Calidad, como aquella última vez, parecía siempre un dandi, y no precisamente porque su ropa estuviera impecable o fuera confeccionada por sastres expertos o fuera de grandes marcas, sino porque algo emanaba de su figura, cierta armonía entre él y su entorno.
Escribe / Pablo Felipe Arango – Ilustra / Stella Maris
La última vez que vi a Calidad imaginé que debía escribir una columna sobre el dandismo y la elegancia. Lo vi aparecer caminando por la avenida mientras yo estaba sentado en la terraza de Libélula, él venía con un paso cadencioso que terminaba por resaltar su figura de hombre de estatura elevada y cuerpo esbelto. En esta ocasión, como tantas otras, traía una barba de varias semanas, negra, tupida. Los ojos como siempre, enloquecidos: yendo y viniendo de un objetivo a otro, como si quisieran saltarle de sus órbitas. Se me vino encima gritando mi nombre desde varias decenas de metros antes. Vestía un bluyín que tenía remangado quince o veinte centímetros arriba de sus tobillos, unas medias de lana de color rojo y unos tenis azules, desgastados, pero bien amarrados. Llevaba una camiseta azul oscuro con el cuello holgado y una chaqueta gris, con bolsillos laterales, cerrada apenas un poco, y con la capota sobre su cabeza. Por un lado del cuello, apenas perceptible, se alcanzaba ver el cordón de su escapulario.
Gritaba como lo hacía siempre, pidiendo dinero para comprar un antibiótico o alcohol puro, mientras en una retahíla se quejaba de los vecinos y se enorgullecía de haber enfrentado maleantes infames que había vencido y que a su vez le habían propinado una herida en su pierna derecha, que insistía en mostrarme. Siempre hubo una herida, en las piernas, en la espalda, en el tórax. Calidad parecía inmortal. No sabría decir el número de veces que fue herido y el número de suturas que le hicieron, pero fueron decenas, en veinte años casi siempre lo vi con algún tipo de herida, y lo veía cada semana.
Aún así, Calidad, como aquella última vez, parecía siempre un dandi, y no precisamente porque su ropa estuviera impecable o fuera confeccionada por sastres expertos o fuera de grandes marcas, sino porque algo emanaba de su figura, cierta armonía entre él y su entorno. No podía comprar su ropa, así que imagino que algún amigo se la regalaba, pero era evidente que no se ponía cualquier cosa, y era esa decisión, qué usaba y qué no, lo que finalmente le confería una particular elegancia y estilo, que además no restaba en lo más mínimo su insolencia. Y es que justo ahí reside el secreto del dandi: en que sigue siendo él mismo, insolente, a su estilo, sin importarle lo que está o no de moda, y dejando en claro que se codea de tú a tú con quien se ponga al frente.
Cuenta Edgardo Cozarinsky que en Chile surgió en la década del 70 cierto tipo de dandismo que se dio en llamar el abajismo; se trataba del practicado por individuos pertenecientes a las clases altas que tenían origen en la fundación de la república, y que, afanados por desligarse de los nuevos ricos que gestaba el pinochetismo, decidieron vestir suéteres de cachemir agujereados por las polillas, o sacos de sastres italianos raídos en los codos.
El dandismo es una forma de existir y estar en el mundo definida por los ingleses y teorizada por los franceses. Camus supuso que era una creación del romanticismo y que configuraba un “desafío a la ley moral y divina”; esto último es absolutamente cierto. No en cambio, la idea de que el dandismo es propio de la Europa del siglo XIX, encarnado exclusivamente por personajes como Carlyle, Swift, Wilde, Beerbohm, Baudelaire o Barbey d´Aurevilly. Calidad, insisto, era un dandi, que encarnaba aquel desafío sugerido por Camus, haciéndolo además evidente en esa provocación constante, acompañada de la peculiar forma de vivir en la calle.
Porque Calidad nunca sucumbió a la indigencia, nunca se sintió parte de los desclasados, nunca aceptó —y no tenía por qué hacerlo— ser menos que nadie. Incluso gran parte de aquellos supuestos maleantes con los cuales se enfrentaba, o eran indigentes realmente mugrosos y olorosos, o eran venidos a más que creían que una camioneta, o cualquier otro lujo de mal gusto, los elevaba por encima de los demás. Por eso Calidad nos decía Pablo y Carito, por eso sabía que la librería era un templo mientras que todos los demás negocios eran simplemente eso, por eso exigía y no pedía, por eso se atrevía a condenarnos a morir degollados algún día.
Calidad desapareció hace varias semanas. No lo hemos vuelto a ver. Nos han dicho que murió en el hospital debido a la infección provocada por aquella última herida que no quise ver, o por un problema gástrico derivado del alcohol puro que bebía, pero tampoco alguien confirma este hecho. Es probable sin embargo que así sea, y en tal caso hemos perdido un verdadero aristócrata del espíritu, y un dandi, solo alguien así podía vernos con tal suficiencia y merecida conmiseración.


