El jazz no es un mero género musical, es una configuración histórica producto de las relaciones de poder y de la libre creación de discursos cotidianos de supervivencia…

 

Por: Alejandra Taborda Ramos

En las plantaciones de algodón, con un sol incandescente, retumban los cantos de aquellos cuya libertad ha sido negada. Al ritmo de sus pies y caderas tejen su protesta abriendo paso al jazz como una de las insignias excéntricas de la identidad cultural de las minorías negras.

Estados Unidos ve nacer la ciudad de Nueva Orleans en 1718.  En ella se albergan gran cantidad de afros que trabajan en las plantaciones de algodón y caña de azúcar. Al ritmo de sus pies y caderas los esclavos componen cánticos que los envuelven en el recuerdo de sus tierras y raíces.

Abasteciendo los canastos con los frutos se encaminan al sol ardiente y recitan poemas ancestrales que tienen ritmo con las palmas y el acompañamiento de los suyos.

Se crean, entonces, formas musicales de resistencia que buscan, por una parte, devolver las costumbres y el folclor de sus antecesores…

A principios del siglo XX, Estados Unidos y el mundo vivían el apogeo de la revolución industrial; Henry Ford masificaba el uso del automóvil, los hermanos Wright volaron por primera vez, Einstein proponía la teoría de la relatividad y la escena musical se desarrolla por niveles sociales y por zonas geográficas.

Se crean, entonces, formas musicales de resistencia que buscan, por una parte, devolver las costumbres y el folclor de sus antecesores y, por otra, son un grito de rechazo a la cotidianidad a la que estaban obligados a vivir por ser  afrodescendientes.

Desarrollan un lenguaje oculto donde los dolores y resentimientos individuales poseen un empuje colectivo que los llena de fuerza para continuar el legado social y cultural que en su momento se forjó en aquellos cultivos a través de sus cantos.

El jazz muestra un discurso oculto donde aquellos gestos y actos que no son aprobados por las élites se disfrazan de ritmos y tonalidades diversos en términos musicales; pero posee un trasfondo social y cultural que busca mostrar las desigualdades que existen, como el racismo y la dominación de unos sobre otros, abre espacios contraculturales al discurso conservador y represivo.

Se entiende al jazz no sólo como una expresión musical para la diversión y el goce, sino como el resultado de procesos sociales que buscan dignificar al afro como ser humano que existe y merece que se le otorguen los mismos derechos, como ciudadano que es.

La sociedad se ha sedimentado en una cuadrícula en donde es complicado trastocar los espacios de esparcimiento de los ciudadanos, mucho más si aquellos son afrodescendientes.

El jazz se convierte en un género musical polisémico que posee una carga inherente de sociabilidad donde se expresan los sentimientos, la vida interior, así mismo exige a quienes lo escuchan un conocimiento de la sociedad y de sus necesidades; si se desdibujan los signos sociales por los que fue creado se tendrán sentidos distintos y simplemente se verá como un mero género musical de entretenimiento de las industrias culturales que empieza a ser escuchado por los grupos dominantes de Europa y Norteamérica.

Los grupos dominantes han centrado su atención solo en la belleza rítmica que posee el jazz. Fotografía / Share America

Un viraje en su consumo

En la actualidad el jazz contrasta su papel social y se transforma en un género musical para las élites, donde solo es escuchado por personas cultas que poseen una formación casi siempre elevada que les permite comprender este ritmo sin igual.

Los grupos dominantes han centrado su atención solo en la belleza rítmica que posee el jazz y en cómo despierta emociones al tocar cada instrumento, de igual manera han dejado de lado su eminente valor social y el legado histórico que trae consigo.

Lo más valioso de este ritmo es la improvisación dada por sus intérpretes y la conexión entre ellos; ahora vemos un jazz más unificado y planeado en cuanto al ritmo que tiene, buscando encajar en los estándares de consumo musical que día a día se establecen.

Grosso modo, se puede ver cómo –a pesar de ser segregado por la sociedad– este ritmo es sin duda el pilar en el gremio musical, ya que para los músicos es fundamental tener bases o influencias de jazz que les permiten ampliar su conocimiento teórico y enriquecer de alguna manera la construcción de las formas y estilos musicales de  géneros como el rock, la salsa, electrónica.

Aunque el jazz es sin duda un género musical acogido por otros ritmos que toman de él tonalidades que les permiten mezclar  y crear armonías diferentes, modernas, rítmicas, la poca popularidad entre los consumidores musicales  hace que su encanto se pierda y llegue al anonimato desligando al jazz de la relación íntima que existe entre el individuo y la sociedad a través de él, dejándolo simplemente como un ritmo que acompaña cócteles, conciertos sinfónicos o  se queda en la habitación de una persona culta que no ve su potencialidad social; esa misma que deriva de su relación con la sociedad, del entorno que los afros manifestaron como medio de expresión que tenían a su disposición mediante el cual crearon procesos para contribuir a la representación de sus identidades como grupo étnico que no se reconoce en el conjunto de personas que los  rodean y de los cuales han sentido un control social, cultural y político, en donde la exclusión ha sido inminente.

El jazz forma parte de esa liberación de cuerpo y espíritu de los afros, en donde  sienten tan real-concreto el mundo en que viven que la interpretación subyace en un intento de redefinir los espacios. La música aligeró las cosas y se convirtió en la ventana que dejó entrar la luz de la esperanza de la libertad.

El jazz forma parte de esa liberación de cuerpo y espíritu de los afros.

El jazz no es un mero género musical, es una configuración histórica producto de las relaciones de poder y de la libre creación de discursos cotidianos de supervivencia, en donde se  hace una búsqueda exhaustiva de un pensamiento público que busca sobrellevar la dominación que tiene el capitalismo en la sociedad y cómo a través de la música se puede reivindicar la lucha social que los pueblos afros merecen.

Para el filósofo Theodor Adorno la música en su totalidad es un engranaje de culturas  que busca reconstruir su papel en la sociedad, el jazz por su parte es un género que permite potenciar la música como un instrumento de conocimiento que contribuye a la construcción social de la realidad y de este modo abre caminos dinámicos de interpretación de la cultura y por ende de la sociedad.

El jazz, como se ha venido hablando, posee una riqueza rítmica inigualable que lleva a expresar a Adorno: “[…] el jazz es una música que, con simplísima estructura melódica, armónica, métrica y formal, compone en principio el decurso musical con síncopas perturbadoras, sin tocar jamás la monótona unidad del ritmo básico, de los tiempos siempre idénticos”.

Para Adorno, el jazz muestra la realidad, en donde cada tono es un individuo  y como individuos diferentes se encuentran desarticulados, esto es lo que produce que la sociedad tenga una desestructuración y se vea fragmentada por el capitalismo moderno.

Adorno también dice que para mantener aquella riqueza del jazz es necesario alejarlo del monopolio capitalista, ya que este busca crear producciones en serie que den un disfrute distraído de la música y en algún momento las dinámicas sociales que se expresan por el jazz se minimizan,  desaparece el vínculo entre individuo y sociedad manifestado en su ritmo.