Hernando López Yepes, poeta y cuentista pereirano. Licenciado en Filosofía y Letras de la Universidad Santo Tomás, reside actualmente en La Virginia.  TRAS LA COLA DE LA RATA publicará una serie de poemas. Aquí la primera entrega.

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“Matar” a Borges y a otros cuantos.

 Alguien busca sembrar ortigas y espinos (hermosos a su manera)

en los jardines de la poesía. Más, no le dejan.

Desde los templos de la estética se determina el largo de las barbas de los poetas, el color  de sus chalecos, las formas de sus bastones,

el grado de  inclinación de sus boinas sobre el vacío de sus cráneos;

los  contenidos y las formas del verso.

También se lanzan anatemas sobre los no bautizados.

Ignoran estos sacerdotes que una piedra ante un espejo

después de un año de no verse, con dificultad se reconoce.

El  creador de versos perfectos, después de muerto, envejece, también.

Dentro del santuario,  cien mil ratones ciegos  hacen genuflexiones

ante una urna de cristal y oro. En su interior anida un ave seca,

ya casi desplumada.

Un moscardón irrita la pereza del día.

En cuanto a mí, también fui peregrino. Adoré pergaminos polvorientos.

Entre sus páginas extravié el poema.

En los cenáculos de la poesía escuché voces indigestas de erudición.

Postrado ante el altar recibí “el maná de la poética”.

Después de un tiempo, y ya curado, me pregunto:

¿Por qué arrancar la pluma al ave del paraíso, para escribir con ella?

¿Por qué robar la punta del meñique de la momia del Santo?

La tierra no atendida sueña con ser violada por un arado díscolo,

que escriba un surco retorcido sobre su piel adormecida.

Las almas buenas piden solamente rosas, rosas, rosas…

***

Segundo nacimiento del poeta

 Hombres con rostros como máscaras infaman su memoria

con horrendos discursos, ajenos y lejanos al desprecio

que  inspiró su existencia.

Sobre su tumba vuelcan pesados ramos de jazmines.

Un poeta vivo es el dedo en la llaga,

el espejo que muestra la pobreza oculta

tras el ropaje de oro.

Su dedo que señala es cual brújula loca;

para él fue necesario perderse y encontrarse.

Hoy, cuando les parece que el poeta ha muerto,

exhiben en vitrinas

su pipa y sus pantuflas.

Los revisores de pergaminos transcriben sus poemas.

Se ha levantado para él un templo.

Él no está allí, y tampoco en su tumba.

Los poetas no mueren;

Su voz queda encantada

En el alma de otros hombres.

***

Ellos me acusan

No quiero ser el salvador de alguien,

 ni siquiera de mí.

Hoy sé que cualquier alma lúcida se niega

a ser salvada de su purgatorio. Y…

¿Por qué no?, de su infierno.

 Ayer vi despeñarse un hombre Santo, desde el cielo,

hastiado de vivir entre la gente tontamente buena.

 Tendría que apenarme, dice “El Mundo”,

por no querer buscar una sombra protectora.

Por no pedirle nada a Dios,

Y por negarme a darle algo.

Yo sólo sé que Dios es

grande o  pequeño,

juez vengador o padre que perdona…

tanto como lo es el hombre que lo sueña

 Dicen, también, que estoy equivocado

por preferir, entre cielo e infierno,

el camino tentador.

“Amo las escaleras

Que descienden del cielo”.

¡Lejos de mí el deseo de ser un hombre bueno!

***

Rostro de muchas voces

 Siempre habla por mi boca el hombre que no soy.

adueñado de mí me ata las manos

cuando las quiero libres;

pone mis pies en marcha cuando busco reposo,

más cuando quiero huir los encadena.

Si voy a la caricia aherroja mis besos,

me hace esquivo a la carne, la sangre me detiene.

Un cobarde, un valiente, en mi interior habitan;

y un cuerdo, un loco, un elocuente, un mudo.

Si se despierta uno, abren ellos sus ojos.

Si da un paso adelante, ellos lo dan, ansiosos.

Deseoso de hablar me cortan lengua y labio.

Me separan los párpados cuando no quiero ver;

y cuando quiero oír me cierran los oídos.

Siembre hay uno dispuesto a extraviarme el sendero;

listo, presto a lanzarme al precipicio.

Llevo en medio de mí, mil hombres que me espían

esperando el momento de asomarse a mis ojos,

a mi lengua, a mis pies, también a mis oídos.

Si me duermo se agrupan, discuten y no cesan

en su diálogo oscuro, son multitud de “voces”

que sin quererlo yo se expresan por mi boca.

Yo soy, sin querer serlo, el hombre que no soy.

***

Pensamientos de un hombre bueno

Ayer pensaba el hombre bueno

en sus acciones del pasado:

Dijo en voz alta, para que el mundo oyera,

que supo ser  ajeno al robo, a la maledicencia,

a la fornicación,

a la gula y al juego.

¡Y se felicitó por ello!

En un rincón de su cerebro de hombre bueno

un Dios anciano y bondadoso

lo aplaudió.

El hombre bueno percibió en su  mirada

un  sentimiento aprobador.

 Este hombre bueno pensaba hoy, en la mañana,

en tantas tentaciones

que tuvo frente a él y no tomó:

Jamás se permitió el placer de masticar

el pan robado,

ni la satisfacción de hundir en otros,

sobre todo en los muertos,

el aguijón de la calumnia.

Sabe que abandonó  su mesa

siempre con un poco de hambre,

tal como le enseñaron.

Puede jurar que no jugó el pan de sus hijos

en un golpe de dados,

y que no acarició carne distinta

de la que el sacerdote permitió:

Desde el carril que lo llevaba

vio pasar por su lado la tentación de la anormalidad,

con inmenso terror.

Sabe, también, que su día de hoy es igual al de ayer,

y que mañana y luego, serán ayer y hoy.

Y que “las cosas buenas” de su abuelo

se repitieron  en su padre,

Y ahora en él.

Un gran remordimiento ocupa ahora la conciencia

de este hombre bueno.

Dios recula hasta un rincón de su cerebro.

Un demonio sonriente

sale  de la penumbra, con los brazos abiertos,

Y camina hacia él.