MUCHAS HISTORIAS DE ESPANTOS EN UNA SOLA CLÍNICA

Rumores e historias se escuchan con frecuencia entre el personal médico, pacientes y acompañantes que ingresan la Clínica San Juan de Dios de La Ceja, Antioquia, y deben pasar una o varias noches en este lugar. A continuación, dos relatos sobre lo que pasa en su interior.

 


Por / Emmanuel Zapata Bedoya

Su piel se consume por la enfermedad; el hijo mayor de la muerte roe su cuerpo por partes. Será alejado de la seguridad de la carpa donde habita y obligado a marchar al encuentro del rey de los terrores.

Job 18:13-15

En este pueblo de 133 km2, las campesinas y los abuelos rumoran que en la clínica San Juan de Dios “sacaban el diablo y dejaban el espíritu limpio”, así como cuenta Rosita Bedoya, habitante del municipio. Pero esto no es todo, pues según Javier Rodríguez, cejeño de 83 años y dueño de una casa ubicada cerca al centro médico, cuando se reunían las monjas o hermanas del Convento Carmelo y la Orden Hospitalaria, “se podían ver unas lucecitas, por las noches, con formas de cuerpo. Mi mujer decía que eran ánimas de los enfermos que allá morían y que las monjitas las sacaban a caminar”, contó.

La Ceja, en el Oriente antioqueño, posee aproximadamente 70 mil habitantes y una sola clínica, centro médico que abrió sus puertas el 8 de marzo de 1963. Allí, en principio, laboraban monjas y hermanos de la comunidad religiosa Orden Hospitalaria San Juan de Dios. Sus pacientes, inicialmente, eran personas con problemas psiquiátricos que, para ser tratados, eran internados en dicho lugar. Sin embargo, con el pasar del tiempo, el centro de salud fue creciendo e incluyó servicios en cirugía, urgencias y atención general a la comunidad.

Rumores e historias como las anteriores se escuchan con frecuencia entre el personal médico, pacientes y acompañantes que ingresan al centro médico y deben pasar una o varias noches en este lugar. A continuación, algunos relatos sobre la clínica San Juan de Dios y lo que pasa en su interior.

 

El hábito negro

“Dicen que las hay de hábitos negros y de hábitos grises. Que las primeras dan fuerza y las segundas dan miedo. Que las unas alivian y las otras terminan de matar al paciente. Para mi fortuna la vi de negro”, contó don Gerardo Marulanda, acompañante de una paciente que se encontraba en el pabellón de Hospitalización Beatos, de la clínica San Juan de Dios.

Pasillo que da al bloque de Hospitalización Beatos. Foto / Gerardo Marulanda

Él entró por urgencias con su esposa María Rivera, la cual tenía fuertes dolores de estómago. Gerardo la sentó en una de las sillas de la sala de espera y fue directamente donde la joven que se encontraba haciendo el registro e ingreso de los pacientes. Entregó la cédula de María y dijo a media voz: “Nueva EPS”.

Volvió donde su esposa. Se sentó y la abrazó. Ambos, mirando hacia el frente, rezaron. Él, porque estaba asustado y no sabía qué tenía María. Ella, solo pensaba en su dolor y oraba para que se le quitara. Después de pasados 30 minutos, una doctora dijo: “María Rivera, ¿está María Rivera en la sala?”. Ayudando a parar, Gerardo la tomó de un brazo y se la llevó con dificultad.

Al interior de urgencias, y luego de describir lo que sentía, chuzaron a María en tres ocasiones, una en el brazo derecho y dos en el izquierdo. Los médicos se alarmaron porque posiblemente tenía apendicitis y se debía operar de urgencia. Se le realizaron algunos exámenes finales y se habilitó el quirófano.

Esa noche, Gerardo llamó a sus familiares a contarles lo que sucedía con su esposa y a pedirle a uno de sus hijos que le llevara algunas prendas y cobijas para pasar la noche allí. Después de la cirugía, María estuvo cinco horas en una sala completamente sola, en donde solo ingresaban enfermeros y médicos a suministrar calmantes y realizar uno que otro tratamiento.

“Ese día entró una hermana, una monja que me inyectó un calmante. Me pareció extraño porque yo no me estaba quejando del dolor, pero sí iba a llamar al enfermero para que me dijera cómo seguía. A fin de cuentas sí le pedí al muchacho que viniera y él me preguntó sobre la droga que me habían suministrado y yo le dije que había sido la hermana. Él abrió los ojos y actuó como si nada”, recordó María.

Al día siguiente, a Gerardo y a su esposa los ubicaron en la habitación 228 del sector Hospitalización Beatos, donde alguien debía estar todo el tiempo con María por si sentía alguna incomodidad o notaba algo raro en la sutura. Los tres hijos de la pareja le insistieron a su papá para que fuera a dormir en el día y pasara la noche cuidando a María, y así fue. Al llegar a la habitación, se encontró a su esposa dormida y trató de sentarse en el sofá-cama sin hacer ruido. “Yo llegué a las 6:15 de la tarde porque mi hijo mayor me estaba explicando las recomendaciones que le había dejado el cirujano”, explicó Gerardo.

La noche pasó tranquila. El televisor estaba prendido con volumen muy bajo y María dormía. La ronda de los enfermeros empezaba a las 2:00 de la madrugada, pero la habitación que les asignaron a ellos se encontraba al finalizar el pasillo, por lo que serían los últimos en recibir a los auxiliares.

Era la 1:25 de la mañana cuando Gerardo, medio dormido y con la luz apagada, logró ver una sombra debajo de la puerta que daba al corredor. “Es un enfermero o una de las niñas que le aplica los calmantes a mi esposa, pensé yo”, dijo Gerardo, a lo que continuó, “entró una monja que caminaba muy lento. No le vi el rostro porque tenía hábito negro y todo estaba oscuro. Se encerró en el baño dos minutos y salió. No me miró y tampoco vio a María, pero sí se quedó parada un ratico en la puerta antes de salir. Yo le dije que si necesitaba algo y se fue”, finalizó Gerardo.

A los 15 minutos llegó un enfermero preguntando el motivo por el cual habían tocado el timbre, a lo que Gerardo, asustado dijo: “qué pena, joven, ninguno de nosotros ha tocado timbre. Es más, no sabemos dónde está”. Intranquilo y sin contarle a María lo que le pasó esa noche, se acostó y esperó a que amaneciera.

A la semana siguiente, Gerardo terminaba de comer su almuerzo cuando tocó a la puerta el médico que hacía la ronda y seguía la recuperación de María y le dijo que se preparara para hacer el papeleo de salida, pues le darían de alta ese mismo día. Él y su esposa se alegraron y  organizaron los documentos en el orden que el doctor les dijo.

Al llevar la cédula y demás registros legales que solicitaban, Gerardo le preguntó a la chica encargada de este proceso sobre la monja del primer día, a lo que ella le contó la historia de su aparición. El susto fue enorme con lo que le dijo:

“Dicen que las hay de hábitos negros y de hábitos grises. Que las primeras dan fuerza y las segundas dan miedo. Que las unas alivian y las otras terminan de matar al paciente. Al menos a usted le tocó la de negro”, concluyó la enfermera.

 

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Una noche espectral

“La noche genera dudas, la oscuridad siembra temores”
John Katzenbach

“Yo le pregunté a Sebas el porqué la habitación 4 tenía nombre si allí no había nadie y él me dijo que ese paciente murió la noche anterior”, relató Juan Manuel Díaz, auxiliar en enfermería de la clínica San Juan de Dios, del municipio de La Ceja.

 

Eran casi las 4:00 de la mañana cuando Juan Manuel salió a darle ronda a los pacientes psiquiátricos. “Nosotros debemos estar seguros de que ellos sí estén respirando. Desde las cámaras no tenemos posibilidad de notar eso, entonces nos toca ir a darles vuelta”, dijo Díaz.

Sin afanes y con las llaves de cada una de las habitaciones, empezó Juan Manuel su ronda. Esta era su primera noche en el bloque de psiquiatría, por lo que decidió irse solo por el tramo derecho, mientras que sus otros tres compañeros revisaban el lado izquierdo, el cual tenía más internos. “Ese día todas las cámaras registraban que ningún  paciente estaba despierto. Eso era bueno, porque no necesitaría usar la fuerza o inyectarles cinco y cinco, medicamento que regula el comportamiento de los internos agresivos”, contaba Díaz.

Al llegar al final del pasillo, se dio cuenta que algunas lámparas no funcionaban, lo que  le dificultó meter las llaves en varias cerraduras. La primera persona a la que revisó respiraba sin problemas. La segunda y la tercera estaban iguales. Sin novedades, pensó.

Al llegar a la cuarta habitación, paró. Sintió frío y no supo identificar el por qué.

“Cuando me paré ahí, sentí un vientecito maluco. Abrí la puerta y vi que no había nadie. Se me hizo muy extraño porque la pieza tenía un nombre, lo que quiere decir que está siendo ocupada por alguien”, relató Juan Manuel que, sin entender lo que sucedía, continuó por el corredor.

Desde que salió de la cuarta habitación tuvo una sensación rara en su cuerpo. De repente hacía más frío, había más silencio y las lámparas, por lo averiadas, prendían y apagaban repetidamente. Aceleró el paso y lo que sentía seguía ahí. Perdió la seguridad con la que caminaba y lo invadió un sentimiento abrumador. Abría las puertas, pero lo hacía con miedo. Una puerta tras otra y otra y la sensación no se iba. El temor y la tensión que el pasillo generaba no le permitían hacer bien las cosas.

“Por un momento perdí el sentido de lo que hacía. Estaba tan asustado que solo abría las puertas y miraba de lejos si las cobijas subían y bajan con la respiración de los pacientes y listo. Desde que entré a la cuarta pieza y sentí esa cosita maluca, dejé de ingresar y miraba de lejos”, dijo Juan Manuel.

Actual paciente de la tercera habitación. Fotografía / Cámaras  de seguridad de la clínica San Juan de Dios.

Se sentía agotado, pero había llegado a la última habitación, la número 15. Respiró porque allí terminaba la ronda y se sintió más tranquilo, pues dicha estancia se hallaba al lado del puesto donde se encontraban sus compañeros, quienes acabaron más rápido que él.

“A esta pieza sí entré y revisé de cerca a la paciente. Estaba dormida, profunda. Cuando salí sentí un fresquito, ya no estaba cansado, ni con frío. Fue muy raro”, agregó Juan Manuel. Sin más, cerró la puerta y fue a reunirse con sus compañeros de turno.

Cuando se dirigía a su encuentro, Sebastián, uno de los enfermeros encargados de revisar las cámaras del pabellón psiquiátrico, llamó a Díaz y a los demás chicos que se estaban reuniendo con él con extraña urgencia. “Sebas dijo: Juanma, venga, pero rápido”. Cuando lo escuché me asusté. Pensé que había dejado alguna puerta abierta y se escapó uno de los internos. Pero no, no fue eso”, contó Díaz visiblemente intranquilo.

Y con razón, pues lo que le dirían los dejaría con los “pelos de punta”.

Al acercarse a Sebastián y al monitor que tenía a su lado, Juan Manuel se vio en las cámaras de seguridad entrando solo a la cuarta habitación y saliendo acompañado por una sombra alta y grande. Un ser extraño que parecía más humo que ser concreto. Algo que lo seguía un paso tras otro mientras se bamboleaba detrás del enfermero que caminaba  cada vez más asustado.

“Todos nos quedamos en silencio. A mí me temblaban las rodillas y las piernas. Casi no era capaz de mantenerme en pie”, relató Díaz y continuó: “esa sombra estuvo conmigo la mayor parte del recorrido. Yo aceleraba el paso y ella seguía ahí, parecía impregnada en mí. No me dejó hasta que llegué a la pieza 15, donde entré con ella y salí solo”.

Imagen tomada en 2019 y corresponde a la habitación #15. Fotografía / Cámaras de seguridad de la clínica San Juan de Dios.

Preguntó por el nombre del paciente que estaba en la puerta de la cuarta habitación, a lo que Sebastián le respondió: “No, Juanma, esa persona murió ayer”. Él, en medio del susto se bloqueó. Sintió que sus compañeros lo miraban extraño, con miedo e indiferencia.

Esa madrugada vivió uno de sus turnos más extraños. Solo pensó en rezar y orarle a su Dios. “Ese día el cielo amaneció nublado y yo casi no pude dormir”, finalizó Juan Manuel.

Hoy, al parecer el rezo ha sido efectivo y nunca más volvió a sentir la espectral presencia…

@Luisemma18Ez