Los Mayas tenían razón

Los pongo así, con minúscula, esa parrandada de solapados no merecen una mayúscula. Esos no saben nada, son unos pobres zánganos fracasados y obsoletos que creen que con mandar y tener villegas (billete) lo pueden todo.

 

Por: Fermín López

¿Los derrumbes e inundaciones son al final muestra de incapacidad para prevenir desastres?
Imagen tomada de: http://amecon2000.org

Los Mayas tenían razón. Esto se acaba en el 2012…O yo creo que nosotros, los estúpidos humanos lo acabamos antes. El fin ya empezó por el solar del mundo, por el patio del planeta, el sifón del globo terráqueo: por Locombia. A Locombia se lo está tragando el agua y la tierra. La violencia y la corrupción se la tragaron hace rato. Lo que nos faltaba. No falta sino que nos orine un perro o que tiemble. Ahí sí, apague y nos vamos…

Y mientras los políticos de turno y los vivarachos bancos se embolsillan mucha de la ayuda humanitaria, o trabajan con los intereses de esa platica, y Caracol y RCN siguen comerciando con el dolor ajeno, la naturaleza nos sigue cobrando su cuenta, y nosotros seguimos eligiendo esos enteleridos dirigentes nuestros que se comieron en lechona y caviar o se fueron a pasear con los recursos destinados para programas de control y prevención de desastres.

Si ni siquiera sabemos cuales son los desastres naturales: los geofísicos, los geológicos, los hidrometeorológicos, los biológicos, los tecnológicos… (los que nos están dando lidia ahora son los geológicos y los hidrometeorológicos). Donde nos coja otro de los anteriores, ¡ahí sí, muñecos todos! Frikis Mortis. No somos capaces de prevenir una verraca inundación, que el río está ahí diciéndole a uno constantemente:“Vea, eche pa´ allá no sea conchudo, no construya ahí, casi en la mitad de mi cauce. ¡Eche pa´allá home! ¡De la orilla pa´ allá! No me dañés los arbolitos que eso es un muro de contención natural. No me echés basuras ni residuos industriales que después no respondo… Eche pa´allá…”.

O un derrumbe que es la montañita ahí bien empinada y chupe agua de lo lindo en el invierno y los políticos vendiendo y legalizando lotes allá en la loma. –“¡Hágale! Construyan allá, que eso son voticos…” –“Déjenlos invadir pa´darles tejitas y ladrillitos y prometerles casita en época de elecciones.” –“¡Hágale! Que ahí caben seis barrios más, cada cuadra le cambiamos de nombre y ahí cumplimos…” Ahora ¿se imaginan ustedes un sismo, una plaga o una explosión nuclear? ¿En mano de qué dirigentes estamos? ¡Ay Dios mío!, estamos es vacíos, como decía un tío mío. Estamos en la puta olla…

Acá, las alcaldías, las oficinas de prevención de desastres, las corporaciones autónomas, y demás entidades creadas para velar por nuestra seguridad u orientarnos en casos de emergencias, se limitan a sacar unos verracos manuales de prevención (si es que los sacan) que parecen la constitución nacional y no los lee ni misiá hijueputa. La otra vez una prima me pasó un manual sobre qué hacer en caso de sismo. –“Oiste, pero de acá a que me lea esta tesis me cae una viga encima y me deja chapaliando”.

Y así son todos los manuales…¿Qué cuesta home metele a eso, unos verracos dibujitos y resumir en dos páginas lo esencial?: No construyás en las verracas laderas de los ríos ni en zonas expuestas a desprendimientos de rocas o deslizamientos; no cortés los arbolitos, no tirés la basura al río ome que se represa, no usés tanta bolsa plástica, reciclá, no tapés las alcantarillas, identificá las rutas seguras en caso de emergencia, no elijás ese vivaracho como diputado, ese bandido como concejal, ese incompetente como alcalde, ese oportunista como representante, ese delincuente como “cenador”, etc. Los pongo así, con minúscula, esa parrandada de solapados no merecen una mayúscula. Esos no saben nada, son unos pobres zánganos fracasados y obsoletos que creen que con mandar y tener villegas (billete) lo pueden todo. ¡Pobres hijueputas!, ¡Vea! se les vino este país abajo y no saben ni que hacer, los desastres naturales los cogió cagando, contando sus millones, posando para las páginas sociales y pelando los de leche en Caracol y RCN que siguen comerciando con la tragedia y el dolor ajeno, irrespetando a las víctimas y a sus dolientes. ¡Par de canales chichipatorciopanguanorreas!…

Y mientras tanto: -“…Sigan construyendo casas en los barrancos…” –“…Tumben esas guaduas a la orilla del río que hay que ampliar la avenida…” –“…Meta ese barrio de interés social ahí en la mitad de la montaña…” ¡Ah juemadre¡ sí es que somos tercos como unas mulas. Y al final los mas desvalidos son los que llevan del arrume, por la terquedad y el oportunismo de los ladrones de cuello blanco.

También es que somos muy olímpicos ome, hablamos de prevención sin ni siquiera identificar los peligros, la vulnerabilidad, los riesgos, las emergencias, etc. Ni siquiera nos sabemos la formulita R=PxV o sea: Riesgo igual a Peligro por Vulnerabilidad. Ni siquiera tenemos un plan de emergencia pa´ nuestro hogar en caso de temblor, incendio, inundación o vendaval. Le apuesto que mientras lee estas babosadas que estoy escribiendo puede temblar y usted ni siquiera sabe cual es el lugar más seguro de su casa pa´usted y su familia resguardarse. Usted debe ser de los que cuando hay sismo sale como energía que acarrea Luzbel, como espíritu que carga Belzebú (como alma que lleva el diablo) pa´ la calle arriesgando que le caiga un poste encima o la fachada de su casa o la del frente. Es más, debe estar leyendo estas bobadas mientras encima, o cerca suyo, hay una lámpara, un baúl, una repisa, un bafle, una podadora o cualquier otro aparatejo que lo puede descalabrar con el más mínimo movimiento telúrico. Eso, mire pa´ arriba a ver que hay y deje eso por allá bajito…

-¿Qué más Fermín? Me grita don Plutarco, uno de los vecinos de la vereda que sube con su mulita por el camino de mi casa acarreando su cargamento: unas pacas de panela pa´ vender en el pueblo hoy día de mercado.

Mientras regreso de mis grises pensamientos a la verde realidad de mi parcelita le respondo: – ¡Bien don Plutarco, bien inundado! Vea pues como se me dañó el yucal ome con tanta llovedera, ah, pero es que quien me manda a ser bien terco, me puse a sembrar eso en vez de haber sembrado otra cosita que no se demorara tanto y que no tuviera tanto lío con este invierno. ¡Por terco! Qué le hago sí soy de esta raza terca y porfiada de Locombia, don Plutarco. Y me acuerdo de un poema de Gustavito Cobo Borda: “Colombia es una patria de leones, país mal hecho cuya única tradición son los errores…” ¿Y vos qué ome? ¿Cómo vas con el invierno?, inquiero a don Plutarco.

-“Ahí muchacho, ahí. Ha estado muy duro eso sí, más de lo acostumbrado pero hay que entender que así es la naturaleza, hay que comprender que es que nosotros estamos acá de inquilinos, de paso, esto es prestao, nosotros pasamos y la naturaleza queda. Nosotros somos los que debemos acomodarnos a ella y no ella a nosotros”, responde don Plutarco mientras amarra la mula al palo de guayabas y se sienta un rato a departir conmigo esa maravillosa sapiencia campesina que me demuestra las palabras de Schopenhauer: “La habilidad natural puede compensar cualquier clase de cultura, pero no hay cultura capaz de compensar la habilidad natural”…

-“Y los últimos arrendatarios que han pasado don Plutarco, le han dado como a violín prestado a este pobre planeta.” – “Sí ome Fermín, qué tristeza, por la avaricia de unos cuantos y la ambición, llevan del bulto los más desvalidos y estamos acabando con la tierrita, que nos sirve de hogar”, agrega el cucho mientras saca dos ataos de panela y me los regala y yo le paso cuatro yucas que alcancé a salvar de la inundación.

-“Espere pues pa´que se tome un poquito de aguapanela mientras escampa don Plutarco, que se largó otra vez el agua”, le digo, mientras empiezan a caer una goterotas de agua del firmamento que se viste de gris intenso. –“¿Se largó el agua? Antes llegó Fermín ja ja ja…”, me responde don Plutarco mientras hala la mulita para debajo del alero del corredor de la casa y yo le acerco unos pedazos de caña al pobre animalito pa´que acompañe el pasto y le pongo un poco de agua en una vieja ponchera.

Desmontamos las pacas de panela de Matilde, la mulita de don Plutarco y las ubicamos en una banca del corredor, mientras el cielo grita inclemente ¡Tronk! ¡Tronk! Y ahora el aguacero es más intenso y el gris se funde casi a negro.

-“Seguite pa´ acá, pa´ la cocina”, le digo al viejo mientras prendo el bombillo y acomodo una ollita con aguapanela en el fogón de leña pa´ calentarla un poco. Me subo la cremallera del suéter que traigo puesto y me froto las manos pa´ combatir el frío.

-“Esperate ome que por acá en este canastico tengo unas arepitas de chócolo pa´ que acompañemos la aguapanelita. Oíste, a mí el frío me alborota la gurbia”, expreso y le paso una taza echando humo a don Plutarco.

-“Eso es cierto muchacho, el frío le da a uno mucha hambre”.

-“Oiga Fermín, que pesar de toda esa gente de poallá que están tuditos con el agua al cuello y en medio de esos derrumbos, ¡pobre gente!”, dice sorbiendo de la taza después de haber mordido un pedazo de arepa que puse en un platico sobre la mesa. Ahora sus ojos se ponen tristes.

-“Sisas don Plutarco, ¡qué vaina home! Y vea, esto no tiene cara de escampar”, digo mientras el agua se empieza a colar por entre las tejas de barro de mi rancho de bahareque y cae al piso de tierra de mi cocina. Entonces corro un balde pa´ hacerle frente a la desafiante gotera, que ahora se alía con dos, cuatro, cinco, siete, nueve goteras y muchas más que me agotan los recipientes y de repente ¡Passs! Se me cae medio techo en la esquina del salón que está enseguida de la cocina mientras don Plutarco grita: -“¡Ave María por Dios Santísima! ¿Qué fue eso?”

Ahora, por un lado del barranco del corredor de atrás, se empieza a filtrar el agua hacia el improvisado estudio que tengo en el fondo del salón. Y se empieza a inundar también la pieza…-“¡Vea Fermín, se le están mojando los libritos!…”, salta don Plutarco cogiendo la enciclopedia Salvat y unos discos de acetato que tenía debajo de un estante. –“¡Bendito sea mi Dios, don Plutarco!”, expreso mientras de un salto le echo mano al portátil antes que se me moje. Y empiezo a empacar en un morral impermeable el portátil, el celular y el iPod, y unos papeles con un trabajo que debo entregar antes de que termine el año. Monto sobre el escaparate la grabadorcita y un televisorcito más viejo que el vicio de andar a pie y los tapo con un plástico.

Miro arriba a un lado y ahora un vendaval se lleva otro grupo de tejas mientras observo a don Plutarco encartado con un arsenal de libros. –“Tranquilo don Plutarco, dejalos ahí. Ya cumplieron su misión, ya les llegó su hora, venga mejor salgamos rápido y nos resguardamos en la ramada de moler caña que ese techo de allá es más seguro, va y se nos cae este encima y me lo cobran a usted por nuevo. Coja mejor las arepitas de chócolo y esa ollita y salgamos de aquí”, digo, mientras por un pequeño riachuelo, que sale de mi casa camino abajo, flota “La Caída”, de Albert Camus…

Llevamos la mula y las pacas de panela pa´ la ramada y al rato la lluvia cesa dando una pequeña tregua. -“¡Gracias a María Santísima! Parece que no se le cayó el techo del todo, vamos, yo le ayudo a organizar”. –“Tranquilo don Plutarco, mejor siga pa´l pueblo pa´ que venda la panelita, aproveche esta escampadita, vea que esa carretera está muy mala y los caminos deben estar como un tobogán. Mejor se apura antes que lo coja la menguante. Más bien, cuando baje, me da vueltica a ver cómo voy, aunque parece que no fue tan grave el asunto”, le digo al viejo mientras observo, reposando en el suelo, a un lado de mi casa, el palo de guayabas agrias que tanto le gustan a mi amiga Lina.

Un tímido rayo de luz se filtra por un par de nubes y veo a Don Plutarco y su mula perderse camino arriba y de repente ¡Trasst! Escucho que cae algo atrás de mi casa por la esquina. Medio barranco se vino y tumbó una pared y un pedazo de alero. Desde la ramada donde se hace panela, a unos cuantos metros de mi casa, observo incrédulo la furia de la tierra.

Vea pues… también me cogió el invierno con los pantalones abajo, ya iba a decir el “desastre natural”, pero me acordé de un artículo que me enviaron esta semana por mail, escrito por Gustavo Wilches, donde decía: “Los desastres no los provoca la naturaleza, sino la incapacidad de las comunidades humanas para convivir tranquilamente con los efectos de las dinámicas naturales”.

El implacable aguacero retoma su sinfonía. No me queda más remedio que sentarme acá en la ramada a ver caer la lluvia. Saco del morral el celular y llamo a la casa de mis padres para decirles que voy mañana a visitarlos y a quedarme una temporada. Luego saco el portátil, que afortunadamente tiene toda la batería cargada y empiezo a escribir, un poco con tristeza, con rabia e ironía: “Los Mayas tenían razón…”