Leyendo con lupa sus diarios, surgen problemas tan finos, como el de la vanidad y el orgullo, y esto, unido a un fuerte sentimiento religioso, o una conciencia inquisidora de su vida, que literalmente no le dejaba vislumbrar un futuro más allá de sus agudas reflexiones sobre el lenguaje.

Por: Diego Firmiano

 

Hay ciertas lagunas de carácter que no he podido comprender bien en la persona de Ludwig Wittgenstein. Se dice que fue distinguido por su valor tres veces durante la primera guerra mundial mientras luchaba contra los aliados, pero en sus diarios dice que era un hombre enteramente miedoso.  Actitud bellamente humana. Línea dentro de su personalidad que contribuye a dar autoridad a su sentimiento particular, sea este debilidad o virtud, porque cada hombre califica o representa todos los demás en cierta manera.

Solo echando una ojeada a sus diarios, especialmente a los “Movimientos del Pensar” de 1930-1932 / 1936-1937, se puede entrar a una dimensión nueva del pensador que deja ver, más que lagunas, la punta del iceberg del por qué tal actitud (y actitudes) a la hora de afrontar la existencia. Y en estos bosquejos fragmentados de su pensamiento o diarios, hay que partir del presupuesto de que el moralismo no tiene cabida.

Ludwig Wittgenstein vivió los horrores de la guerra. Sumado a esto la muerte de algunos de sus hermanos y la pesada carga de tener que llevar una empresa y una herencia económica a cuestas. Situación poco cómoda para un pensador de su talla imbuido de filosofía desde el amanecer hasta el anochecer. Un hombre que supo vivir, pero también supo morir a la versión clásica de los finales filosóficos. Sin propiedades en el mundo, solo se sostiene en un racionalismo lógico del que nada concluye o al menos, no para la “cuestión humana”, que sea enteramente satisfactorio para el sentido de vivir.

Leyendo con lupa sus diarios, surgen problemas tan finos, como el de la vanidad y el orgullo, y esto, unido a un fuerte sentimiento religioso, o una conciencia inquisidora de su vida, que literalmente no le dejaba vislumbrar un futuro más allá de sus agudas reflexiones sobre el lenguaje. De ahí quizá sus consideraciones grises sobre la “Rama Dorada” de James George Frazer, y su constante jerga religiosa, que, en vez de sacarlo de su estado de conciencia agónica, lo hundía más en la resolución de su situación final o una posible teleología redentora.

¿Pudieron las matemáticas y la lógica formular una ecuación para su evasión? No, y no con mayúscula. Lo que desconcierta, ya que el contexto de horror, brutalidad y muerte de entreguerras no generó en él una conciencia nihilista por ejemplo, sino unas meditaciones al mejor estilo de otro pensador como Walter Benjamin, que confundía razón con memoria.

En su voz: “hay personas que son demasiado débiles para romperse.  A estas pertenezco yo también. Lo único en mí que quizá se rompa un día, y eso temo a veces, es mi razón

En efecto. Su razón se rompió en la guerra, de ahí que eche mano de la lógica como una tabla de salvación para entender al hombre y al cosmos. Pero lo irónico, y realmente irónico, es el crédito a su actividad de soñar y tomar tales ensoñaciones como verdades axiomáticas para transparentar su destino. ¿a qué le temía Ludwig Wittgenstein? No era a la guerra, o guerras, no era a su destino como mortal, ni mucho menos a que su pensamiento fuera un vacío sin fondo, sino a algo minúsculo, pero lastimosamente poderoso: la soledad.

Ese locus solus (lugar solitario) donde habitaba, y esto como una doble trampa o juego, enlazado al concepto de hombre, antropos, como “luz en la caverna” o la existencia emergiendo desde la oscuridad a la luz.  De nuevo: “en mi habitación no me siento solo sino exiliado”.  Posteriormente lo de leer para poder tranquilizar su alma, era una tetra. Cada vez que leía se sentía más miserablemente solo y solo como esas libélulas que vuelan hacia la luz, para luego caer con las alas incendiadas.

Uno debe atenerse a pensar que Ludwig Wittgenstein, o era un dios o era una copia de uno. Cada decisión que intenta tomar se vuelve ambivalente, cada pensamiento lleva a otro en todas las direcciones, sus primeros cuadernos se contradicen con los segundos, la teoría sobre los colores no tiene asidero pues su lógica contiene juegos abstrusos, sus diarios son reminiscencias de hechos inacabados, imaginaciones fragmentadas fruto de un pensamiento disneico.

De ahí que la arquitectura de su miedo sea un asunto curioso, como el mismo lo expresa: “feliz aquel que quiere ser recto no por cobardía sino por sentimiento de rectitud o por consideración de los otros. Mi rectitud, si es que si soy recto, surge de la mayoría de las veces de mi cobardía”.  Pero Ludwig Wittgenstein no es un Vanini, ni un Campanella, ni siquiera un Giordano Bruno, que debe ser sometido a torturas para ser fiel a su pensamiento. Su infierno interior es el hades de Dante que lo conduce a los círculos de las reflexiones más agudas.

Miedo, vanidad, pereza, parecen más bien piedras miliares para acceder a su pensamiento desde fuera.  Su filosofía del lenguaje no le permite acceder a estas des virtudes y desplaceres, ya que le parecen fuegos arcanos sellados por el tiempo.  Las analiza, las sufre, las proyecta, pero no puede desprenderse de ellas. Es sabido que este gigante de la filosofía es heredero de la fe y la razón occidental, y ni la una ni la otra le entrega respuestas hechas. Antes bien, ninguna le sirve sino para torturar sus dos cabezas de Janos.

Sus confusiones son evidentes, y una clara muestra es cuando confunde autoconocimiento con humildad y lo refrenda diciendo que aquello es una consideración razonable, o que el blanco es una especie de negro. En ninguna manera. Ludwig Wittgenstein trata de elaborar una ética, como creador de sistemas, pero falla en el intento, ni Moore, Ni Russell, ni Soren Kierkegaard, lo pueden afirmar. Su convencimiento de ser una nada sartreana, lo acorrala. Se siente último, aunque en realidad es primero. Se sienta nada, aunque es todo dentro de su categoría lingüística. En su concepción es un gigante con pies de barro.

Es un núcleo inconforme. Se para al borde del suicidio, y la razón que debería darle el empujón final lo detiene. “La desesperación no tiene final y el suicidio no se lo pone a no ser que se le ponga un final sacando fuerzas de la flaqueza”.  Pero concibe la muerte de una manera kantiana “¡espíritu, no me abandones! Es decir, ¡que la débil llamita de mi espíritu no se apague!”. Es tan débil como para no quitarse la vida, pero es tan fuerte como para suplicar para sí, por ella.

Repudia esta debilidad, pero no puede desprenderse de ella. Tiene todo su derecho de sentir esto, pero sufre que sea la fe occidental la que en vez de salvarlo lo condene. Es humano, tan humano como el planteado por Friedrich Nietzsche, pero a su vez tan animal, como Aristóteles, que, burlándose del hombre, lo que hace es resaltarlo. Ludwig Wittgenstein muere no como hombre, ni como dios, muere como filosofo diciendo: “he sido feliz” una Eudemonia extraña, tan extraña como la conciencia luminosa que resplandece dentro de una caja oscura.