Entendí que esta nostalgia que me acompaña es una forma arcaica de extrañamiento que habrá de desaparecer. Nuestros hijos no vivirán seguramente un espacio de desconexión total: las redes sociales, Dr. Google y el correo electrónico (si siguen existiendo como los conocemos) los acompañarán hasta las playas más remotas a las que decidan ir de vacaciones.

 

Por: Carolina Robledo Silvestre

 

¿Desplazan los textos digitales a los tradicionales?
Imagen tomada de: http://www.hsbnoticias.com/

Mi momento ideal para la lectura se estaba viendo perturbado por un ruido extraño que venía del asiento delantero. Un hombre de unos cuarenta años jugaba con su mini-laptop a cazar patos y su muerte resultaba demasiado ruidosa. Aunque pocos sonidos logran distraerme, este me exigió pedir silencio para continuar el placer de una lectura sin interrupciones.

Mi momento de éxtasis parecía no ser compartido por el adolescente del asiento del lado, que se veía bastante ansioso. La sensación de estar desconectado durante las cuatro horas que duraría el vuelo habría de ser para él como la sensación de los franceses fumadores que en cada estación del tren asoman desesperados sus caras en una ventanita para poder echar una bocanada de humo. ¿para qué molestarse con prender la laptop como el señor de cuarenta años que jugaba a los patos? ¿Acaso una computadora sirve sin internet?

Supuse que lo primero que haría el muchacho en cuanto la auxiliar de vuelo se lo permitiera, sería prender el celular para, una vez más, sentirse vivo. Yo, por el contrario, me sentía feliz de esta desconexión temporal que me era impuesta por las normas aerociviles.

Entendí que esta nostalgia que me acompaña es una forma arcaica de extrañamiento que habrá de desaparecer. Nuestros hijos no vivirán seguramente un espacio de desconexión total: las redes sociales, Dr. Google y el correo electrónico (si siguen existiendo como los conocemos) los acompañarán hasta las playas más remotas a las que decidan ir de vacaciones. Desconectarse no será una opción ni una necesidad. Serán decisiones que no tendrán que tomar los habitantes de un futuro no muy lejano, del mismo modo en que nuestros padres en su luna de miel no tuvieron que tomar la decisión de apagar un celular o dejar sus laptops en casa.

Los cambios son tan rápidos que ya empiezan a generarnos la sensación de que estamos pasados de moda en un instante. Yo, a mis treinta años de edad, ya me declaro una dinosauria para muchos de los avances que nos impone el mundo.

Una de mis posiciones más arcaicas está relacionada con el ejercicio de la lectura. Me opongo a los e-books y a leer artículos académicos en una pantalla aunque me condenen a la hoguera los más optimistas de la tecnología y los defensores de los árboles. Yo seguiré imprimiendo para leer o comprando libros para acumular y leer.

Hace poco, en una noche de cervezas, uno de mis amigos nos contó su decisión de digitalizar cada uno de sus libros para poder llevarlos consigo a cualquier lugar. Decía que se trataba de una forma mucho más sencilla y democrática para compartir esos libros con amigos, comunidades y gente de cualquier parte del mundo. Dicho de ese modo no parecía que posible refutar algo negativo a la gran tarea que emprendía. Sin embargo, mi nostalgia de viejita no pudo contenerse. Primero expresé mi más profundo pésame por su pérdida y acto seguido me auto-declaré heredera de su biblioteca.

Yo no quiero mis libros digitalizados y aún me resisto a leer artículos académicos en mi laptop o en el iPad de mi hiper-tecnológico novio porque no quiero sufrir del síndrome que he querido llamar lecturus-interruptus.

La lectura en dispositivos electrónicos no se parece en nada a la vieja lectura que durante años practicamos los que de alguna manera desarrollamos el gusto por el antiguo hábito. Para los otros, todas estas reflexiones han de sonar igual de inocuas que ridículas.

Instruí a mi cerebro, con años de práctica, para que logre concentrarse en una lectura silenciosa y parsimoniosa, en un estado casi meditativo. Aprendí a anular la distracción externa y leer en metros, parques, cafés, incluso reuniones de familiares (¡qué mal!), en una actitud de compenetración fiel y total con el objeto de mis nostalgias: el libro y la “lectura profunda”.

Según Nicholas Carr, la lectura profunda permite el pensamiento profundo, y este solo es posible en procesos que llevan largos periodos de tiempo: “En los tranquilos espacios abiertos por la lectura prolongada, sin distracciones, de un libro, la gente hace sus propias asociaciones, saca sus propias inferencias y analogías, desarrolla sus propias ideas. Piensa profundamente porque lee profundamente[1].

Eso es lo que yo desisto perder. Y créanme que he intentando superar mis resistencias. A las nueve de la mañana, un día cualquiera, abro una base de datos, bajo un artículo que me interesa, abro el PDF, empiezo la lectura… y entonces inicia el espectáculo de distracciones que no paran… una ventanita emergente en la esquina de mi pantalla me indica la nueva llegada de un mensaje, que me obliga a hacer otra cosa, y ahí voy, del link en link, en la maraña de hipervínculos que a todo nos conduce y que poco nos deja… Después de un tiempo, logro regresar a la lectura, repitiendo una y otra vez este modo interrumpido de procesar información haciendo uso de mi recién estrenada “mentalidad de malabarista” (Carr: 2006).

La solución sería fácil: cierro el correo, desconecto la Internet, me concentro en el PDF, ¿quién hace eso? Que me diga la fórmula. Ya no hay marcha atrás, una vez decidiste que tu correo, tus redes sociales, tus periódicos, tus comunidades virtuales, puedan interrumpir tu lectura las veces que fuera necesario, no hay como regresar.

Estoy segura que esto no representa un problema, ni siquiera un cuestionamiento para las nuevas generaciones o los lectores no tan habituales. Es cierto que se trata de preguntas marginadas, quizá obsoletas.

También es cierto que los jóvenes que no leían antes tampoco leen ahora aunque tengan todo el mar de información que tienen y pese a la maravillosa posibilidad de ir a una biblioteca sin salir de sus casas. Esa no es mi lucha, se la dejo a los pedagogos. Lo que me inquieta es que los buenos lectores están transformando sus hábitos. En una pequeña charla que el escritor colombiano Héctor Abad Faciolince ofreció en Ciudad de México hace un par de meses, confesó que ahora leía menos: “Internet me atrapó”, dijo.

¿Para qué leer un libro de quinientas páginas si buscando en la red se puede acceder con un par de palabras claves al tema específico que estoy buscando? Un clic y estás en el párrafo que podrás copiar-pegar sin demasiado esfuerzo.

Todo esto me hace sentir en un emparedado histórico, en medio de cosas que me pasan por encima. Nuestros cerebros se están acomodando a las nuevas formas de lectura, todavía no sabemos qué nos traerán estos nuevos hábitos, qué tipo de conocimiento podremos acumular y producir.

Me siento en el centro de un experimento, un experimento guiado por pequeños geniecitos de veinte años que compiten en Silicon Valley por el mejor algoritmo y están cambiando al mundo sin el más mínimo cuestionamiento social, ni se diga ético, de lo que producen sus maravillosas mentes.

Yo me mantengo, hasta que sea posible, en mis viejas prácticas de lectura y seguiré pensando que esas horas en el avión son el mejor momento, el más privilegiado, para entregarme al viejo placer de la hoja de papel que no se dañará si le derramo un poco de café. Ahora sí, condénenme a la hoguera de los veteranos. 

[1] Carr, Nicholas, ¿Qué está haciendo internet con nuestras mentes? Superficiales, Editorial Taurus, México, 2006.