LOS LIBROS ÚNICOS

La idea es bastante clara: la literatura debería estar compuesta exclusivamente por libros únicos, es decir, por libros supremos, divinos, producto de una revelación, de algo sublime. Según Bazlen si un escritor no es iluminado debería guardar silencio, no escribir, tal como él hizo

 

Escribe / Pablo Felipe Arango – Ilustra / Stella Maris

La semana pasada murió el escritor Roberto Calasso, el alma de la editorial italiana Adelphi, que ha marcado en muchos aspectos el camino de las editoriales más emblemáticas en español. Debería por eso dedicar esta columna a él, pero los devaneos de la mente son curiosos, aunque en esta ocasión no extraños, y la noticia del deceso del autor de Las bodas de Cadmo y Harmonía, La ruina de Kasch, El rosa Tiepolo, entre otras obras, me hizo recordar a Roberto Bazlen, el escritor triestino que no escribió, o que lo hizo muy poco, amigo personal de Calasso y a quien este atribuía, más que a nadie, la idea original de la mencionada editorial, que se ha caracterizado por publicar libros únicos, es decir aquellos que a juicio de Bazlen pueden leerse como una alucinación poderosa, libros en los que es posible reconocer prontamente que al autor “le ha pasado algo y ese algo ha terminado por depositarse en un escrito”; libros que son, por tanto, según el triestino, o según Calasso porque era este el que recordaba las palabras de Bazlen, libros que han “corrido un alto riesgo de no llegar a ser nunca tales”, pero que por fortuna han alcanzado el sonido justo, y cuyo autor en muchos casos, una vez habiéndolo escrito, “volvería a perderse en el anonimato. Acaso porque no pretendía ser escritor de una obra sino que una obra (ese libro único) se había servido de él para existir”.

 

La idea es bastante clara: la literatura debería estar compuesta exclusivamente por libros únicos, es decir, por libros supremos, divinos, producto de una revelación, de algo sublime. Según Bazlen si un escritor no es iluminado debería guardar silencio, no escribir, tal como él hizo. Y el juicio de “Bobi”, como le decían sus amigos, era implacable cuando se trataba de descubrir la falta de iluminación, aun cuando se tratara de aquellos a quienes consideramos maestros, para la muestra este aparte de una carta dirigida al poeta Sergio Solmi: “Por otra parte, la polenta íntima desborda: hoy, junto con tu carta, me llegó el nuevo número de Aut, aut: hay que leer para creer el artículo de Camus sobre Wilde, de una banalidad plebeya, verdaderamente repugnante. Y hace unos días Einaudi me mandó de regalo el libro de Neruda y el teatro de Lorca. De Neruda no esperaba mucho, pero me ofendió más de lo que esperaba. Pero Lorca (a menos que también me haya equivocado respecto de sus poemas, aunque lo dudo) fue una gran desilusión: ¿notaste esa falta de una forma íntima grande e inflexible, esa imbecilidad y ese bovarismo debajo de la poesía y las solidificaciones homéricas (c´est tellement facile, ¡y en una época de químicas nuevas no hay más que historietas, historietas, historietas!) y los justes claroscuros del sol mediterráneo? ¡Y al diablo con la bajeza de los temas eternos! ¿No te parece que es hora de introducir una escala de valores basada en una jerarquía de temas?”.

 

Hay que advertir que además de la magnífica dureza con la que se manifestaba Bazlen, que además no dudaba en exteriorizar sin reparo y sobre quien lo creyera necesario, tenía una particular forma de utilizar los signos de puntuación, que más que iconoclasta, hacía de sus escritos otra de sus obras pictóricas.

 

Pero volvamos a la idea de los libros únicos, que tal como cabe desprender de la carta trascrita, no solo deben ser alucinados y con el sonido justo, sino que además deben estar inscritos en aquella jerarquía de temas, que, ojo, la integran solo las cuestiones superiores, que bastante lejos se encuentran de los asuntos de actualidad que inundan y empobrecen nuestras preocupaciones y conversaciones. Bazlen, en El capitán de altura, su única novela, que obviamente no publicó, lo dijo así: “… ¿Cuánto tiempo lleva la humanidad sin llevarse a los ojos una sirena?”.

 

Las fotografías de Bazlen lo muestran, casi siempre, con su torso ladeado, en muchas, además, mirando de frente con unos ojos saltones, que parecen salirse de sus órbitas, seguro de tanto leer, la única actividad que consideraba digna, porque aún la de escribir le parecía un ejercicio condenado al fracaso, aparte de pretencioso. En otra carta, en este caso dirigida al que tal vez fue su amigo más íntimo, el poeta Eugenio Montale, le contestó, de nuevo con aquella proverbial dureza: “¿Acaso te volviste loco, que pretendes hacerme colaborar en una revista? Soy una persona decente que pasa casi todo su tiempo en cama, fumando o leyendo, y que cada tanto sale para hacer alguna visita o para ir al cinematógrafo. Además carezco por completo de espíritu mesiánico-divulgativo, y jamás he sentido necesidad alguna de compartir mis ideas con los demás…”.

 

Calasso, el otro Roberto, o el mismo, el que murió la semana pasada y que con su muerte provocó el recuerdo de las pocas páginas que pueden leerse de Bazlen, decía que el triestino era un “taoísta que aprendió de Chuang-Tzu que el sabio deja siempre un rastro mínimo: anotaciones breves, ligeras…”. Y caigo en cuenta de que el Doctor Calle se le parecía bastante, y que hasta su puntuación también era críptica y única, y que escribió muy poco, casi nada, y que sabía todo acerca de los libros únicos, y que siempre intentaba otear sirenas desde el portal de Libélula Libros.