MIRANDA/RAYOAZUL – Un misterio dentro de otro misterio

En realidad Hitchcock se debatía de manera constante, consciente o no, es difícil precisarlo, entre su sólida formación católica (provenía de una familia irlandesa fiel a esa convicción religiosa) y su retorcida visión de las relaciones humanas.

Por: Luis Aldana Vásquez

En uno de esos momentos de encuentros virtuales tan comunes hoy en día, un exalumno que se destacó siempre por tener una perfecta conciencia de la educación de la mirada, me recordó que el pasado 29 de abril se cumplieron 32 años de la muerte de uno de los verdaderos maestros del cine, Alfred Hitchcock. Me di cuenta entonces que si bien no tengo muy presentes esas fechas (Hitchcock nació el 13 de agosto de 1899), el legado del cineasta inglés me acosa de manera frecuente.

Una imágen clásica

Hace solo unos días, realizaba el balance de uno más de los listados de películas que me resultan imprescindibles, esta vez teniendo como reto mezclar filmes considerados clásicos (todos previos a los setentas) con otros contemporáneos que la generaciones jóvenes pueden reconocer más fácilmente. En el tope de la lista estaba Vértigo (1959) que durante años, tras muchos de intentar verla sin éxito hasta que en un agosto ya lejano pude por fin apreciarla en toda su magnitud plateada, he valorado como la película con la que más seriamente reconozco mi debilidad y compulsión por las imágenes en movimiento. Vértigo es la exégesis de una obsesión. En ella Hitchcock logra condensar de manera sublime tres dimensiones de la condición humana siempre presentes: el amor, la vida y la muerte.

También recordé que hace poco unos estudiantes me preguntaban sobre el verdadero sentido de lo que es un plano secuencia y me pedían les hablara de Soga (1948), la mítica cinta donde Hitchcock logró narrar una historia en un intento (por lo menos novedoso) por suspender el corte y hacer que el tiempo interno fuese coincidente. Es claro que en aquellos tiempos (incluso aun hoy en día) no era posible filmar de manera ininterrumpida; los magacines sólo podían rodar por 10 minutos. Finalmente el director comprendió que prescindir de las posibilidades que le daba el montaje, le restaba fuerza y ritmo a la narración que terminaba por ser algo teatral en términos de la expectancia. Los actores mismos se vieron constantemente sometidos a esa duda interpretativa.


Así y todo, Soga permanece como un hito en la historia del cine y se convirtió en un paradigma de los retos que implica narrar en ‘tiempo real’. Hoy en día se entiende el plano secuencia más como concepto que como técnica, en el sentido de que es posible suspender el montaje aunque en términos de la producción se hagan varias tomas separadas, que luego en la mesa de edición se conectan creando la dimensión espacio-temporal del flujo continuo. Un bello ejemplo, que recoge además la tradición del suspenso hitchcockiano está en El secreto de sus ojos, Juan José Campanella, 2010, película argentina en donde justamente se narra una acción continua de más de 5 minutos, que fue filmada con siete cortes de cámara que luego se eliminaron en la post-producción. Un magistral plano secuencia en que la sensación del tiempo expandido ante los ojos del espectador suscita una experiencia perceptual que lo atrapa de una particular manera. Esto es lo que de alguna manera buscaba Hitichcock con La Soga, que además fue su primera cinta en colores.

Hombre complejo

Alfred Hitchcock es asociado popularmente con el concepto del suspenso casi como marca registrada de sus películas, idea que si bien es aceptable no es determinante en su narrativa. En realidad Hitchcock se debatía de manera constante, consciente o no, es difícil precisarlo, entre su sólida formación católica (provenía de una familia irlandesa fiel a esa convicción religiosa) y su retorcida visión de las relaciones humanas.

El suspenso, tal como se lo contó a François Truffaut en El cine según Hitchcock, es más un recurso que un sistema narrativo como género. De hechos sus películas abarcaron diversos géneros: melodrama, drama, thriller, terror… en los cuales el meollo reside en la complejidad de las interacciones humanas atravesadas por el miedo, el deseo, la sed de venganza, la traición, el engaño, en una mezcla ácida y volátil que sacude la conciencia del espectador quien por un espacio de tiempo se concede gozar con el sufrimiento ajeno, en una estrategia fallida de escapar de sí mismo.

Es en esa reclusión inconsciente donde las películas de Hitchcock consolidan su efecto emocional y su durabilidad a pesar del paso del tiempo.

Los pájaros, una película que se alimenta de los miedos más profundos

Con todo es importante señalar algo respecto al suspenso, puesto que ha sido un recurso perseguido por muchos cineastas, y en muchos casos acertadamente alcanzado, en especial por directores que se confiesan admiradores de Hitchcock. En su divertida y reveladora conversación con Truffaut, Hitchcock le cuenta cómo es que concibe el suspenso. El ejemplo es sencillo. Una pareja conversa en una cafetería. Minutos antes se nos ha mostrado que alguien ha colocado una bomba –con un reloj de disparo– bajo la mesa donde se sientan.

Desde el momento en que los personajes se sientan a charlar, el espectador empieza a sentir ansiedad porque sabe algo que ellos no saben: si no se van ya mismo… morirán. El secreto del suspenso reside en cómo llevar al espectador al estado en el cual su tensión se haga casi insostenible hasta que algo sucede. El hombre toma una decisión agarra a la mujer y salen corriendo. Quizá vio a alguien o recordó algo. No importa. El espectador se siente liberado. Eso es suspenso. Lo contrario sería si vemos a la misma pareja conversando y de improviso explota una bomba. El espectador no está ansioso sino sorprendido. Esperar con ansiedad, eso es suspenso. Es por supuesto una de las medidas a tomar. A veces el espectador ignora los eventos tanto como los personajes, pero la narración lo pone en posición de esperar que algo suceda sin poder hacer nada ni saber nada… esa impotencia enardece su disfrute.

Juegos de cineasta

Dentro de la extensa filmografía de Alfred Hitchcock – realizó 52 películas, 9 de ellas silentes – es posible también encontrar dos mecanismos particulares de su presencia. Uno como auténtico truco narrativo y el otro como juego de seducción con el espectador. Se trata de los célebres MacGuffin y Cameos. En el primer caso, Hitchcock cada tanto incorpora al relato un asunto del cual nunca se revela ni su autenticidad, ni sentido, ni contenido, apenas se coloca al interior de la trama como un imán hacia el cual se dirigen todas las fuerzas en tensión. En Con la muerte en los talones (1958), Cary Grant es al parecer el depositario de un secreto militar, lo cual lo convierte en objeto de una despiadada persecución que tiene su momento culminante en las figuras presidenciales esculpidas en el Monte Rushmore. Ese secreto del cual nunca se conoce su sentido es el gancho dramático que encauza todas las acciones. En el cine contemporáneo, un recordado MacGuffin se encuentra en el maletín de Pulp Fiction, Quentin Tarantino, 1994, que con su dorado resplandor suscita muerte y venganza sin que se sepa jamás qué contiene. Tarantino comentaba, irónico, que era el guión.

En cuanto a los cameos, apariciones breves en pantalla, empezaron como un guiño de complicidad con sus seguidores y se convirtieron con los años en un auténtico dolor de cabeza para Hitchcock, al punto de que en sus últimas cintas los ponía al comienzo para que los espectadores no se distrayesen de la trama por estar buscándolo. Sin duda uno de los más originales está en su película Naúfragos (1944) en la que toda la acción transcurre en un bote salvavidas. Allí el astuto inglés debió ingeniárselas para aparecer en un aviso publicitario de pastillas para la obesidad en un periódico.

Un rostro adusto que escondía a un director juguetón

Estos mecanismos por supuesto no pasan de ser divertidas anécdotas, sin embargo revelan dos detalles significativos: Hitchcock siempre fue consciente del carácter emocional del cine como entretenimiento y de su valía como director famoso, una verdadera estrella en el firmamento efímero de Hollywood. Hitchcock tenía muy claro que la magia del cine no estaba en la relación director – película sino en la de director – película – público. Por ese peso en la escena de la industria muchos de los más grandes actores de su tiempo se dieron el lujo de trabajar con él: Cary Grant, James Stewart, Gregory Peck, Alan Perkins, Paul Newman. También se rodeó de las más glamorosas y bellas actrices con las cuales siempre sostuvo tormentosas relaciones de amor-odio: Joan Fontaine, Ingrid Bergman, Grace Kelly, Kim Novak, Eve Marie Saint… la lista es realmente abrumadora y extensa.

El cine tiene una gran deuda con el maestro inglés que descifró las claves del mecanismo de relojería que vive al interior de una narración. Muchos directores lo admiran, como Alejandro Amenábar, quien hizo Tesis (1994) como un ejercicio hitchcockiano de trepidante fuerza y vitalidad. El ahora famoso Michel Hazanavicious, creador de El artista (2012), confeso devoto que cada tanto le rinde homenaje a su mentor, como cuando emplea el famoso tema de amor de Vértigo en su laureada cinta silente. Steven Spielberg, Martin Scorsese, François Truffaut y toda la tropa de la Nueva Ola Francesa que, pese a instaurar una propuesta en contra del sistema de estudio, siempre supo ver en Hitchcock al cineasta más allá del esquema comercial, son algunos de los que se han visto ‘obligados’ a incluir estrategias heredadas del cine de Hitchcock para narrar sus historias. En nuestro cine nacional no se puede ignorar el bello homenaje que le hace Luis Ospina a Psicosis (1960) en su Soplo de vida (1999), una joya del cine negro latinoamericano.

A los espectadores de hoy les queda una deliciosa oportunidad de encontrarse con este singular personaje que se divertía casi sádicamente con su oficio, a través de la experiencia del video, puesto que muchas de sus películas se encuentran en el comercio. Tener un Hitchcock no es algo complicado como hace unos años. Una recomendación especial sería hacerse al Ciclo Hitchcock, la serie de cinco películas remasterizadas conformada por El hombre que sabía demasiado (remake del mismo director sobre una versión previa hecha en Inglaterra), El problema con Harry, La ventana indiscreta, Vértigo y Psicosis. Con ese manjar de miranda exquisita… al que pida más… que lo estrangulen con una cuerda de amarrar libros, lo tiren a un precipicio, lo picoteen diez mil pajarracos furiosos, lo arrojen por la ventana, lo echen a los tiburones… y si aún así se queja: no lo vuelvan a invitar a ver una peli.