Me apretó bruscamente acercándome más a su cuerpo, sus brazos y su pecho se calentaron cada vez más. Presioné mi boca contra su hombro para evitar consecuencias pero sentí como el calor se desplazaba hacia su entrepierna poniendo su miembro erecto.

tunnel

Por Maritza Palma 

Imágenes tomadas de Pixabay

El subterráneo atravesaba la avenida nueve de julio mientras un hombre fijaba su mirada en mí. Era el mismo que me vio cuando compraba el boleto en la estación de trenes de La Plata, el mismo que una vez pasó por el pasillo, contiguo a mi asiento, se detuvo bruscamente y volteó su cabeza hacia mí.

Ahora se sostenía de los pasamanos desprendidos desde el techo, sus dedos eran largos y sobre la espalda cargaba una guitarra. Lo miré y no pude quitar mis ojos de sus ojos. La mirada era tan fuerte como el color negro que cada vez cobraba más intensidad entre su iris, y la quietud de su rostro le daba más fuerza a sus entornados ojos. Me liberé de verle; aún me faltaban dos estaciones para bajar.

Se detuvo el subte en la estación diagonal norte y bajé entre la multitud. Una sensación me turbaba, no podía dejar de recordar: cabello negro, ojos negros, mirada oscura. Aún así algo en él me agradaba.

-Disculpa, te hago una pregunta…-era una voz cálida, así que volteé sin pensarlo. Era él – …¿vives en La Plata?-preguntó rápidamente.

Lo miré sonriendo nerviosa y el continuó.

-Te he visto antes. Yo vivo en La Plata, viajo a capital casi todos los días porque vengo al Conservatorio de Jazz. Recuerdo tu rostro.

-Yo debo combinar con la línea D, ¿es por acá verdad?- dije tratando de ocultar mi asombro.

-Sí, yo te aviso por dónde debes bajar. Me gusta tu cabello -dijo intentando pasar su mano por mi cuello. Yo lo esquivé.

-Disculpa eh… es que no me controlo- continuó.

-Seguro sí nos hemos visto, La Plata es relativamente pequeña, yo llevo un tiempo viviendo aquí y voy allá de vez en vez- mentí ansiando ver el letrero verde del subte que debía volver a tomar; lo encontré, así que me despedí ansiosa del hombre y bajé las escaleras.

guitarra-¿Cómo te llamas che?, ¿te puedo volver a ver?- preguntó insistente mientras alzaba más la voz.

-Maritza- respondí a lo lejos alzando mi mano en señal de adiós. También mentí, aunque en realidad sí quería volver a verlo.

Dos semanas después me encontraba en casa, en La Plata; ese sábado hacía calor a diferencia de los otros días que pintaban una primavera ausente. En la noche tocaría una banda desconocida en la plazoleta ‘La noche de los lápices’, así que salí anticipada sobre las 19hrs, cuando aún había sol.

Una vez allí me fijé en el chico que tocaba el bajo, de cabello ondulado y ojos brillantes. Dudé si realmente era un bajo así que me concentré contando las cuerdas; no veía muy bien.

-¿Eres tú?- dijo una voz conocida-, no imaginé que te gustara venir a esta plaza y menos a esta hora- giré a verle.

-Qué bueno encontrarlo aquí. Solo vine por la banda- dije forzándome a sonreír.

Sonrió y se quedó fijo en mí mientras yo tragaba saliva y volvía mis ojos a las cuerdas del bajo. Tenía que ser un bajo, tan ciega no estaba.

-Me muero por besarte- escuché y me resistí a mirarlo. Era lindo pero me generaba miedo.

-Hay mucha gente que ha muerto de cosas peores- le manifesté.

-¿Al menos te puedo abrazar?-continuó sin importarle mi actitud. Tuve que mirarlo.

-¿Me promete que no intentará nada más?

Respiró profundo y se sacó las yucas de sus dos manos tornándose más nervioso. Me acerqué. Lo miré sonriente. Me apretó bruscamente acercándome más a su cuerpo. Sus brazos y su pecho se calentaron cada vez más. Presioné mi boca contra su hombro para evitar consecuencias pero sentí como el calor se desplazaba hacia su entrepierna poniendo su miembro erecto. Me quería retirar; sentía que me partiría los brazos. Ya no podía respirar bien.