LLEGAR A SER

La futuridad no está inscrita acá: ya soy una travesti hermosa, llena de fuerza, con la mirada que quema como lava. Parece que esperan que algo más ocurra y no ocurrirá.

 

Escribe / Alma Ortiz-Giraldo

Cuando me vi en el punto de volver a salir del “clóset” por segunda vez, las exigencias eran mayores. Ya no bastaba con amar a “quien quisiera”, como me lo dijo mi madre, sino que ahora debía emprender una búsqueda para “llegar a ser”.  Así, me hicieron molde y me dijeron cárcel. Una forma en potencia, un “te toca hacer esto, para llegar a ser lo otro”.

Lo otro que esperan que sea es una mujer. Es decir, quieren convertirme a un lenguaje legible para su mirada binaria: 1+1=2. Para llegar a serlo debo aceptar dos cosas que son bien difíciles de digerir, que bajan por la garganta como panes secos llenos de puntillas: ser mujer es un hecho que se inscribe desde lo estético y para ser una persona trans debo aceptar que mi cuerpo es error, falla, glitch… vasija sin forma.

Todo es falso. Las mujeres no pueden ser reducidas a una apariencia, a un “tomá hormonas que te hace más bella, más mujer”, “inscrustáte siliconas”, “usá maquillaje”, “ponéte vestidos”, “trepáte en tacones”. Todo órdenes, todo formas prediseñadas.  Ser mujer, está claro, no se limita a usar cosas, o colgarte vainas.

Sin embargo, me lo exigen. Muchas personas me lo dicen. Incluso otras personas trans; o mejor, sobre todo las personas trans. Y volvemos a lo mismo: la prótesis, el injerto, lo inserto ahí y metido allá, entre la carne, bajo la piel, dentro de las venas. Porque sí, el cuerpo trans, según esta imposición taxonómica y clasificante, solo es en tanto engañas al ojo del otrx. Es un trampantojo, una ilusión furtiva.

Digo, entonces,  entre  susurros al inicio, luego entre  gritos que queman la garganta con su fuerza desgarradora: no llegaré a ser nada que ya mismo no estoy siendo.  No hay potencia. No hay un “es que vas a ser una mujer muy linda…”. No es un futuro. La futuridad no está inscrita acá: ya soy una travesti hermosa, llena de fuerza, con la mirada que  quema como lava. Parece que esperan que algo más ocurra y no ocurrirá.

Porque donde mi cabello es mi cabello

Y mi pene es mi pene

Mi cadera mi cadera

No hay posibilidad de llegar a ser

El aquí y ahora

Como una pieza que solo tiene sentido puesto

En manifiesto en un presente constante

El futuro está de espalda

Se llena de ilusiones

El más allá del ahora es pura ilusión

La materia se inscribe y se borra

Se desgasta y se elimina

Me hago la tonta con esta falsa

Esperanza que seré

Ya soy

Y eso es suficiente

 

Quisiera tener la posibilidad de enunciar que es sencillo, pero no lo es. Porque esta exigencia nos ha violentado a las personas trans. Nos ha puesto en un lugar de profunda indefensión. ¿Cuáles son las personas trans más celebradas? Aquellas que se mimetizan, que pasan por un cuerpo que tiene la forma de lo que debería ser: mujeres bien mujeres y hombres bien hombres. Si no cumples con eso: violencia, asesinato, comentarios ridículos como es de “ah, eres un afeminado” o “machorra, no hombre”.

Para que ese “llegarás a ser” pase a un “ya eres” debes firmar un pacto que se lee en letras pequeñas y poca luz. El pacto de tus entrañas carcomidas por las hormonas, de las inyecciones de aceites y biopolímeros, y del bisturí poco afilado que abre la piel. El mismo que se escribe con la cadencia del patriarcado y el capital. Porque esa hazaña se logra con dinero:

Mamoplastia: 7 millones

Rinoplastia: 4 millones

Ortitomía: 10 millones

Cirugía de reafirmación de sexo: 42 millones

Liposucción: 20 millones

Cambio de voz: 16 millones

Uñas, pelo y depilación láser: 2 millones

Total: solo llevas el 5% porque nunca serás suficiente.

Por eso, cada vez que debas hablar sobre el cuerpo de una persona trans, deja de exigirle ese punto final, porque nuestras experiencias de vida “no serán”, pues tenemos tan cercana la conciencia de la muerte que hemos aprendido a habitar un presente eterno. No exijas un clímax, un momento culmen, pues levantarnos a afrontar las estructuras sociales que van entre patriarcas asesinos y feministas transodiantes, ya es suficiente clímax.