LAS PENDIENTES IMPOSIBLES DE TRE CIME DI LAVAREDO

En Tre Cime di Lavaredo el Giro acierta en engrandecer su historia. Cada tanto el pelotón vuelve y renueva el ciclismo de las pendientes imposibles. El público sueña con presenciar en esta subida el renacimiento de días de sobrevivencia pura. 

Escribe / Andrés Esteban Acosta – Ilustra / Stella Maris

Las tres cimas de Lavaredo (Tre Cime di Lavaredo) tienen solo una vertiente. Solo un camino por donde los ciclistas entrelazan su historia personal con la historia elemental del ciclismo. La pequeñez y la inmensidad se conjugan en el nombre de quien alcanza el triunfo en la postal impactante de las tres elevaciones rocosas, que se enfilan para someter todo a su alrededor.

No se trata exclusivamente de las cimas. Sus 7, 1 kilómetros de longitud, con una pendiente media del 7,6% y una máxima del 18% no son suficientes para elevar su presencia a monumento. Tampoco su paisaje de belleza desoladora es suficiente para explicar su mística. Se trata, en primer lugar, de la pendiente de los últimos 4 kilómetros sostenida al 12%. Segundo, se debe a que, en la década de 1960, cuando se subió en dos ediciones del Giro, se trataba de un sometimiento infame, del límite de lo posible para los desarrollos del ciclismo en la época. Tercero, la sumatoria de nombres selectos que han conocido la victoria. Finalmente, los encadenados que hacen que cobre mayor dureza, puertos previos que desgastan las piernas y elevan a sumo el esfuerzo. 

Felice Gimondi, italiano del equipo Salvarini, inauguró la hazaña. Era el año de 1967 y ya sumaba el Tour de 1965, derrotando a Raymond Poulidor. La etapa 19 salía de Udine y terminaba en Tre Cime di Lavaredo. Ese año corría Jacques Anquetil, ganador de todo por esos días (cinco Tours, dos Giros y una Vuelta). Un joven con rostro de confianza, llamado Eddy Merckx, conocía el Giro a sus 22 años corriendo con los cuadros blanquinegros del equipo Peugeot. ¡Vaya nombres! Todos sufrieron en las cimas de Lavaredo. Gimondi dejó atrás la elegancia de Anquetil, insostenible en el grado de inclinación que descubría. Los cuerpos desencajados, jadeantes, a punto de desvanecerse cedieron. Entre pies a tierra, remolques de motos y carros, y empujones, Gimondi venció, pero todo a sus espaldas fue caos. La etapa fue anulada, Anquetil tomó el rosa y Gimondi tuvo que esperar hasta Aprica (etapa 21) para volver a doblegar a su rival.

Al año siguiente, el Giro volvió a las tres cimas. Era el turno para que Eddy Merckx ganara su primera grande y encaminara toda una época a su favor. La cita se dio en la etapa 13. La organización del Giro quería limpiar la imagen del año anterior. El líder era Micheli Dancelli. Ya Merckx corría con su primera camiseta de campeón del mundo, moviendo un desarrollo de 42-24 en una bicicleta Faema blanca con detalles rojos, montando en algunos tramos el 26, mientras las pendientes descomponían su figura de dominador. A su alrededor solo nieve. Sobre su rostro también llovía nieve. Empezó la subida adeudando poco más de nueve minutos. En la cima le sacó más de cuatro minutos al segundo. Una vez cruzar la meta, fue arropado en el calor de una manta. La imagen muestra la vulnerabilidad del héroe. Gimondi llegó fundido, destrozado en su calidad de ídolo italiano. Empezaba un mito.

En 1974, un Merckx que empezaba a abandonar sus mejores años, sucumbía ante el español José Manuel Fuente, quien unos días antes de la etapa 20 portaba la maglia rosa. Ese día atacó de lejos y llegó en solitario. Merckx salvaría el Giro por solo doce segundos, contra el joven Gianbattista Baronchelli. Era la penúltima grande de Merckx, quien ganaría en julio su quinto y último Tour.

Luego del paso en el Giro de 1981 con el triunfo del suizo Beat Breu, en 1989 uno de los mejores escaladores de la historia añadiría su nombre en la lista de vencedores en las cimas de Lavaredo. Lucho Herrera, durante el apogeo primero de los escarabajos colombianos, con su estilo ágil, suelto y libre, empujando un desarrollo de 39-23, se confirmaba como el mejor en las montañas. Nadie como él en las alturas, tan solo arrancar ya su cuerpo se distanciaba lentamente de los rivales, con una cadencia fuerte y el cuerpo tirado hacia adelante. Vistiendo la memorable camisa de Café de Colombia, Herrera atacaba a doce kilómetros del final de etapa y transitaba en soledad hacia las cimas de Lavaredo, mirando en el fondo las vertientes todavía en época de nieve. Sostenido en el ritmo, sin sentarse en el sillín, Lucho pasó la meta sin alzar los brazos. A su sombra, a un minuto de diferencia, llegaron Laurent Fignon (quien sería el ganador de ese Giro) y Erik Breukink.

El último paso por Tre Cime fue en 2013. Ese día venció otro grande, Vincenzo Nibali. Fue una jornada memorable para el ciclismo colombiano. Lejos de alcanzar a Nibali, Rigoberto Urán (Sky), Carlos Betancur (Ag2r) y Fabio Duarte (Colombia) se unían para poner paso. Los colombianos se relevaban, trabajaban en conjunto a pesar de pertenecer a equipos diferentes. La nieve una vez más de fondo, la lluvia sobre sus cuerpos, el asfalto liso. Betancur se mostraba al mundo como gran promesa. Duarte relucía la camiseta del equipo nacional, Colombia, y Urán le sacaba segundos valiosos a Cadel Evans para llegar hasta el segundo lugar. En la meta los esperaba una tormenta, un paisaje de literatura para los ciclistas: Nibali ganador y los tres colombianos, en una solidaridad circunstancial, a unos segundos. Todo pasado por la niebla. En la general, Urán segundo y Betancur mejor joven.

Mucha historia para la etapa 20 del Giro 2023. Etapón que encadenó Valparola y Giau (de primera categoría), y Campalongo y Tre Croci (de segunda categoría). Santiago Buitrago corrió con la obligación de guiar, por los Dolomitas, una fuga que se armó subiendo Campalongo, a más de cien kilómetros de la llegada. Cruzando el Giau, el Giro mostraba su dureza de finales de mayo, el infaltable rastro blanco que solo deja asomar algunos espacios de vegetación. El resto, cumbres rocosas que pierden la nieve antes de entrar en la época de verano. En Tre Croci (penúltimo puerto de la jornada) solo cuatro ciclistas (Buitrago, Cort, Dee y Hepburn) soportaban el ritmo. Terreno de transición y preparación para la subida final. Toda la responsabilidad, a priori, caía en las fuerzas de Buitrago, el escalador del grupo. Sin embargo, Derek Gee, atrevido durante todo el Giro, atacó y dejó plantado al colombiano, quien tuvo que regular, respirar profundo y calcular todos sus movimientos. Buitrago tenía a Gee a la vista, lo seguía de lejos, sin desbordarse para llegar a cabeza de carrera. Parecía que Gee podía triunfar, que le bastaba con mantener una cadencia de rodador en la montaña. Pero Buitrago es escalador natural, conoce el momento preciso para cambiar de ritmo. Durante varios kilómetros sostuvo un ritmo de perseguidor cauteloso, midió su fuerza y la del rival, le clavó la mirada en la forma de sus movimientos que empezaban a ser bruscos. Lo tenía, era solo mantener la paciencia en las rampas más difíciles, no sucumbir por exceso de confianza en los dígitos del 18%.  A un kilómetro y medio de la meta, entre la efusividad del público devoto que colmaba las cumbres, aplaudía y alentaba, Buitrago llegó a la altura de Gee, se paró en pedales y le arrancó sin darle la posibilidad de seguirlo. Hasta la meta llegó el ataque definitivo de Buitrago, donde celebró su segunda etapa en un Giro de Italia.

En Tre Cime di Lavaredo el Giro acierta en engrandecer su historia. Cada tanto el pelotón vuelve y renueva el ciclismo de las pendientes imposibles. El público sueña con presenciar en esta subida el renacimiento de días de sobrevivencia pura. Sobre el paisaje de picos que se reflejan en las aguas de los lagos cercanos, los ciclistas van en búsqueda de un lugar de privilegio que permita que sus nombres permanezcan en el recuerdo.