Cuando la literatura es capaz de trascender y hallarnos en las cosas más mínimas, tanto el autor como su obra han logrado el mayor de los éxitos. Creo firmemente en la vida después de un relato, en la capacidad que cada personaje tiene para transgredir y acariciarnos el alma.

Por Margarita Rojas Torres
Quiso alguna vez el escritor español Miguel de Unamuno relatar una gran historia partiendo de un concepto que preocupó a filósofos como Descartes, Husserl y Heidegger: la existencia.
Y entre todo su bagaje y estudio, se encuentra Niebla, una nivola tragicómica que se sitúa en 1914 en una España de transición, antes de la República, de la Guerra civil y durante el estallido de la Primera Guerra Mundial (o Gran Guerra, como la llamaron en su momento). Sin embargo, esto no le impidió a la obra acoplarse al lugar donde los sueños comenzaban a florecer.

Mientras que el cine creaba nuevas rutas artísticas en este país europeo y el progreso iba de la mano con la cultura, filósofos como Unamuno no cesaron de exponer sus dictámenes y discrepancias frente a la guerra, los germanófilos y los aliadófilos.
Unamuno es el mejor prototipo del pensamiento filosófico-moral que alienta a los afectados escritores de la Generación del 98, convirtiéndose en el vocero de una España que pedía a gritos un cambio. Y realmente no encontró mejor manera que mostrarle al mundo hispano una cuestión bastante compleja, cargada de preguntas, líos y emociones.
Miguel de Unamuno le presentó a la literatura un estilo sobrio, pero atrayente, mediante el cual podía expresar la profunda vida espiritual que poseía. Toda su obra se encuentra enlazada con aspectos filosóficos: preocupación, angustia, miedo y crisis, y a pesar de que el existencialismo no fuera una escuela como tal, perteneció e hizo mucho hincapié en esta corriente.
A su vez, este nivolista coincide en ideas con diferentes personajes, tales como Jean Paul Sartre y Søren Kierkegaard, los cuales planteaban conceptos similares de existencialismo. Por ejemplo, Sartre lo define como “una doctrina que hace posible la vida humana y que, por otra parte, declara que toda verdad y toda acción implican un medio y una subjetividad humana”. Es decir, existencialista no es aquel que perdura en el escepticismo y cuestiona absolutamente todo a su alrededor, sino aquel ente capaz de crear vida, perfeccionarse y explicarse.
El verdadero juego del existencialismo radica en la reflexión y la contemplación de la nada y del todo, la real aceptación del ser y el diálogo transparente con el universo, la naturaleza y conmigo mismo. Niebla propone algo similar. Su historia manifiesta una problemática ontológica completamente común. Augusto Pérez, su protagonista, enfrenta una serie de situaciones que lo hacen cuestionarse y reflexionar. Amor, duda, esperanza, desolación, soledad y euforia son, quizás, algunos de los términos básicos de esta nivola que no prescinde de los demás personajes. Y aunque sea una verdad de Perogrullo, su mismo autor también lo es.

Consciente de ello, Unamuno muestra diferentes facetas del amor, dando a entender que para comprender la complicada vida de Augusto Pérez es menester hacer una retrospección y detenerse, no solo en sus pasiones sino en sus amigos, familiares y todas aquellas personas que lo influenciaron.
En el principio tenemos al mismísimo Augusto quien, en su monotonía, pasea por las calles de una ciudad española. Es un día tranquilo y normal hasta que una mujer se cruza por su camino. Cualquiera diría que es un encuentro casual y pasajero, donde nada extraordinario puede suceder. Pero para el joven no es así, esa mujer representará de ahora en adelante un gran dilema, que no solo despertará un vago sentimiento de gusto, sino una pasión desmedida, como lo deben ser las verdaderas pasiones.

La leyenda nivolesca
Este relato continúa con Eugenia Domingo del Arco, la chica de la cual Augusto se enamora. Una mujer fuerte, independiente, obstinada y con el suficiente carácter para decidir qué es lo que le gusta y qué es lo que no. Al principio, Eugenia se muestra algo sumisa y simple, pero con el tiempo su personalidad se revela tal y como es, y su belleza, que no es del todo física, sale a relucir. Él encuentra en ella algo fundamental y contundente: pasión. Su deseo se despierta cual tigre en busca de una presa.
La persigue, la pregunta e inclusive, profana su hogar. Y las súplicas no bastan, Eugenia no quiere nada con él. He aquí uno de los primeros problemas de esta nivola: el rechazo y los impulsos. Ante el desprecio, nuestro personaje principal se ahoga y desespera, realmente no encuentra una razón de ser. Finalmente, decide recoger un perro abandonado y llamarlo Orfeo. Este pequeño animal será su confidente durante mucho tiempo como, a su vez, la misma conciencia. Asimismo conoce a Rosario, una joven de 19 años que trabaja como planchadora y suplirá, casi de manera débil, todas las necesidades de Augusto Pérez. Exhibiendo una vez más el egoísmo humano por alcanzar la satisfacción y el placer. Sartre dijo alguna vez que
(…) El existencialista tampoco pensará que el hombre puede encontrar socorro en un signo dado sobre la tierra que lo oriente; porque piensa que el hombre descifra por sí mismo el signo como prefiere (…)
Es por esto que cada acción que él realiza, la encamina hacia una pregunta, una constante duda que no erradicará aquel inconveniente shakesperiano.
Augusto no se da por vencido y persevera en lo que quiere. Comprende ciertas cosas en sus charlas con su amigo Víctor y con él mismo y sigue en la búsqueda de una respuesta. Inclusive, trata de interpretar los signos de su pasado y presente. En ese momento entra en una dualidad que no solo lo afecta a él sino a Eugenia: la influencia de la familia.
Si bien, en el transcurso de la narración, se presenta un fuerte deseo por parte de las familias de ambos personajes para que comiencen su vida marital, a pesar del montón de testimonios que se han dado en contra de esta en el relato. En el caso de Augusto, su difunta madre ejerce cierto tipo de poder dentro de la psique de él para que consiga una buena muchacha y se case. Este dilema lo envuelve en una búsqueda inconsciente y perdida, ya que no le importará con quién se enrolle sino cumplir con el último anhelo de su matriarca. Por otro lado, Eugenia presencia lo mismo con sus tíos, donde los intereses de ambos chocan y protagonizan una lucha.
En este orden de ideas, Eugenia cede frente a todas las peticiones de Augusto, ignorando por completo sus sentimientos. En ese instante ambos se sumergen, nuevamente, en una disputa existencial: ¿Realmente era lo que deseaban? Eugenia es un mar de contradicciones desde el momento en el que dijo que no le gustaba la música, a pesar que dictaba clases de piano. A su vez, el hecho de aceptar el pago de la hipoteca aun cuando no quería y se negaba a toda costa. Y finalmente, comprometerse con Augusto cuando tenía a su novio: Mauricio.
Estas incoherencias, sumadas a sus dudas, llevan al protagonista al borde del colapso.

Un giro con sorpresa
En este contexto, la obra se torna en algo que Ricoeur llama “Del relato a la vida”. Ocurre algo fantástico, que rompe el esquema de la narración y la intriga… La niebla finalmente se disipa. Augusto sale del libro. Quizás suene ficticio, quizás en la razón no exista la oportunidad de que los personajes de un libro creen una historia completamente independiente a la que ya viven y entablen una conversación con su mismo creador… Así como Augusto Pérez lo hizo con Miguel de Unamuno. Efectivamente, soy consciente de cómo maneja la crítica el asunto del aspecto interior y exterior de un texto, ¿pero es realmente ajeno aquello que Unamuno y Pérez vivieron?
Me permito decir que no es nada diferente a la relación que el ser humano establece con Dios, si de realidad estamos hablando. Aquí es donde la religión pasa a un segundo plano, puesto que las categorías sobran y lo único que importa es entender la creación. Dostoievsky escribe: Si Dios no existiera, todo estaría permitido. Este es el punto de partida del existencialismo.
En efecto, todo está permitido si Dios no existe y, en consecuencia, el hombre está abandonado, porque no encuentra ni en sí ni fuera de sí una posibilidad de aferrarse (…) Si, por otra parte, Dios no existe, no encontramos frente a nosotros valores u órdenes que legitimen nuestra conducta. (…) Estamos solos, sin excusas. Es lo que expresaré diciendo que el hombre está condenado a ser libre. Condenado, porque no se ha creado a sí mismo, y sin embargo, por otro lado, libre, porque una vez arrojado al mundo es responsable de todo lo que hace.
Dicho de otro modo, Ricoeur nos presenta esa posibilidad que, en lo personal, rebasa lo cierto. Cuando la literatura es capaz de trascender y hallarnos en las cosas más mínimas, tanto el autor como su obra han logrado el mayor de los éxitos. Creo firmemente en la vida después de un relato, en la capacidad que cada personaje tiene para transgredir y acariciarnos el alma.
Puede que suene imposible y absurdo, pero no estamos exentos de la no existencia, de la incredulidad y la metaficción. Cada fibra de nuestro cuerpo es literatura, cada poro respira la belleza y la putrefacción, así como cada célula siente la mordaz influencia de las letras. Niebla nos propone este increíble viaje, así como en su tiempo Cervantes lo hizo con Don Quijote. Tanto el acto del libro como el del existencialismo es proveerle a la humanidad las herramientas suficientes para el autoconocimiento y el descubrimiento del mundo, asimismo, para la reflexión y el sentido.
Precisamente esta fue la forma en la que Miguel de Unamuno le proveyó al mundo un inmenso banco de preguntas partiendo de una temática sencilla. Sin embargo, esto no quiere decir que la vida deba ser llevada de ese modo, que deba seguir ciertos parámetros y reglas para alcanzar la autorrealización. Definitivamente esto no fue lo que pensaron ni Unamuno, ni Ricoeur, ni Sartre, ni Kierkegaard al momento de escribir sus ejemplares… La clave de la existencia pulula en la dualidad razón-sentido, en el equilibrio y en el completo desvanecimiento de la niebla.


