A mí me gustaba ir a esa casa porque a Marianita sí le daba miedo ir por allá y eso me agarraba el brazo y yo todo contento porque me agarraba de esa forma. Claro, yo sabía que a ella le asustaba inmensamente, pero tan tierna Marianita agarradita así de mi brazo, yo que me iba a poner a decirle algo.

 

Por: Sergio Andrés Mejía Ortega

Uno siente una cosa toda fea, se los juros, esa casa tiene algo. Me metía todo confiado con Marianita. Marianita era mi compañera de absurdas aventuras. Claro, me hacía el valiente cuando iba con ella a esa casa porque solo ni loco. Eso hasta decían que las ánimas andaban por ahí, pero uno acompañado que le va a parar bolas a eso.

A mí me gustaba ir a esa casa porque a Marianita sí le daba miedo ir por allá y eso me agarraba el brazo y yo todo contento porque me agarraba de esa forma. Claro, yo sabía que a ella le asustaba inmensamente, pero tan tierna Marianita agarradita así de mi brazo, yo que me iba a poner a decirle algo. Tan tierna Marianita.

A mí me gustaban mucho sus ojitos todos claros, casi que brillaban en la oscuridad de esa casa. Era tan distraída y esos ojitos a veces se le perdían por ahí, buscando yo no sé qué cosa. Yo le decía a Marianita que se calmara, pero claro, sin querer que ella lo hiciera para que no me soltara mi brazo y, mejor, ella ni me escuchaba.

Íbamos todos los días por las tardes sin importar que cosas tuviéramos que hacer. Yo sí dejaba todo listo antes de las dos pe eme y salía de primero y me encontraba con Marianita por el camino. Y eso caminábamos resto de tiempo hasta que el sol ya comenzaba a caerse y ya se iba el calor, la fatiga, la tierra caliente y hasta el mal tráfico, pero a Marianita sí la iba agarrando ese miedo todo tierno, tierno.

Yo creo que fue el destino el que hizo que me encontrara con Marianita porque yo ni conocía esa casa. Una vez salí a caminar un rato y ella estaba ahí; creo que ella siempre ha vivido asustada porque ahí mismo le estaban temblando las piernas y se estaba mordiendo los labios. Le lancé un montón de preguntas y ella estaba toda apenada y le fui cogiendo gustico a sus temores porque ella ahí mismo me agarró por el brazo tierna, tierna.

De ahí en adelante fue como si nos conociéramos desde niños y nadie me hablaba de ella ni me veía con ella y yo alegre porque así evitaba tanta preguntadera de pendejadas que se le da por decir a la gente.

Un día metidos en esa casa Marianita intentó besarme y yo mosca. Yo vi cómo cerró esos ojitos que tiene y me agarró duro las manos. ¿Tendría miedo? Yo me le despegué de una. Pobre Marianita, me dio tanta vergüenza con ella, que me iba a poner a besarla en esa casa tan fea, no es romántico amigos. Marianita se enojó toda conmigo porque no me la encontré como en toda una semana, no entendí, la verdad.

A la semana llegó toda calmada y le clavé un beso para que dejara el enojo. Claro, estábamos en la calle, vacía por cierto, esa calle siempre está así ahora que lo pienso. Pero ¿Ven cómo cambian las cosas? Una casa toda fea a una calle, solos, sola. Distinto, distinto. Ella se rió toda asustada mientras le explicaba todas mis razones, validas obvio.

Yo en este momento no tengo tiempo de contarles toda la historia ¿Me entienden?  Pero todo empezó a ponerse mal, muy mal cuando Marianita no apareció más ¿Triste no? Nadie me daba razón de ella ¿Y yo que hacía? Nada, triste, triste, todo. Hasta el día que se me dio por regresar a la casa de los sustos ¿Me entienden? Y la vi, la vi por el reflejo de un espejo, era ella, era ella, mi Marianita pero cuando volteé para verla, para tocarla, qué, nada, nada. Ella no estaba y lo entendí todo amigos, lo entendí todo. ¿Muy triste no?