MITOS Y LEYENDAS, LA VOZ DEL PATRIMONIO INMATERIAL DE COLOMBIA

Los mitos y leyendas han estado presentes en las zonas rurales y urbanas de Colombia. Una mirada completa, en la opinión de expertos, a este tema.

 

Por / Felipe Osorio Vergara

¡Qué bien nos quedaban! ¡Cuán luengos nos caían los mechones! Convinimos, no obstante, que, más que a brujos, nos parecíamos al “Grande Hojarasquín del Monte”.

Tomás Carrasquilla en Simón el mago.

 

 

Desde el Verbo Divino que dio origen a la creación en el Génesis bíblico, hasta la célebre máxima “lo que no se nombra no existe”, del filósofo George Steiner, la palabra ha sido el alma de la cultura.

Las narrativas orales han acompañado a los distintos grupos humanos y han sido punto de partida para su cosmogonía, la mitología y el sistema de valores. En los mitos, los pueblos encontraron la manera de explicar el mundo que los rodeaba y su origen, a la vez que, en las leyendas, han nombrado aquellas fuerzas sobrenaturales y fenómenos a los cuales temer y que sirven como relatos colectivos para fijar las fronteras de la conducta e identidad.

En el caso de Colombia, los mitos y leyendas que hoy se cuentan a la luz de una fogata entre amigos, que narran los abuelos a sus nietos o que se representan con disfraces multicolores en festivales y carnavales, no tienen un único origen. Obedecen al crisol triétnico que comenzó después del encuentro entre dos mundos, en 1492. Sin embargo, su influencia amerindia y el componente moralizante de estos relatos son muy marcados.

Muchas de las leyendas colombianas pueden clasificarse en dos grandes grupos:

Leyendas con enfoque social: son de corte moralizante y buscan que las personas no trasgredan las normas sociales. Por ejemplo, se asocia a las brujas con mortificar a los maridos infieles, mientras que se dice que El Sombrerón se aparece a los borrachos, trasnochadores o a los jóvenes que van por ‘mal camino’.

Leyendas de seres relativos a la naturaleza: narran sobre aquellas criaturas del folclor popular cuya aparición se debe a ataques contra la madre naturaleza. Por ejemplo, La Madremonte como protectora de los bosques y la fauna, y enemiga de los aserradores y los cazadores. Estas leyendas son arraigadas en la región andina de herencia antioqueña, como los departamentos de Antioquia y el Viejo Caldas (Caldas, Risaralda, Quindío y norte del Valle del Cauca), y puede rastrearse en su pasado colonizador.

Antioquia: la naturaleza, los relatos amerindios y el choque con el colonizador

Gran parte de los mitos y leyendas asociados a la naturaleza tienen como punto de partida los relatos orales amerindios. “Hay que entender que esas historias tienen una raíz indígena muy fuerte. Aunque es probable que en Antioquia estén mezcladas con otras tradiciones orales producto del mestizaje y la conquista europea, son historias que tenían los pueblos indígenas que estaban asentados allí y que heredaron sus descendientes campesinos mestizos”, explicó Sandra María Turbay, antropóloga de la Universidad de Antioquia y doctora en Ciencias Sociales de la Escuela de Estudios Superiores, en París, Francia.

Otro elemento a tener en cuenta es que en la concepción de muchos grupos indígenas el mal estaba ligado al agua y no al fuego, como en la tradición europea cristiana.

“En las culturas indígenas hay seres ambivalentes: son positivos y a la vez negativos, hacen el bien, pero también pueden ser peligrosos. Para ellos, los seres temidos estaban asociados al agua”, agregó la antropóloga Turbay. Por ejemplo, la leyenda de El Hojarasquín del Monte representa la herencia indígena. Esta criatura puede ser mala y espantar a aquellos que atacan el bosque (taladores y cazadores), y buena con los que le guardan respeto a la naturaleza, pues se cree que guía a las personas extraviadas para que salgan de la selva.

Es por esto que, en el imaginario popular, gran parte de los seres míticos aparecen en zonas cercanas al agua, como El Mohán, La Llorona o La Madre de agua. En el caso de Urabá, por ejemplo, pese a que los colonos andinos antioqueños han tumbado el monte y no creen en las deidades indígenas, sí temen que existan seres sobrenaturales protectores del bosque que los puedan castigar por talar, principalmente, alrededor de los nacimientos de los ríos.

“Esas creencias, mitos, leyendas, sirven positivamente a la protección de los animales porque impide que los indígenas o los campesinos se metan a esas zonas a aserrar madera, tumbar los árboles o cazar indiscriminadamente”, contó la antropóloga.

La dominación de la naturaleza ha hecho parte del pensamiento paisa desde los tiempos de la Colonización antioqueña al sur (finales del siglo XIX y principios del XX), hasta las últimas oleadas colonizadoras a Urabá y el Bajo Cauca en la segunda mitad del siglo XX. Incluso, la primera acción de los colonos siempre ha sido descuajar el monte y preparar el terreno para sembrar o convertirlo en zonas de pastoreo para el ganado.

Sin embargo, el temor al monte como lugar desconocido y no intervenido sigue latente en las narraciones rurales de las regiones paisas. “En las tradiciones orales y campesinas de la Antioquia de montaña se expresa mucho la dualidad de la naturaleza. Por un lado, la doméstica: la parcela, el cultivo, la huerta alrededor de la casa. Pero sigue estando presente el poder de la naturaleza no tocada: las selvas y los seres de las leyendas”, explicó Jaime Andrés Peralta, doctor en Historia de América Latina de la Universidad Pablo de Olavide, en Sevilla, España.

La figura de El Patetarro, por ejemplo, es un ser en el que se tocan ambos mundos: el doméstico y el virgen. Esta criatura, según cuentan, baja del monte y con su pata de tarro contamina los cultivos, pues en el balde de guadua que tiene por pie carga una sustancia maloliente y tóxica que arrasa las cosechas.

Ilustración / Stefan Keller en Pixabay

De la leyenda rural a la urbana 

En poco más de ochenta años, la población del país se ha sextuplicado, al pasar de ocho millones setecientos mil, según el Censo de 1938, a casi cincuenta millones cuatrocientos mil habitantes de acuerdo con la proyección para 2020 del Dane. Además, se ha generado un fenómeno de migración del campo a la ciudad. En 1938, el 71% de la población colombiana vivía en el campo, mientras que solo el 29% habitaba en las cabeceras. Hoy día, la tendencia se ha invertido, pues la población rural es del 24%, frente al 76% de colombianos que habita en las áreas urbanas.

La urbanización y el entorno intervenido propio de las ciudades y áreas urbanas generan la pérdida de los mitos y leyendas relativos a la naturaleza.

“La llegada de la luz eléctrica es clave para que vayan desapareciendo esas historias, porque están asociadas al miedo que la gente tiene a unos lugares recónditos, inaccesibles, cubiertos de bosque; pero cuando no hay bosque y todo está iluminado, la gente ya no le da miedo. En las ciudades ni siquiera se piensa en eso. Esas ideas existen en pueblos que están estrechamente ligados a la naturaleza”, afirmó Turbay. Idea semejante sostuvo José Fernando Botero, técnico operativo en Cultura y Patrimonio, al señalar que “tras la tala indiscriminada de bosques para cultivos y potreros, las nuevas generaciones urbanas han conocido estas leyendas solo por la tradición de padres y abuelos”.

Cabe resaltar que una de las ventajas de las narrativas populares es que se sustentan en la flexibilidad de la oralidad. Así, cada individuo o generación de hablantes puede agregar, modificar y actualizar detalles de los relatos, siempre y cuando sigan anclados a los códigos culturales comunes. Por eso puede hablarse de una adaptación del mito y la leyenda a los tiempos.

“Por ejemplo, puede haber mitos o leyendas indígenas que involucren un avión, un cohete o una escopeta, y eso no los hace menos auténticos ni menos válidos; porque el mito se va adaptando, esa es su riqueza. Si fuera anacrónico o desconectado de la realidad actual, nadie lo volvería a contar”, narró la antropóloga Turbay.

Por citar un par de casos, en las cabeceras de los municipios alejados de la ciudad, aún se cuentan relatos orales sobre seres míticos que se aparecen en las calles, parques o áreas urbanas de los pueblos. Es el caso de La Mula de tres patas o El Sombrerón, mientras que, en las casas pueblerinas, son los duendes y las brujas los que perturban la tranquilidad de sus moradores.

Si bien La Patasola, por ejemplo, no estará en los relatos de habitantes urbanos de Medellín, otras narrativas orales acerca de seres sobrenaturales sí están unidas a la cultura de la ciudad. Como la pasajera fantasma que deja abandonada una chaqueta en un vehículo y cuando la buscan en su lugar de destino para devolvérsela resulta que murió hace años, que se cuenta entre el gremio de los taxistas, o las supuestas apariciones del diablo en un par de discotecas del Aburrá hace unos años, historia que se repitió incluso en Pereira.

 

Importancia de las narraciones orales populares

Ilustración / Daniela Ríos

Los mitos y leyendas hacen parte de la identidad de los pueblos. Fueron las primeras manifestaciones culturales con las que se dio una visión al mundo y con las que se moralizó, de una manera didáctica y pedagógica, a los descendientes, pues se han trasmitido de generación en generación.

“Si se desconocen nuestras leyendas o mitos, prácticamente se va debilitando la escala de valores y aquello que nos hace reconocernos como integrantes de una sociedad. Es muy importante contar con estas narraciones de tradición oral porque es la manera de tener información sobre nuestra caracterización cultural, que nos ayuda a generar identidad”, contó Carlos León Gaviria, historiador de la Universidad de Antioquia. Opinión parecida tiene Juan David Sepúlveda, antropólogo de la Universidad de Antioquia, pues “la salvaguarda de los mitos y leyendas es fundamental en la medida que son elementos de identidad cultural debido a que están inmersos en los sistemas simbólicos y de creencias de las comunidades”.

El trío escritura, tecnología y otras manifestaciones culturales son las estrategias para no perder estos relatos orales:

 

  • Escritura: Desde lo escrito se han adelantado varios libros que tuvieron por objeto los mitos y leyendas colombianos. Sobre esto, se destaca el historiador y folclorólogo, Javier Ocampo, uno de los académicos que más se ha interesado por el tema, pero también profesionales que desde la antropología y la historia cultural han llevado al mundo académico las tradiciones populares de Colombia. Otros casos igualmente valiosos se encuentran en la literatura colombiana, principalmente en la costumbrista, en donde autores como el antioqueño Tomás Carrasquilla hizo mención de esos seres. Desde la escuela, también se conserva este legado cultural cuando se incluye en los planes lectores de los niños y jóvenes tales narrativas.

 

  • Tecnología: La Internet y las nuevas tecnologías, por su parte, son herramientas que permiten trasmitir y recrear estos mitos y leyendas gracias a la variedad de lenguajes y formatos que se ajustan a todo tipo de público. Además, permiten la creación de repositorios que almacenen las grabaciones de los relatos orales de los mayores, para que, cuando estos mueran, se conserven en la memoria colectiva.

 

  • Otras manifestaciones culturales: En la música popular, guasca y parrandera de Antioquia y el Eje Cafetero hay mención de mitos y leyendas, como el caso del ‘Duende alegre’, canción compuesta por el difunto cantante antioqueño Octavio Mesa. En los desfiles, carnavales y festividades también es común que se representen estos seres míticos como elementos de la identidad. Por ejemplo, en los Desfiles de Mitos y Leyendas de Medellín, Rionegro o El Retiro. En la escultura, también se han representado estas criaturas sobrenaturales, como el Bosque de Mitos y Leyendas del Parque del Café en Quindío, o en el recorrido del Tren Mítico del Parque Norte, en Medellín.

Desconocer o condenar al olvido estos mitos y leyendas lleva a una desconexión con el pasado y el territorio, pues fueron las visiones y representaciones primigenias que los ancestros tuvieron sobre la naturaleza, el mundo y la conducta. Por esto, las narraciones orales populares se deben seguir contando, investigando, representando y conservando, porque, más que un tesoro sustentado en un pasado lejano, mítico y rural, son parte del patrimonio cultural inmaterial del pueblo colombiano.

 

Para saber más

Los mitos y leyendas del Gran Caldas hacen parte de las manifestaciones culturales que fueron tenidas en cuenta para la declaración del Paisaje Cultural Cafetero (PCC) como Patrimonio de la Humanidad por la Unesco en 2011.

En el documento presentado a la Unesco por parte del Ministerio de Cultura de Colombia y la Federación Nacional de Cafeteros, los mitos y leyendas figuran, junto con otras 11 manifestaciones, como los elementos más representativos de la cultura cafetera.

Cabe resaltar que, en el Documento Conpes 3803 de 2014, que trata sobre las políticas de preservación del PCC, también fueron incluidos los mitos y leyendas de la región. Algunos de ellos son: La Madremonte, La Patasola, El Hojarasquín del Monte, El Mohán y El Putas de Aguadas.

@Felosove