papel en mano una especie de dirección en una ciudad universal a la cual muchos acuden desde diferentes lugares. López Jaramillo, Bradbury, Jelinek o Haruki son algunos intentos de hacer diálogo; nos reciben, nos dan la llave de la puerta y nos dejan perdernos entre fantasmas, nombres, avenidas, música, religiones y voces. Desde la mesa de lectura, con el libro frente a usted, podrá distinguir a los otros, los mismos, en un ir y venir de sus islas a los anaqueles, sin rostro, sin otro interés mínimo o personal al de las historias. Alguna vez podrá escucharlos romper el silencio con un estornudo o carraspeo de garganta, se mirarán de reojo y distinguirán a lo lejos, quizá hasta los memorice y los llame compañeros, claro, con algo de cariño, pero no buscarán hablarse. Alguna vez entrarán solo para comer tiempo y custodiarán el reloj esperando terminar los minutos, dejarán el libro muerto sobre la mesa con un interés de somnoliento y saldrán puros, salubres, sin perturbación alguna.

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Y el estado lector (si lo ha alcanzado) de un escucha ubicuo y anónimo que percibe su propia respiración y el sonido del papel en la vuelta de página como ola diminuta encerrada en caracol, se pierde por completo en un interés casi antropológico: las otras islas y sus náufragos de luz artificial. Ve usted entrando a un hombre viejo que revisa con lentitud disciplinada un tomo enciclopédico de un tema que no alcanza a descifrar, o divisa a otro, de su especie, indagando por la misma mujer que con un movimiento de hoja se acomoda en un sofá y antes de olvidarse en el libro (es posible Piedad Bonnett) observa en panorámica la sala completa y nos regala la nostalgia directa de sus ojos verdes y el descuido voluntario de su cabello bermejo sobre la frente. Querrá decirle algo, querrá hablarle de algo nunca leído como un intento de hombre versado en nada; luego la invitará a un bar pereirano, cerca de la sexta con 22, donde pueda encontrar su mirada e intentar acomodar el cabello para descubrir la claridad de su frente. Pero las mujeres son verdad de biblioteca, no hay opciones, y descubrirá ante un intento de atracción visual negado que ellas sí van a leer.

Para leer están las bibliotecas. Leer en voz alta nos invita a intentarlo en un lugar donde muy pocos van a hacerlo. Se lee es en el metro, en un tren subterráneo, no en un bus, padecimiento de carreteras y golpes de timón impredecibles; no en un auto, diálogo seguro o estación de radio al alcance de sus oídos. Es en la serpiente subterránea y aérea, de hierro y metal, de ciudad y ruido, donde las páginas son holograma y lenguaje y no simples objetos reunidos para pasar el tiempo.

Entonces usted espera el metro en la Estación San Antonio Abad, digamos en Ciudad de México, digamos Línea Azul. Observa, intentando divisar a lo lejos la otra estación al estirarse desde el borde del corredor donde espera, la posibilidad de ver una luz diminuta que poco a poco toma forma y llega como  un tren hecho a Stop Motion. Ya está próximo, algo le hace sonreír, da una palmada esperanzadora a su morral y aguarda junto a otros pasajeros que empujándolo buscan el lugar seguro donde puedan abordar sin restricciones de educación civil.

Apenas se abra la puerta del vagón notará que el calor humano no es una metáfora. Adentro conocerá que aquella ley física en la cual dos cuerpos no pueden ocupar el mismo espacio no es una ley, es una posibilidad. Es, lo recuerda, un concierto gratis de Jorge Barón con Andrés Cepeda. Así que espera el alivio de poder respirar y moverse en libertad cuando un número considerable de personas bajen en Pino Suárez o Zócalo con su música de minicomponente colgado en la espalda y el clamor de los San Judas Tadeo un 28 de cada mes.

En Pino Suárez algunos se quedan, siente alivio, pero sigue de pie. En Zócalo ya es posible encontrar un asiento desocupado y si no hay una mujer mayor mirándolo con ansias y cansancio, podrá sentarse sin problemas y sacar de su morral la voz de Alejandra Olmos que tanto lo llama en sus sueños. Si toma el metro ya de noche no sentirá el peso de un día de trabajo y la lectura será el mismo viaje, aunque deberá aceptar las apreciaciones filológicas de uno que otro borracho o el  interés risueño de cierto ‘ruquito’ si viaja en los últimos vagones.

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Pero es en la tarde cuando toma el metro en San Antonio Abad y ya ha pasado Zócalo y saca a Sabato, prestado, además, en la Vasconcelos. Entonces abrirá sus hojas, retirará el separador y notará que nadie lo indaga, que nadie se interesa en usted, que hay otros con el sonido de la ola de mar entre sus manos sin pensar en el reloj; que las mujeres leyendo poco lo atraen y los hombres se gastan en algún recuerdo; las charlas serán inútiles y ese silencio extraño de las bibliotecas ligado al vacío desaparecerá. Seguro de estar rodeado de personas, de su alegre indiferencia, leerá a gusto esperando llegar a Cuatro Caminos, donde termina la línea azul para abordar el metro de retorno.

Cuando salga y cruce el corredor en espera de la otra serpiente de metal, observará que algunos de su especie abren su morral y guardan un libro, cautelosos en recordar a un Ixca Cienfuegos nocturno caminando por el Centro Histórico. No hay saludo,  poco importa, solo se miran y tal vez se reconozcan. Ya recordará entonces a los otros, a quienes encontró recostados en la pared de alguna estación delirando por las reflexiones de José Arcadio o sonriendo ante las caídas de Sawyer.