Los fúnebres tranvías de Orán

17

Por Mateo Matías Arango

Inaugurados en el año 1898, contando con seis líneas de pasos, este medio de transporte terrestre exageraba con franquear su recinto de vida con una inclinación al hábito, el vicio perfecto para la impecable realización del trayecto por las calles de Orán.

Cuando una labor carece de pasiones es impensable proyectar un vuelco en el recorrido matutino de los objetos. Este ambiente de tediosa costumbre no es solo propiedad de la interiorización aislada poseída por cada uno de los vagones plomizos. Por el contrario, el clima del hábito es pronosticado por cada calle invadida de una cólera frenética recorridas por el tranvía.

En algún momento la transición del sinsabor se ve irrumpida por un fenómeno descrito como patológico. Una plaga minuciosa llena de fetidez, peregrina con mortalidad los rieles famélicos de Orán con la misma lentitud poseída por un vehículo de tracción. Recae la aparente prosperidad en un fango teñido de vidas perdidas. Hay algo curioso, el estado de los argelinos era de un aspecto inerte, adquirían una apariencia estática, vivir por vivir.

Vigorosos hombres no daban por perdida la esperanza después de respirar tantas calamidades que punzaban el pecho. Rechinaban las máquinas ferroviarias, aumentando esa resonancia causada por el eco de los vagones. Los recorridos se multiplicaban con un trasfondo, la disposición de llevar los cuerpos color herrumbre desde el hospital al camposanto. El espacio de condenados contaba con perímetros de tierra cubiertos de lentiscos y fosas cavadas, como si todo ya hubiese estado predispuesto antes de la peste.

Los locomotores cumplían el itinerario por las sendas argelinas sin muestra alguna de preocupación o asombro ante la exposición del fenómeno. Antes de éste, los pocos maquinistas que laboraban en las estaciones ya estaban habituados a llevar un contagio posado sobre los tranvías, la enfermedad del hábito. Todos en Orán vivían sin expresión de asombro, aun después de exhumar los cuerpos en el antiguo horno de incineración situado en el este de la ciudad. Se veían pasar convoyes de máquinas sin viajeros bamboleándose, tal cual lo describe Camus. El otoño más fúnebre para los tranvías de Orán, traqueteando con difuntos y flores tiradas desde el acantilado por los familiares que en algún tiempo subieron en ellos sin pasión.