Ya sabía que podía, que era aguerrido, que sobresalía por encima de otros que sufrían. Él también sufría, pero era otro sufrimiento, porque disfrutaba y se deleitaba. ¡Y vea que era duro! ¿Quién sube ahora con un piñón de 23 o 24? Entonces pongámonos claros. Estos tipos subían y padecían.
Escribe / Andrés Esteban Acosta
Honorio impone su presencia: elegante en sus movimientos, cuello erguido y pecho firme. De inmediato se nota que era un hombre de potencia en el pedal, que tiraba del lote y aplicaba su hegemonía en el terreno plano. Su mirada afable y su risa cercana no generan una contradicción con la apariencia primera. Todo lo contrario, aclaran al personaje, advierten su sencillez.
Habla con claridad, con cuidado en su tono. No muerde las frases ni las arrastra. Las lleva a un ritmo pausado. De ahí la constatación de su otra afición: la música. Esa es la voz de un hombre dedicado al canto. También son los dedos ágiles de un guitarrista. Ahí está el personaje, anticipado por sus pasiones: el ciclismo y la música.
Una panadería del barrio Carlos E. es el escenario de la conversación. Honorio llega puntual y se queda un rato admirando la bicicleta Eddy Merckx clásica en la que me transporto. La aprueba con una sonrisa: “Para estas hay que tener mucha fuerza”. Con prontitud, sus imágenes se concentran en otra época. Perfecto. Empieza a comentar anécdotas de la década de 1950, de las bicicletas de aquellos años y de las carreteras destapadas. Ya está. Sus memorias se han ubicado en la gloria ciclística que conquistó. Ahí se queda. Solo hay que escucharlo repasar momentos, llegar a ese fondo claro de los recuerdos donde el pasado toma la apariencia de presente y se instala vivo para ser narrado.
Comentamos la subida a San Antonio de Prado. ¡Cuidado!, por la carretera vieja, la que le tocó recorrer una y otra vez; la nueva es rompepiernas, con repechos casi que imposibles. Sus comienzos fueron esos. La subida primera es la memorable. Ahí solo hay esfuerzo íntimo.

La conversación va y viene, no obedece a un relato lineal. Se parece a los recuerdos, que son más bien intempestivos, llegan y obligan a contenerlos en una sensación o alguna referencia. Antes de su primera bicicleta habla de las que no lo fueron. Cuenta, con una sonrisa de gestas traviesas, que las alquilaba con sus amigos para subir Minas y bajar hasta La Pintada. ¡Ah! ¡Una locura! Con razón estos hombres subían.
En el almacén de bicicletas de Julián Mesa, en Carabobo, Honorio se hizo a su primera máquina. Por esas cosas de las decisiones y del deseo, la obnubilación pudo más que la realidad. También el engaño de don Julián, que por ganarse la venta no corrigió a Honorio. El muchacho partió satisfecho rumbo al sur en una bicicleta que no era su talla, que lo obligaba a encorvarse para mantener una mínima postura decente. Eso no importó. La compra se argumentaba sola, sin necesidad de ajustes de medidas. Así llegó a Prado, su tierra natal y su lugar de residencia en aquellos tiempos, pasando por los campos verdes llenos de cultivos de naranja y café, campos frescos que le ponían de fondo el paisaje de El manzanillo.
A los días, Justo Pintado Londoño le advirtió el error a Honorio. Así que cambiaron de bicicletas. La segunda fue una Automoto. Ahí sí, Honorio, ¿cierto? Sí, en esa sí montaba y le competía a cualquiera. Que no se olvide la Monark, la más fiel a su causa. La que defendió con su golpe de pedal clásico de un robo por Ancón, ya en la década de 1980. Y que tampoco se pase de largo la Fiorelli, que se la regalaron en el pueblo en medio de una fiesta tras correr su primera Vuelta. Esa le quedo grande. Vale la intención y la alegría.
La finura la probó en la carrera Trepadores a Las Palmas, cuenta con convicción. Hay triunfo en su expresión. Aprieta la botella de la que apenas ha bebido un poco, como si sintetizara la emoción en la fuerza de su mano. La salida fue desde el teatro Junín. Honorio iba con pinta de futbolista. Las piernas sí eran de ciclista, el pundonor, el dolor para llegar a la cima. Dosificó, subió a ritmo. Ya tenía su estilo. No era un escalador natural, suelto. Era más bien un pasista que cumplía en la cuesta, a paso, sin afán. Eso era carretera destapada. Había que subir por Loreto y luego perderse en las curvas de finqueros y campesinos de época. En 1953 quedó en el segundo lugar, a pocos metros del ganador, Reinaldo Medina (otro que fue integrante del equipo antioqueño en las competencias nacionales). Al otro año volvió y reclamó el premio. El muchacho tenía madera para el pedal.
Qué cosa extraña la amenidad que sostiene Honorio. Cuenta con un orgullo alegre. Parece que tiene la certeza de quien ha vivido su vida y la relata con tranquilidad. Todo un logro. Esa paz de su tono se traslada a sus anécdotas. ¡Ufff! Un alivio toparse con gente así.

Luego llegaron las carreras departamentales y nacionales. Pedro Nel Gil era el director del club Coltejer Sedeco y seleccionó a Honorio para los chequeos. Las competencias consistían en las famosas dobles: a la Pintada, a Concordia, a La Unión, a Riosucio. Barbaridades. Ya sabía que podía, que era aguerrido, que sobresalía por encima de otros que sufrían. Él también sufría, pero era otro sufrimiento, porque disfrutaba y se deleitaba. ¡Y vea que era duro! ¿Quién sube ahora con un piñón de 23 o 24? Entonces pongámonos claros. Estos tipos subían y padecían.
La época de los triunfos se concentra en esa primera Vuelta a Colombia que corrió, en 1955. Honorio lo cuenta con soltura. Demás que se la ganaba, pienso. Pero era la época de Ramón. Tal vez una se ganaba Honorio, se intuye en la seguridad con la que habla de sus capacidades. Es un asunto de los recuerdos cuando convencen, como si salieran de la comprensión de que verdad solo hay una y es la propia. La etapa que ganó de Cali a Popayán fue de hazaña. Soltó a Ramón a 20 kilómetros de meta y se fue en búsqueda de su premio. Ahí suelta la risa con picardía. Toma la tapita de la botella y golpea la mesa de la panadería. Hay emoción en el recuerdo.
Esa misma emoción persiste cuando rememora la doble a Jericó. Mientras relata la carrera me pierdo unos segundos en mis pensamientos. Veo el alto de La cabaña, la subida vieja al pueblo, las curvas cerradas en zigzag, dejando abajo el Cauca y pasando el cascajo. Vuelvo a las palabras de Honorio y lo encuentro en el momento preciso cuando está dejando a Ramón. ¡Lo soltó! En Jericó llegó primero y en el regreso sentenció su victoria.
Son muchos los logros, no alcanzan a comentarse todos. Honorio saca una fotocopia de su autobiografía en el ciclismo. Resaltan sus terceros puestos en las Vueltas a Colombia de 1958 y 1959. También sobresalen sus resultados en la pista, casi que un adelantado en esa modalidad a nivel nacional. Aprendió la labor pistera en Bogotá unos días antes de viajar a Brasil a una competencia sudamericana en 1954. Unos días le bastaron para ponerse a tono con la competencia, y sí que resultó la premura: segundo en la persecución individual detrás del uruguayo Alberto Velásquez.
Que el récord sudamericano de la hora, que terminó siendo -sin que nadie se diera cuenta- récord mundial aficionado. Que el sueño cumplido de integrar la delegación nacional en los Jugos Olímpicos de Melbourne 1956. Que el recibimiento apoteósico en Medellín luego de que todo el equipo de Antioquia, dirigido por Julio Arrastía, se retirara en 1957 en la etapa con llegada a Riosucio. Que un clásico El Colombiano -una doble a San Roque- que le ganó a Rubén Darío Gómez, que subía montones. Que la camiseta de líder que portó durante varios días en la Vuelta a Colombia de 1958.
Honorio reitera que en la copia están todos sus logros, lo dice con satisfacción: “con lo que hice en el ciclismo me siento pleno”. Esta sí hay que anotarla, por supuesto. Pero antes de dejar el ciclismo leo un nombre en una de las páginas de la copia: Fausto Coppi. Venga pues, esto es otra cosa, un personaje mayor. ¡Coppi! ¡Y Honorio le ganó en una prueba en Bogotá! Este señor elegante, de camisa y jean clásico, de bolígrafo en su bolsillo, humilde y apacible derrotó a Coppi en una llegada al embalaje en el circuito de El Campín. Deje así, Honorio, usted corría que da miedo. Era otro Coppi, ya pasado en años, pero, como dicen por ahí, Coppi es Coppi.
Hay algo de cansancio en la voz de Honorio. Ya no prolonga sus frases ni detalla las carreras. Puntualiza. Corrió solo cinco años. Luego optó por dedicarse a la realidad laboral. El deporte era una pasión y ya no más. La vida casi siempre es otra cosa, obligaciones y esos asuntos. No obstante, bastan esas pequeñas muestras de grandeza para dejar las cuentas claras con la vida, en este caso, por lo menos en el deporte.

Pausa y caminata corta para evadir el cansancio. Mientras nos paramos y yo tomo la bicicleta se acerca un grupo de tres señores.
-¿Honorio Rúa?
-Sí, así es.
-¡Hombre, don Honorio, qué sorpresa! Usted era mi ídolo de la infancia. Usted y todos los antioqueños.
-Muchas gracias. Un gusto lo que me dice.
Al señor que habla se le nota la dicha. Le tiembla la voz. Le cuesta extender la mano para saludar a su ídolo. Lo mira detenidamente. No solo mira a Honorio, también mira el paso del tiempo, se mira a sí mismo lejos de ese niño que escuchaba las glorias de sus ídolos por radio y salía a la carretera a saludar la caravana de ciclistas. Los hombres se despiden y siguen su camino.
-Todavía se acuerdan de uno, de esos lejanos tiempos.
Caminamos algunos metros entre los bloques del barrio Carlos E. Honorio señala el jardín al frente de su casa, donde hay un parquecito de niños. También señala su apartamento, donde vive con su esposa. Un amor de toda la vida, pero esa es otra historia.
Del ciclismo pasamos a la música. La otra parte de la pasión. Esta es una conversación sobre las pasiones. ¿Tiene usted pasiones? Bueno, tiene razones para vivir.
Cuando era niño sus tíos, hermanos de la madre, eran merenderos en San Antonio de Prado. En la casa se reunían a tocar y cantar. La música nacía natural en el hogar. El padre le llevaba serenatas a la madre, la consentía con música de cuerda. Hasta el famoso Dueto de Antaño estuvo en la casa tiempo después. En el Colegio de la Salle hizo parte del coro. De nuevo una sonrisa, de nuevo la seguridad en la expresión. Le decían que cantaba bonito y él se quedó con esa idea en la cabeza por un bien tiempo.
Al tiempo de dejar las competencias en bicicleta se dedicó a la música. Fiel a su infancia y a su historia familiar, optó por el canto y las cuerdas. Con dos amigos se ganó un concurso en Coltejer. Así formaron el trío Coltejer Sedeco, con Sacramento Flórez en la guitarra y segunda voz, y Jorge Jaramillo en la guitarra puntera y tercera voz. Honorio era primera voz y maraquero. La guitarra sí la tenía, pero colgada en la pared, aunque ya era tiempo de abrazarla.
Las presentaciones empezaron a llover. La empresa le daba permiso al trío para que se dedicara a la música. También les daba las telas para los uniformes. Bien presentados sí tenían que quedar. Confirmo lo de la elegancia de Honorio. Sin ese factor no se puede dar una serenata decente.

Por esos días Honorio aprendió a tocar guitarra. Fue solo tomarla para despertar ese talento aplazado. Aprovechó y formó dueto con Humberto Montes, el dueto Rúa Montes. Montes era buen tipo, pero bebía que daba miedo. Un día se quedó esperando a su compañero en una presentación en Envigado. Montes no llegó, por las razones de la copa. Esas vergüenzas no eran para Honorio y tuvo que decirle adiós al dueto.
Honorio ha recuperado impulso en sus palabras, hondura en su relato. Con gestos de contento rememora el dueto. El encuentro definitivo fue con Jaime Bustamante, también de la empresa. Actuaron por doce años. Se entendieron, sonaban afinados, gustaban. Ahí Honorio era guitarra marcante y Jaime puntero. Se movían cómodos con la música andina colombiana, también con el bolero.
Ingresa mucho más en sus memorias musicales y se detiene en el Dueto de Antaño. No solo es admirador del dueto, sino que también fue amigo de Ramón y Camilo, además de ser cercano de muchos de los otros guitarristas que acompañaron al dueto -que siempre eran tres- como Arnulfo Baena. Con el desparpajo que permite la amistad, Honorio le pedía canciones a sus amigos del Dueto en las serenatas y presentaciones. Ellos ni recordaban que esas canciones estaban en su repertorio. Honorio llevaba una lista cuidada, porque además se dedicó a coleccionar música, por lo menos la suya, selecta e íntima.
Le gustan especialmente los tríos y duetos. Agrega que también la música que se canta con el alma. La relación es que si se canta con el alma se llega al alma. Eso ya es mucho, todo, en la música. Repasa con fascinación en su tono algunos de esos grupos que lo han conmovido, haciendo la salvedad de que el encanto mayor se lo produce el Dueto de Antaño. Enfatiza en el Trío Los panchos, dice que tiene casi toda su obra. También menciona a Los tres diamantes, Jhony Albino y su trío San Juan, el Trío vegabajeño, el Trío América y Los romanceros.
A Silvia, su esposa, le ha cantado con amor total. También le ha compuesto algunas obras. Para hablar del amor también tiene una disipación particular, de persona que cree en ese sentimiento. Recuerda la primera serenata que le llevó a su amada, con el Trío Los romanceros, con quienes también compartió la amistad: “Me acuerdo muy bien… por allí tengo la tarjetica”. Ese día a doña Silvia le cantaron temas lindos: Mira que eres linda, Parece que fue ayer y otros. Honorio es un enamorado.
Ya se cuelan los silencios entre las frases. La conversación se ha alargado y Honorio debe retornar a casa. Una anécdota más. Es el fundador de la tertulia Amigos del Málaga. Alguna vez, con el deseo de buscar donde tomar tinto y escuchar su musiquita, llegó a este lugar de Bolívar con un grupo de amigos. Se fueron del Club Unión, casi en marcha, ojeando por Junín y buscando dónde sentirse cómodos y con tiempo para la tertulia. Se establecieron y fueron creciendo en su constancia de proteger y compartir la música de aquellos tiempos pasados.
Honorio se despide. Me promete un café en su casa para la próxima ocasión. También promete que me mostrará sus trofeos y su Monark. Tiene que ir a cuidar a su esposa. Si las pasiones son fundamento el amor es sentido. Se marcha firme en su andar. Yo lo veo hasta que se pierde en el bloque. Me levanta la mano y deja una última sonrisa, la del deber cumplido con los recuerdos.


