Pasamos de coleccionar libros, a almacenarlos. De vivirlos, a consumirlos. Cuando se limita a leer digitalmente, todos los libros son iguales. En cambio, cuando se leen libros físicos, se experimenta la diferencia de grosor de cada uno, de peso, de color de las páginas, del tamaño de las letras.

Por: Miguel Angel López

El fin de semana tuve una charla con mi hermano, él es diseñador visual y yo soy periodista. Él es amante de la imagen, yo de las palabras. Curiosamente ambos tenemos una gran pasión: los libros. Siempre que compra un libro, me siento emocionado por las páginas que podré leer. Encantado con el olor, rasgo el plástico con afán y lo abro al azar para sumergirme en su aroma, su textura, sus palabras.

Luego, corro emocionado donde mi hermano y le muestro mi libro. Él lo toma con cariño en sus manos y comenta su carátula. Fascinado me habla de los colores, los materiales, las texturas; me da una pequeña clase de diseño con cada nuevo libro que traigo a casa.

Los últimos dos libros que compré son Economía para dummies, en un afán capitalista/académico de comprender una parte de mi carrera; y Los juegos del hambre, de Suzanne Collins. Sí, el libró en el cual se basó la taquillera película del mismo nombre. Ajá, la de los niños que pelean a muerte y tiene como entrenador a Lenny Kravitz.

El libro, a diferencia de muchos otros que se convirtieron en película, no cambió su carátula a una foto de las estrellas de Hollywood que les dieron vida a sus personajes. No, Los juegos del hambre conservan su fondo negro ­­­y el broche dorado de un sinsajo.

Al ver esto, mi hermano comentó: “Los libros son objetos del siglo pasado. Son de colección”. Me puso a pensar, porque tiene razón. Los bibliófilos encontramos placer en coleccionar libros, buscar la edición más linda y guardarla con orgullo en una acogedora biblioteca privada.

Si tiene la oportunidad de visitar a un bibliófilo y preguntarle por sus libros, verá que le puede hablar de todos y cada uno de ellos. Solo señale, escoja cualquiera al azar y él le contará su historia. Cómo lo encontró, lo que vivió al leerlo, por qué lo quiso leer, qué le recuerda; todo. Un libro siempre tiene más historia que la impresa en sus páginas, además, al comprar un libro uno lo siente, lo carga, lo cuida, lo vive, lo quiere.

Sin embargo, hoy por hoy muchos prefieren comprar libros por Internet, cientos de libros que ahora guardan en sus Kindle, memorias o computadoras. Pasan de tener una biblioteca donde se deslumbran todos sus integrantes, a un listado en Word (Excel para lo más ordenados) de los libros que tiene guardados.

Pasamos de coleccionar libros, a almacenarlos. De vivirlos, a consumirlos. Cuando se limita a leer digitalmente; todos los libros son iguales. En cambio, cuando se leen libros físicos, se experimenta la diferencia de grosor de cada uno, de peso, de color de las páginas, del tamaño de las letras. Cada libro es distinto al anterior, y eso hace parte de su lectura.

Me temo en unos años, muchos quisiera yo, quienes compren libros, serán los mismo que toman fotografía análoga hoy en día. Porque la nueva cultura invita a la abundancia, pero  una abundancia vacía. Es una avaricia de todo. Que tengo miles de canciones en mi iPod, miles de películas en mi computador, miles de libros guardados en la memoria, ¿y qué? Guardamos y  guardamos, por guardar, por tener, por decir que tenemos.