LAS REMEMBRANZAS DEL ESCALADOR

El escalador vuelve al lugar de siempre. Desde abajo el camino parece imposible. Su responsabilidad es primero con el sentimiento propio. Luego viene la sumatoria de metros, el desnivel que llega a puntos de extrema dureza. La montaña es más. El escalador solo puede participar de la inmensidad, a su ritmo, sin sometimientos. 

Escribe / Andrés Esteban Acosta -Ilustra / Stella Maris

La tarea del escalador siempre excede sus posibilidades. La montaña es mucho más que sus fuerzas. La naturaleza no sucumbe a su valor. Puede llegar a la sinergia, a ser una parte del paisaje, pero no someterlo ni adueñárselo. A su esfuerzo le compete estar a la altura del reto, traspasar la línea que separa el ascenso del descenso siendo más que el resto, por lo menos, llegando a la cima sin el dolor común y corriente, sin la descomposición habitual que padecen los ánimos no elegidos ni preparados.

El secreto de la montaña está en el sentido de misterio que conserva. Nunca es la misma. Superarla depende de la conjunción entre la disposición de fuerza del escalador y el permiso que ofrece la cumbre. De allí que el escalador deba pasar por la prueba de la perseverancia, del recuerdo de los secretos de las curvas, del cálculo de las pendientes más pronunciadas, de la preparación para el cambio de temperatura, etc.

No es solo subir la montaña, sino hacerlo con soltura, combatir el vencimiento que asoma con el paso de los kilómetros. El escalador cuenta con un recurso agregado que se define en el momento de mayor agonía: cuando casi todos sufren, él es capaz de aumentar el ritmo y llegar en soledad a la meta.

Pero al escalador no le perdonan la derrota en su terreno. Le perdonan que se quede en el llano, que no sea capaz de superar los abanicos y que pierda su renta en las pruebas de contrarreloj. Todo se le perdona menos el fracaso en la montaña. Allí deja de ser el héroe que supera los pasos más difíciles y se convierte en el derrotado. El juicio público es implacable en este caso. No hay nada que hacer, el rasero es el triunfo y este viene por la dinastía “incuestionable” del éxito.

Luego de las épocas de gloria, de triunfar en el Giro de Italia 2014 y en la Vuelta a España 2016, de ser subcampeón en el Tour de Francia en 2013 y en el 2015 y tercero en el 2016, Nairo Quintana fue llevado al olimpo de los mejores escaladores. Y así tenía que ser.

En 2013 se recuerda su duelo con Froome y Purito Rodríguez en la etapa 20, con llegada en Semnoz. Nairo ganó y cerró un tour de debut soñado, con actuaciones destacadas en las llegadas de Alpe d’Huez y en Mont Ventoux, donde demostró su capacidad de entrega definitiva, hasta vaciarse en esfuerzo por su deber natural de hijo de la montaña. Nairo subía más que todos, se mostraba dominador, serio en su rostro y compacto en sus movimientos.

En el 2015 volvió a ser superior en las montañas, especialmente en Alpe d’Huez, una cima antológica para los colombianos por el triunfo surreal de Lucho Herrera en 1984. Nairo soltó a sus rivales, se marchó en soledad en medio del canal humano de algarabía y correrías que alentaban el movimiento de quien buscaba descontar el tiempo perdido. El esfuerzo fue insuficiente. Arribó a meta a unos cuantos segundos del vencedor de la jornada y no pudo recortar el tiempo necesario para sobrepasar al líder de la carrera. Pero en el pensamiento común estaba acentuada la idea de la destreza casi apabullante del escalador colombiano.

Otros fueron los días menos amenos, con mayores debilidades en los terrenos predilectos. Otras fueron las jornadas de ver cómo se iban los mejores, de no poder seguir la rueda de quienes se disputaban los triunfos de etapa y las carreras. A Nairo se le exigía ser el mejor, solo importaba eso. Y está bien en su contexto, es la dinámica de la exigencia, del logro absoluto. No obstante, se olvida la humanidad del héroe, la fragilidad de su valor, el debilitamiento de las fuerzas, los periodos de recomposición y transición. Se olvida que la victoria también es algo íntimo y renovador.

Nairo siguió conquistando etapas, ofreciendo alegrías en las montañas. Cómo olvidar la etapa 18 del tour de Francia de 2019, cuando surgió de la fuga a 7,3 kilómetros de la meta del Galibier, superando la barrera de los 2000 metros sobre el nivel del mar. Nairo se fue, se perdió por la carretera que cruza abismos de pastos bajos. Se fue Nairo en medio de un cielo opaco, mientras a su espalda, a más de cinco minutos, otro colombiano (Egan Bernal) lanzaba el ataque que le empezaría a dar el tiempo necesario para conquistar la camisa amarilla.

La diferencia ya estaba consumada. El último kilómetro estuvo pasado por la lluvia, para darle mayor familiaridad a las sensaciones del ambiente natal de Nairo, que entró a la línea de meta apuntando con sus brazos el cielo. Lejos de la camisa amarilla, el escalador boyacense vivía sus remembranzas de dominio en las montañas. No estaba perdido para las batallas alpinas o pirenaicas, simplemente la lógica de los ánimos y de la competencia deportiva lleva a que algunas épocas sean mejores que otras. Pero el escalador no olvida su tarea, la recuerda siempre que se empina la carretera y se pone dura para el esfuerzo.

Solo una remembranza de tantas. Pero no pensemos en mero pasado, en traer del ayer una imagen para ubicarla en el presente. No, la labor de Nairo es la de recordar sus principios de vida deportiva, en dejarse la piel por pasar la montaña con solvencia y agilidad.

Eso mismo ha ocurrido en el inicio de temporada 2022. Nairo Quintana ha triunfado en el Tour de la Provence y en el Tour de los Alpes Marítimos. Sí, por supuesto, carreras menores si se comparan con las grandes vueltas, pero el sentido del triunfo también está dado por el estilo del corredor, por la capacidad de sobreponerse a tiempos difíciles, a las críticas que, ciegas, solo pueden ver el deporte como triunfo en la clave de vencedores y derrotados. Nairo volvió a ganar con la épica de su golpe de pedal portentoso, con un latente gusto por el ascenso. El escalador no le teme a la montaña, la respeta y la alaba, la observa más grande que todo lo demás, la venera mientras ella le permite habitarla con honor.

En el Tour de la Provence el campeón del mundo no pudo seguir la rueda de Nairo. Alaphilippe tuvo que resignarse a ser sombra, paso de camino para el colombiano, que se inclinaba en las curvas con seguridad sobre la bicicleta, parándose potente con el propósito de aumentar la diferencia y llegar en la soledad de los grandes escaladores a reclamar su lugar en la cima.

“Va a entrar Nairo Quintana con esta serie de curvas suaves, en el cierre mismo del último kilómetro. Aquí está parado en pedales. Nairo Quintana nos regala una etapa…”. Así se escuchó en la voz de la narradora de la transmisión. Una gloria pequeña, al parecer, pero alentadora para sobreponerse a los momentos menos agradables en las cumbres.

A la semana, de nuevo en territorio francés, en esta ocasión en el Tour de los Alpes Marítimos, Nairo optó por la heroica, por el atrevimiento de atacar lejos de meta y mostrarse definitivamente superior. Dejó atrás a Thibaut Pinot, otro escalador que intenta las remembranzas, y quien esta vez se vio impotente ante el pequeño corredor nacional que doblegó la carrera a sus pies. Luego de pasar la cima, Nairo descendió y dejó atrás a sus rivales, marchándose a reclamar su segunda alegría de la temporada. El narrador de la trasmisión, sin temor de ocultar su euforia, lo gritó así: “¡Inoxidable, inagotable Nairo! Con fortaleza, con autoridad, con ímpetu, con firmeza, con carácter. Orgullo boyacense, orgullo colombiano, orgullo Latinoamérica. Pedalea con el alma, Nairo… Campeón Nairo del Tour de los Alpes Marítimos. Brillante, pletórico, fantástico…”.

El escalador vuelve al lugar de siempre. Desde abajo el camino parece imposible. Su responsabilidad es primero con el sentimiento propio. Luego viene la sumatoria de metros, el desnivel que llega a puntos de extrema dureza. La montaña es más. El escalador solo puede participar de la inmensidad, a su ritmo, sin sometimientos.

Así se ve Nairo, de nuevo: parte de la cima, natural en su esfuerzo.