La Pirámide, resort a orillas de un arrecife de coral en Kukulkán, ofrece actividades controladas de riesgo para turistas en busca de experiencias diferentes.
Por: Juan Felipe Gómez
Juan Villoro se ha alejado de la Ciudad de México en su más reciente novela. El Distrito Federal, hábilmente narrado y recorrido en obras anteriores (El disparo de argón, Materia dispuesta y El testigo), es para Tony Góngora, protagonista de Arrecife, un escenario de formación que aparece difuso en su memoria.
Con 53 años, Tony se define como un “ex músico de rock que había renegado de la contracultura, esa pomposa manera de convertir la rebeldía en un sistema de quejas más o menos rentable”. Con esta definición empezamos a conocer al héroe nostálgico que busca recuperarse del daño que él mismo se ha hecho.
Ex bajista de la agrupación Los Extraditables, Tony ha sido rescatado de un estudio donde sonorizaba muertes de dibujos animados por Mario Müller, su mejor amigo y compañero en las lides musicales de juventud. Müller es ahora el encargado de La Pirámide, resort a orillas de un arrecife de coral en Kukulkán, ofrece actividades controladas de riesgo para turistas en busca de experiencias diferentes.
Tony es reclutado por su amigo para un trabajo singular: “musicalizar” peces. Es el encargado de convertir los movimientos de los peces del acuario de La Pirámide en sonidos. No menos extraño es el caso que desata la sub trama policiaca de la novela: Ginger Oldenville, instructor de buceo cercano a Tony, es encontrado muerto con arpón en la espalda, con el traje de neopreno puesto y fuera del agua. A partir de entonces la voz de Tony narrará paralelamente los hechos que conducen a la resolución del crimen y su propia búsqueda (de memoria, de identidad) con la amistad de Müller como faro guía.
Cronista avezado, conocedor y crítico de los desmanes de la política y el flagelo del narcoterrorismo en su país, Villoro ha sabido incorporar el ritmo fluido y sosegado de la narrativa periodística a esta novela, repasando los principales males que aquejan a la sociedad mexicana. En este empeño, pone en boca de sus personajes frases como esta: “Eres mexicano, Tony. Ustedes no necesitan una guerra para intoxicarse. Aquí la realidad ya está alterada”.
Oscilando entre la tragedia y la parodia, los dos personajes principales, músicos de rock fracasados, evocan los sueños perdidos de la contracultura y se refugian en un presente y en un escenario (La Pirámide) donde son jueces y parte de extraños programas en los que el riesgo es convertido en placer. Así, la novela confirma los intereses temáticos y estéticos de Villoro y tras su lectura es posible suscribir lo escrito por el profesor Brian L. Price: “la literatura de Juan Villoro pretende hacer lo que el rock no pudo: vencer el tiempo, trastornar contextos culturales, desafiar la cultura hegemónica, desencajar los criterios del buen gusto, abrir nuevas posibilidades expresivas, incorporar la contracultura como modelo social viable…”.
Violencia, amistad, narco, turismo; sin duda todos los elementos para componer un best seller de temporada, pero que en la pluma de Villoro (cuidadosa, reflexiva, irónica) cobran dimensiones que trascienden el relato fácil, de consumo masivo, y configuran una obra con el peso de lo clásico y la frescura de la mejor literatura moderna.


