En Apaporis, el narrador que asume la búsqueda de los protagonistas de las fotos que en la lejana Washington le entrega su amigo Davis, habla en primera persona de las impresiones, emociones, inquietudes que le provoca su encuentro con esos seres maravillosos que hablan con la naturaleza en su propia lengua y bajo sus sagradas leyes.
Por: Luis Aldana Vásquez
Algo nuestro, profundo, vital, sincero… esta historia es mía… me habla a mí, siento que estas ideas como rocío de madrugada saltarán a la mente del espectador que asista a la experiencia del más reciente trabajo cinematográfico del realizador Antonio Dorado Zúñiga, Apaporis: secretos de la selva. Pocas veces tenemos la oportunidad de vivir un encuentro fílmico en el que lo relatado nos pertenezca de una manera tan visceral. El sentimiento posterior es de una súbita melancolía. La ilusión lúcida que nos entrega el documental (sí, Apaporis es un largometraje documental hecho para la gran pantalla en formato cine digital), se desvanece cuando al salir aterrizamos en la acera de la espesa realidad mostrada, frágil y vulnerable. Todo cuanto narra Dorado está al borde del olvido.
Cuenta Dorado que la fuente motivadora de esta historia está en un libro llamado One river (El río), del investigador y explorador de NatGeo, Wade Davis, en el que se le rinde homenaje y reconocimiento a otro investigador, el Dr. quien en los 40 fue comisionado por el Departamento de Estado para viajar el Amazonas y dar cuenta del potencial de la biodiversidad selvática. En el libro, Dorado tuvo un encuentro con el concepto de la etno-botánica, una forma científica de comprender la relación simbiótica de los indígenas con la naturaleza. En ese momento, explica Dorado, sintió algo particular… habitar un país que desconocía. Así las cosas el asunto de necesitar hacer algo con todo eso, se complementó con una intuición narrativa que lo llevaría al dispositivo mismo de su relato. Davis, quien además es amigo del realizador lo cual en este caso brinda una noción del tipo de Richard Evans Schultes impacto emocional que atraviesa todo el documental, le mostró unas fotografías en las que aparece el Dr. Schultes con algunos indígenas. Dorado captó entonces el aroma de su historia: viajaría a la selva a buscar si alguien reconocía a quienes aparecían en aquellas imágenes, fotos que revelaban a su vez, la compenetración del científico con las comunidades aborígenes. El grial sería encontrar vivo a alguno de los personajes.
Sobre el director
Antonio Dorado es un profesor de la Escuela de Comunicación Social y Periodismo de la Universidad del Valle, que luego de realizar estudios allí, se especializó en Prácticas Audiovisuales y tiene una maestría en Literatura Colombiana y Latinoamericana. En sus años como docente ha orientado cursos de Estética del Cine, Historia del Cine y Taller de Montaje. Sin duda, el profesor Dorado tiene el bendito gen cinema del que tanto hablo en Rayo azul. En el año de 2004 realizó El Rey, largometraje que narraba la vida de uno de los primeros capos del narcotráfico en el país, con el escenario de Cali como atmósfera irrepetible. Fernando Solórzano encarnó uno de sus mejores roles en su ya reconocida trayectoria. Dorado escribió en compañía de Fulvio González los textos y el argumento y confió en el olfato narrador de Carlos Henao para la escritura del guion. Es indudable que El Rey es una de las cintas más importantes del nuevo cine colombiano, nacido en las aguas poderosas de la Ley de Cine. No por nada compitió como Mejor Película Extranjera de Habla Hispana en los Premios Goya de 2004. El Rey le dijo al oído a Dorado: “Tú puedes narrar”.
Rodeado de un equipo técnico en el que si se mira con ojo de productor, relucen muchos dorados, Dorado se metió a la selva con la cámara de Mauricio Vidal, uno sino el mejor fotógrafo de cine que hay en Colombia y los micrófonos de César Salazar, esta no la dudo: el mejor sonidista directo que tenemos, acoplado al juicioso quehacer de Ramiro Fierro. Y armado de coraje, curiosidad y pasión se dejó sacudir por la fuerza indómita de la manigua. Remontando desde Mitú el verde colorido, su búsqueda lo fue sumergiendo en el húmedo ardor de un territorio enaltecido por la presencia de un río majestuoso: el Apaporis. No hay muchas palabras que sirvan para describir lo que este caudal de aguas es. Es preciso verlo y escucharlo. El cine nos regala esa posibilidad que la sórdida cotidianidad nos oculta. En sus trazos, el río dibuja el espacio donde habitan indígenas de distintas etnias que se resisten, de manera valiente y quizá ingenua, a la vez, a ser ‘civilizados’. Cabiyarí, Cubeo, Bará, Barasanos, Taiwanos y Tanimucas, comunidades todas que pese al escepticismo que nos pueda embargar, conservan muchos de sus mitos, tradiciones, ritos y lenguas. El legado está ahí, vivo. En el momento mismo en que el espectador vivencia la comunión de los hechos, la fuerza del sentido lo golpea aturdiendo su conciencia.
Dorado se vale no sólo de esa intuición nacida en la miranda inquieta de unas fotos de aquel tiempo remoto, sino que apela a dos mecanismos de enganche discursivo. De un lado, la voz en off (en su idioma nativo, el inglés) de Wade Davis quien abre el documental con algunas líneas de su libro sobre Schultes. El investigador aporta su punto de vista en momentos precisos y bien planeados. Del otro lado, Dorado se reserva una carta de riesgoso despliegue: su propia voz. En este punto pueden surgir disensos. Hay quienes encuentran en este narrador una cierta pesadez y falta de fuerza, en la espera de que sean los protagonistas del relato, los indígenas, quienes asuman esa vocería. Otros, me incluyo, aceptamos con agrado el sonido de esta voz conductora porque percibimos en ella algo más que la función explicativa (labor ineludible de la voz en off documental), hay en esta voz, un acto de compromiso afectivo que sólo puede consumar quien lo vive. Dorado, es el narrador, sólo él tuvo el rapto intuitivo, es él quien debe no sólo mostrarnos lo que ve sino decirnos cómo lo interpreta y siente. En muchas ocasiones he mostrado mi rechazo al uso de la voz en off en gran parte de las películas colombianas, para no ir más lejos, en la reseña que hice hace unos años de El Rey señalaba ese punto como uno de los débiles o al menos, controversiales. En muchas de las cintas de nuestro cine, la voz en off haría bien en callarse por siempre. En Apaporis, el narrador que asume la búsqueda de los protagonistas de las fotos que en la lejana Washington le entrega su amigo Davis, habla en primera persona de las impresiones, emociones, inquietudes que le provoca su encuentro con esos seres maravillosos que hablan con la naturaleza en su propia lengua y bajo sus sagradas leyes.
Narración
La estructura narrativa es simple, no hay lugar al artilugio efectista. La linealidad es útil al complejo desarrollo de las acciones. El director tiene el cuidado de no dejar ver todas sus cartas. Hace proyecciones que poco a poco consolida, dejando al espectador jugar con la expectativa. El montaje sabe destacar momentos importantes como el discurso de Roosevelt (que como pieza documental es descrestante porque es la versión original), la secuencia clímax que alude a los soldados y policías retenidos por las fuerzas insurgentes, la dilatada y ansiosa espera por encontrar testigos vivos de las fotos… y el mágico cierre, implacable.
Las imágenes que capta la cámara de Mauricio Vidal no sólo hacen justicia a la arrobadora presencia de la selva, sino que revelan el ojo aguzado del inquieto fotógrafo. Un cielo estrellado en el que susurra canciones milenarias la constelación de Orión, va descendiendo hasta tocar una cabaña donde los realizadores y los indígenas intentan aprender unos de otros. Solo el loco Vidal es capaz de estarse, quién sabe cuánto tiempo, diseñando y persiguiendo esta toma. Y cuando la logra no hay manera alguna de evadirse. El peso de su belleza enardece el alma. Y no es el único momento. La riqueza de estas imágenes se ve adecuadamente dimensionada, por la presencia de dos corrientes poderosas de sonido. El directo logrado por César Salazar que desnuda ante nuestros oídos vírgenes, las texturas acústicas de un mundo absoluto en su dominio. Y la banda sonora creada por el maestro Alejandro Ramírez, con la interpretación de la Orquesa Filarmónica de Cali y los Coros de la Universidad del Valle. El cuerpo de estas armonías abraza cálidamente la sombra del espectador y lo mece en la intensidad de sus melodías. Y por primera vez en la historia de nuestro cine sucede algo singular: la música de Apaporis fue preseleccionada en la DocuWeek para ser nominada a los Premios Oscar de la Academia como mejor banda sonora original. Esta es una pura trivia ya que en realidad es la experiencia imborrable de la música la que brinda al espectador la idea de grandiosidad y lo lleva a la valoración precisa. Sobran los óscares… abundan los sergios, andreas, lauras, felipes, johannas…
Las implicaciones ideológicas que suscita, inevitable y necesariamente, un documental como Apaporis sin duda son muchas. El tema de la propiedad de la tierra, la explotación de los bienes naturales que la selva ofrece, la amenaza de extinción de etnias enteras, los efectos del conflicto armado, el potencial de la medicina indígena, entre otros, plantean una agenda de análisis e interpretación que permita comprender lo que significaría para el país la pérdida de un patrimonio invaluable como es el del Apaporis y todo su entorno. El problema es que esa agenda ya existe sin que la atendamos como es debido; muchas valientes y valiosas personas se han encargado de decirnos, de mil maneras, que estamos desperdiciando y entregando los dones que la madre naturaleza nos tuvo en buena vibra dar. Basta citar sólo a dos de estas mentes reveladoras: Alfredo Molano Bravo y Andrés Hurtado García. Uno y otro se han pasado tres y más vidas (seres así viven muchas vidas, de tal intensidad son sus existencias) recorriendo el país hablando de lo que no anda bien. Y lo hacen desde un conocimiento de primera mano y a través de un discurso decantado en libros, ensayos y columnas de prensa. Seres de la imaginación, el ensueño y la lucidez. Así que la presencia de Antonio Dorado se suma con sigilo y respeto a esa escena de la utopía colombiana, esa que nos dice que quizá sí es posible salvarlo todo, pese a todo.
Hay una imagen en Apaporis que simboliza íntegra, la poética documental en su más profunda esencia. Por fin llegamos a los raudales, tan célebremente citados en tantos textos y relatos, la cámara de Vidal explora en diferentes planos esa huella imperecedera de un río librado a sus cascadas multicolores. Un corte más. En cuadro se ven varios niños parados sobre una enorme roca húmeda. El plano se va abriendo revelando el escenario completo: la roca no es más que una pequeña cornisa mecida al borde la espuma rabiosa de las aguas del Apaporis, la anaconda encantada. Los niños se ven ahora como un espejismo único, una idea humana que sólo es posible vislumbrar allá en los dominios del río que canta. Aunque… no puedo dejar de notarlo, mi ojo cinéfilo parpadea alocado, hay un algo que no encaja ahí en ese momento. Es una pura ironía del montaje. La música. Y no es porque no deba estar… es porque sólo está ella. No escuchamos el rugir del río. Al parecer, se intentó – de manera fallida considero – sumar los dos lenguajes: el de la imagen natural más completa del documental y el de la música coral como logro creativo. Silenciar al río, eso, Dorado, ve… no te lo perdono. Una minucia, es verdad, ante tanta solidez fílmica.






