Rubio tuvo tiempo de conocer el pensamiento de la victoria, como si todos sus años en Italia, se sintetizaran en el paso de la meta en Crans Montana, donde lo esperaba un aficionado ondeando la bandera colombiana. Con un fondo de picos blancos, el escalador recordó el dolor y la tregua como momentos previos al gozo en la montaña.
Escribe / Andrés Esteban Acosta – Ilustra / Stella Maris
Los midió de lejos, siempre siguiendo a rueda, creando la ficción de su debilidad. Cuando pasaron las rampas más fuertes, los tres de la fuga se citaron a duelo en el último kilómetro. Einer Rubio se escondió bajo la sombra de sus rivales. Esperó el momento justo, para el que se reservó durante toda la etapa, jugando a la responsabilidad ajena y a “eso no es conmigo”. Pero sí que era con él, y su deseo de triunfar en las alturas italianas se hizo mucho más cercano y real. Mientras Thibaut Pinot (francés del Groupama-FDJ) y Jonathan Cepeda (ecuatoriano del Education Fisrt) se repartieron ataques y rabietas, Rubio eligió la prudencia.
La etapa trece anunciaba la épica infaltable del Giro, que apela al ciclismo de esfuerzos al límite: una convicción motivada por la nostalgia de los días de las grandes batallas en la montaña. En una foto de 1952, Gino Bartali pasa adelante de Fausto Coppi. Los dos grandes italianos, aplaudidos como héroes por los espectadores, elevaron a gran cumbre los picos alpinos, filados y nevados, del Gran San Bernardo. Años después, el luxemburgués Charly Gaul (vencedor de Giro y Tour) pasó primero por un camino abierto entre la nieve. En la década de 1960, el español Federico Bahamontes, el Águila de Toledo, lo coronó en primer lugar en un Tour que perdió con Jacques Anquetil. Como es costumbre, también un colombiano dejó su nombre en el Gran Bernardo: Rafael Acevedo, en el Giro de 1985, cuando un equipo colombiano descubría la carrera italiana.
Este año no fue la épica del Gran San Bernardo. La lluvia fuerte hizo que los corredores activaran el protocolo de mal tiempo extremo. Día gris, cielo roto, agua pesada cayendo en las espaldas del pelotón. En este caso, la precaución primó sobre la épica, que por más que no se quiera, siempre implicará riesgo. Salida neutralizada, pies sobre el asfalto y traslado en los buses en busca del nuevo sitio de partida.
Todo se concentró en la subida de Croix de Coeur -paso inédito en la carrera- y en Crans Montana, con un intervalo por el valle del Ródano. Siempre los altos alpinos de fondo, como un paisaje idílico que acompañaba el movimiento del grupo y sus bicicletas. La fuga aprovechó la extensión de la etapa y se armó a apenas unos kilómetros del inicio. Rubio prefirió cerrar el grupo de escapados, no expresar ninguna señal de poderío en la primera subida de la jornada. Arriba de Croix de Coeur, Pinot cruzó en primer lugar, contrastando el azul de su uniforme con el blanco de la nieve de las cimas de la región.
Los favoritos atrás, calculando su pelea minuciosa por la camisa rosa. Adelante, bajando entre pinos, la llegada al Valle del Ródano, tramo donde Rubio tiró de la fuga para mantener la diferencia y emprender la última subida. Pinot iba pletórico, capaz de encadenar un ataque tras a otro sin reservar para el remate. Entre él y Cepeda se creó una tensión que desencajó al francés. Se le vio hostil por la falta de colaboración en la fuga. Rubio, que tardó en volver luego de los ataques, se permitió unos segundos para dosificar y volver a cabeza de carrera: el escalador iba expectante, con una intensidad conservadora.
El último arranque de Cepeda fue su condena. Se vació. Pinot cerró el hueco. Rubio se paró en pedales y fue remontando posiciones. Ya entre vallas, primero pasó a Pinot. Luego, con un impulso convencido, pasó a Cepeda y abrió un hueco definitivo. Tomando la posición de embalador, se aseguró de no perder la diferencia, así que tuvo un momento para sentarse y mirar hacia atrás. A unos veinte metros lo seguía Pinot desmoralizado, entregado en su rabia.
Rubio tuvo tiempo de conocer el pensamiento de la victoria, como si todos sus años en Italia, desde su llegada en 2017 a probar su destino en la bicicleta, se sintetizaran en el paso de la meta en Crans Montana (13 km al 7%), donde lo esperaba un aficionado ondeando la bandera colombiana. Con un fondo de picos blancos, el escalador recordó el dolor y la tregua como momentos previos al gozo en la montaña.
Igual que en 2019, durante el Giro sub-23, Rubio volvería a levantar su brazo en señal de victoria. Por esos días, triunfó en la última edición del Giro juvenil, en Passo Fedaia. Para Colombia fue una carrera memorable: Camilo Ardila campeón, Rubio segundo y Juan Diego Alba tercero.
Unos minutos después de cruzar por Crans Montana, mientras se ajustaba la chaqueta del equipo -Movistar-, Rubio sonrió al encontrarse con Santiago Buitrago, quien cruzó la meta y fue a buscar a su amigo. En sus inicios, ambos hicieron parte de la Fundación Esteban Chaves. Sonrieron juntos, de la misma forma que escalaron juntos los puertos de la capital colombiana y otros cercanos. Un abrazo unió a los ciclistas formados en las alturas.
Sin muestras de efervescencia, Rubio apenas hallaba la conciencia de su logro: triunfar en la carrera del país que recibió sus ilusiones de juvenil. Con palabras sencillas y una serena alegría, volvió a la memoria de la tierra propia, de las heladas en San Pedro de Iguaque (ahora Chíquiza) y los entrenamientos en la fría Bogotá. Seguro en sus recuerdos, se aferró a la presencia de su tierra: “Hoy es un lindo día para Colombia, para mi familia, para Boyacá, para mi pueblo San Pedro Iguaque…”.


