¿Soñar? Esa es la valentía del pequeño héroe, que no pretende más que la gloria de su voluntad. El gregario sabe eso, de allí que disfrute mucho más el logro propio. Se da por los otros y eso le satisface, pero cuando llega la opción personal, la toma como un milagro, como un resquicio para el elogio inesperado.
Escribe / Andrés Esteban Acosta – Ilustra / Stella Maris
A 300 metros del cierre de la etapa 17 del Giro 2022, Santiago Buitrago sorteaba las últimas curvas de la llegada a Lavarone. Compacto, con algunas miradas atrás buscando la certeza de su triunfo, se clavaba en su manubrio, dando la impresión de arrojarse al asfalto. Otra vez la mirada atrás, cada vez a menos metros del final, quizá a 150 de línea de meta. Es válido el temor que no conoce el triunfo. Ahora sí, seguridad total. Llanto, otra vez, como hace algunos días. Este era otro llanto, no sé si más o menos fuerte, otro simplemente, el de la victoria. Más seguridad. Ya estaba cerca el premio. Besó su mano y la apuntó al cielo. Desahogo en forma de lágrimas. Una última mirada, retorno de la duda. Por favor, que nadie se inmiscuya en este asunto: “Ganó Buitrago”.
Abstraído en su emoción, se desprendió de la bicicleta y cayó en los brazos de uno de los ayudantes del equipo. Derrumbado, en un sueño contento y sufrido, no podía detener sus lágrimas. Los brazos compañeros sostenían el peso de su cuerpo. Ya liviano. Ya en paz con su esfuerzo. Ahí está el ciclismo con sus tópicos tan existenciales. ¡Quién no lloraría tras cumplir un sueño de montañas!
¿Soñar? Esa es la valentía del pequeño héroe, que no pretende más que la gloria de su voluntad. El gregario sabe eso, de allí que disfrute mucho más el logro propio. Se da por los otros y eso le satisface, pero cuando llega la opción personal, la toma como un milagro, como un resquicio para el elogio inesperado.
No se trata solo de la etapa. Hay más. Es el Giro completo, las cimas matizadas por la huella del invierno, la insistencia del joven escalador colombiano por darse un lugar en la carrera, las adversidades del camino, las frustraciones de entender que el deseo no siempre se corresponde con la benevolencia de la realidad.
Buitrago llegaba al Giro de soporte, cuidador y servidor de Mikel Landa, su líder. Mano amiga en la montaña, marcador de ritmo. Día tras día, con la aparición de los ascensos, Buitrago hacía digna su iniciación. Las primeras veces suelen ser un salto al vacío: conocer para acumular un poco de experiencia y, tal vez, acertar en el camino.
Quedémonos en el paisaje de la etapa 17: verde opaco, de nostalgia encarnada de los días fríos, de lluvia inminente. La largada se dio en medio de gotas tímidas y constantes. Los espectadores sostenían sus paraguas con una de sus manos, extendiendo la otra para despedir a los ciclistas. En Ponte de Legno el frío curtió —como es debido para los ojos del público y la ilusión de las batallas en la general— las jornadas de altas cumbres. De fondo la neblina, sembrada en la postal de la montaña para ver la salida del pelotón y despedir sus intenciones. Sin tiempo para sacarse la chaqueta, ya los muchachos estaban subiendo. Y sin más espera, llegaron los primeros tirones. ¡La fuga! La fuga constante y triunfal de este Giro. No lo olvido, claro, la neblina: continua, fiel, atravesando los pinares que marcaban el paso de danza armoniosa de los ciclistas.
Los favoritos iban a paso. La fuga se entregaba en empujones y tomaba una distancia considerable. Anticipemos: Buitrago ya estaba en la fuga, numerosa y con proyecciones de victoria.
¿Soñar? Sí, valentía de las heroicidades más mundanas, que aspiran a sobrevivir al esfuerzo y a alzarse sobre las capacidades propias. Pero el destino lleva esa valentía al límite, y a 80 kilómetros del arribo, luego del paso del Giovo de tercera categoría, sorteando una curva cerrada, Buitrago vio en el suelo su propósito valiente. Dolido, rápidamente prefirió olvidar las secuelas de su golpe y volvió a la bicicleta, todavía en calor, para luchar contra sí mismo antes que contra sus rivales.
Ya no se trataba solo de la etapa, de una entre muchas de la carrera rosa. Ya era Buitrago y su etapa, no otra, esta, la de la caída, la de levantarse para demostrar que el triunfo podía ser doble, o más. Por eso caer era una prueba del vencimiento. El primer triunfo ahonda en los dolores menesterosos.
Para que esto tuviera un relato épico (no mientan, algo nos gusta), el caído debía pararse y sobrepasar a todo aquel que se encontrara por delante. Difícil, ¿no? Pero el muchacho sabía lo que quería. Del llanto bien puede seguir más llanto, es casi que la norma. No el mismo llanto, no el mismo motivo, el mismo dolor. Buitrago recuperó, se elevó y fue a reclamar la soledad de las alturas. Gustan estas montañas. Otra vez, no nos mintamos, eso de los escarabajos nos arruga el corazón…
Eran tierras verdes, límpidas, tierras para tragarse todo el aire freso y sentirse repleto. Tierras que miraban los picos de los encadenados, mucho más oscuras, casi siempre herméticas por la cerrazón del día. Y si te descuidabas con el paisaje, que en verdad encantaba, te salían de atrás los ambiciosos. Ojo, concretamente Mathieu Van de Poel. ¡Las locuras que sabe este! A 65,7 kilómetros llegó el primer tirón considerable. Se fue y se llevó a rueda a otros intrépidos. Pasaron el Vetriolo, 11,8 kilómetros al 7,7 %. Mismo paisaje. No defrauda por constante.
La subida a desató a Buitrago. Iba crédulo. Fue por todos. Recuperado de su caída emprendía el reto de llegar a la altura de los primeros fugados. Casi que se trataba de la obstinación del joven, que siente que su vitalidad todo lo puede. Digamos que en este caso es plausible y alentador que esto suceda. Ya ni siquiera importaba el paisaje. Concluyamos que era lindo, de un verde intenso y marcado por la neblina. Final. Buitrago llegó a espaldas de Van der Poel y lo pasó a ritmo, sin darle la más mínima posibilidad de seguirle el rastro. Tenía que dejarlo en la inclinación. ¡Qué lindo se veía dejando regados a esos tan poderosos de otros días! Pero ese día no serían los más poderosos. Ese era el día de Buitrago.
Iba en medio de su pasión intensa. Sin medirse, sin cálculo, como quien presiente la felicidad y se va por ella sin algún asomo de duda. El líder de la etapa apareció en las curvas definitivas de la subida. Gijs Leemreize iba gastando su reserva, ya lo suficientemente inclinado sobre su bicicleta, buscando fuerzas milagrosas que lo empujaran hasta la meta. Sin embargo, Buitrago le llegó a rueda. Con su camisa abierta, como recorriendo los altos que salen de Bogotá —sus altos primeros—, coordinado en sus movimientos, arrancó por el costado derecho de Leemreize, que lo vio a una velocidad imposible, en medio de la gente que colmaba los últimos metros de la subida.
Buitrago coronó el paso por el Monterovere y soltó su Merida. Los segundos aumentaron hasta llegar al medio minuto. Ya era de él la gloria del día. De seguro, por la cabaza del joven escalador colombiano pasaban las sensaciones de la etapa 15, entre Rivarolo Canavese y Cogne. Buitrago persiguió la forma de Giulio Ciccone, exigiendo la respuesta de quienes lo acompañaban en la fuga. Ciccone se fue en solitario, nadie pudo responder a su intento por celebrar de nuevo en los altos de su tierra. A más de un minuto entraba Buitrago, con dolor en su rostro, inundado por la tristeza de las gestas inconclusas. No solo el triunfo es validación del gran esfuerzo. Lo que vale es la entrega convencida. De allí que el llanto de la etapa 15 fuera más el registro de la alegría venidera, el primer paso.
La tarde de Lavarone recibió la descarga del llanto de Buitrago. Elevó al cielo el triunfo contenido, preparado día tras día en la lucha de la fuga. Desatado en su felicidad, pensaba en la frustración pretérita, en las jornadas que labraron, con mayor tensión, el deseo de ser libre y ágil para coronar las cuestas.
Las lágrimas transformaron su rostro. Lo que surge de las entrañas debe ser expulsado conservando su intensidad. Buitrago apenas conoce la victoria en una grande. Todavía es promesa, así que los afanes no deben carcomer sus ansias. Landa, el líder del equipo se acercó y abrazó al muchacho. Los roles se intercambiaron: el gregario recibió los honores del líder.
En el podio se notaba tranquilo. Su ánimo empezó a habitar la serenidad del trabajo bien hecho y premiado —porque lo uno no es certeza de lo otro —. El premio es un agregado que impulsa, pero que no es definición de la labor. Su tranquilidad era de celebración. El llanto queda como relato de las iniciaciones: en unos pocos días, el tránsito del abatimiento a la alegría.
Coda
Dejémosle a las primeras veces solo el compromiso de ser descubrimiento, no las cubramos con ese ropaje de únicas e irrepetibles. La iniciación es solo el conocimiento de un rumbo. En el caso de Buitrago en la etapa 15, el dolor primero es la imagen del esfuerzo que se ve frustrado. Dos etapas después, del dolor nació un nuevo esfuerzo, que pudo ser resistencia o rabia. Así ganó Buitrago su etapa en el Giro 2022, la 17, con resistencia y arrebato, parándose luego de caer duramente, abriendo toda su camisa para recibir la caricia del viento fresco, tomando la rueda de los escapados, atacando en el momento preciso para irse en soledad hasta la meta. El llanto final tiene un rasgo de rabia, como quien tiene una cuenta pendiente con su destino y se pone al día, antes de que el tiempo exija nuevos llantos. Es la rabia del combate, la que ya sabía -hace muchos años- Dino Buzzati sobre el ciclismo: “porque el hombre, si no combate de algún modo, es infeliz”.


