MARTÍN EMILIO COCHISE: LA ELEGANCIA DEL CAMPEÓN

La hazaña de Cochise en tierras italianas cumple 50 años. Andrés Esteban Acosta trae las remembranzas del campeón que conquistó el valle de Aburrá y el valle alpino italiano con la misma elegancia.

 

Escribe /Andrés Esteban Acosta – Ilustra / Stella Maris

En algo se parecen Varese y Medellín, con la salvedad de la diferencia abismal en el número de sus habitantes. En Varese, los Alpes dominan el paisaje, creando encadenados que se extienden por el macizo del Monte de las flores. En Medellín, la Cordillera central acorrala la ciudad dividida por el río, generando la sensación de encierro. Ambas son ciudades que se descargan sobre la montaña buscando la extensión apacible del valle.

También las une la grandeza del ciclismo, o el ciclismo hecho por los grandes. En Varese, Fausto Coppi triunfó en 1939 en una carrera para corredores independientes. El héroe italiano de la bicicleta del periodo de entreguerras repitió el triunfo en la tradicional competencia de Los tres valles varesinos, ya cuando era el ciclista popular de origen campesino que dominaba los altos alpinos. En 1941 derrotó a Olimpo Bizzi. En 1945 venció a Gino Bartali, quien gozaba de la otra mitad de la heroicidad ciclística de Italia, en una reñida definición al remate, como esas de las épocas remotas, empujando el cuerpo en bocanadas de esfuerzo hacia la línea de victoria. En 1955, Coppi superó en el esfuerzo a Aldo Moser, en una edición única en la historia, por los 100 kilómetros de contrarreloj del trazado.

Varese vio a otros grandes del pedal pasearse victoriosos por sus calles. Bartali en 1938, Eddy Merckx en 1958, Franceso Moser en 1976 y 1978 y Vincenzo Nibali en 2015. Un puñado de nombres que bastan para hacer una historia parcial y bastante italiana del ciclismo.

Por las calles de Medellín, entretanto, en la década de 1950 rodaba Martín Emilio Cochise Rodríguez repartiendo pedidos diversos. Eran los años del dominio antioqueño en las rutas locales, especialmente por las actuaciones triunfales en las ediciones de la Vuelta a Colombia. Cochise debutó haciendo los mandados de la cafetería El Niágara, en pleno centro de la ciudad. Luego maniobró una bicicleta de cajón para la salsamentaria El Colmado, en labores de entrega de parva. Finalmente, se estrenó en la botica de los Isaza, en una bicicleta de mujer, donde destacó como un mensajero veloz y atrevido. Allí surgió un golpe de pedal completo, enérgico y vigoroso, que se estrenó en una doble Medellín – Barbosa, corriendo en una turismera Monark. Pronto llegaría el primer triunfo, trepando a San Pedro de los Milagros. Con los años, Cochise se convertiría en la expresión del ciclismo total en el país.

Al tiempo de su avance en las categorías turismeras y aficionadas, Cochise se hizo a un lugar privilegiado en el ciclismo colombiano de pista y de ruta. Un portento que dominaba en el terreno plano, sacaba diferencias descomunales en las bajadas, sin atisbo alguno de temor, y subía con honor y voluntad siguiendo la huella de los más ágiles.

Hombre portentoso, de pecho inflado y piernas dominantes, Martin Emilio llegó en agosto de 1971 a Varese, Italia, con el fin de disputar la prueba de los 4000 metros persecución del Campeonato del mundo. Para la fecha no era un desconocido. Lucía el registro de cuatro Vueltas a Colombia (1963, 1964, 1966 y 1967) y el récord mundial de la hora para aficionados obtenido en Ciudad de México, el siete de octubre de 1970, con una distancia de 47.566 metros a una media de 24 kilómetros por hora. Además, dándole credenciales a su optimismo para el mundial, había sido dos veces campeón bolivariano (1965 y 1970), otras tres veces en los Juegos Centroamericanos y del Caribe (1962, 1966 y 1970), dos veces campeón panamericano (1967, 1971, la última en Cali a dos semanas de la prueba de Varese); y campeón americano en Medellín (1969). Todo en su modalidad preferida, la de los 4000 metros persecución.

En Varese, Cochise sintió el amor italiano, ese que dicen es infinito por la bicicleta y que se prolongaría por varias temporadas de gregarismo y destellos de grandeza. Se trataba del país que lo vería defender la bella camiseta azul celeste del prestigioso Bianchi – Campagnolo, acompañando con fidelidad a su líder Felice Gimondi.

Concentrado con la delegación colombiana que disputaría las pruebas de pista y de ruta, Cochise salía a rodar al velódromo Luigi Ganna de Varese buscando los secretos del trazado, el ángulo de inclinación en las curvas y las impresiones de sus pedaladas. A su comando estaba el grupo colombiano de pista, seguido de Jaime Galeano, José Ramón Garcés y Jorge Hernández. Daban vueltas y comentaban las ilusiones de medalla, lanzaban chistes para bajar la tensión previa a la competencia y recordaban los afectos desde la lejanía de la patria. Entre distensiones de tertulia y ritmos altos de entrenamiento, crecía una confianza singular que nadie podía disimular.

El mecánico Oscar Moreno preparó con cuidado e ilusión la bicicleta Benotto, que no era especial para la prueba, pero había acompañado a Cochise en sus logros. El cariño suma, más en casos donde el retador se ve en desventaja ante las posibilidades del favorito. Se trata de tener piernas, como se dice, y de poner corazón.

Todo preparado para mover el plato de 51 dientes y el piñón de 15. Con paso seguro, fueron quedando atrás los rivales de las pruebas clasificatorias: adiós a los polacos Mirlan Purzla y Jerzy Glowaky, y al ruso Alexander Bikov. Cochise estaba en la final. Ya había suficientes motivos para la fiesta nacional.

En la jornada definitiva, Ricardo Soto se había encargado de soltar los músculos del corredor. El técnico italiano Claudio Costa daba indicaciones finales para afrontar la competencia. La delegación colombiana se acomodaba en el velódromo con la certeza impaciente del campeonato. El escenario se disponía abierto a la luz. Dejaba entrar una impresión de frescura, con ecos de la lluvia que había obligado a aplazar la prueba el día anterior.

El rival, con pinta de marinillo, era Joseph Fuchs de Suiza, campeón de su país en la prueba de persecución en 1970. Al otro lado, Cochise, luego de preparar su fuerza, masajear sus piernas, relajar su cuerpo, ajustaba sus zapatillas en las correas de los pedales. Potente en su tronco, inflaba el pecho y calmaba la tensión. Encima de su bicicleta plateada y reluciente, veía con expectación la extensión de la pista.

Para el espectador, la imagen del enfrentamiento tenía el encanto de los rivales separados por la obligación de alcanzar a su adversario. Uno tras del otro contra el tiempo. El velódromo se divide en dos, se parte en la labor de los perseguidores que se paran en pedales, ejecutando un instante de equilibrio antes de la orden de salida.

Cochise escuchó la señal de inicio y se abalanzó por la gloria. Su camiseta blanca, de señales tricolor en la mitad y marcada por las letras Colombia en mayúscula, relucía metro tras metro. En cada vuelta se acercaba más a su rival. El narrador Julio Arrastía se confundió en su relato y narró la victoria suiza. Rápidamente corrigió: “Cochise campeón del mundo”.

El tiempo al cruzar la meta fue de 4 minutos 53 segundos y 98 centésimas. Cochise, distinguido y dominador, era campeón del mundo. Además, era héroe, imagen nacional que aglutinaba en su victoria el gozo de quienes no se dejan vencer y mantienen el centro de sencillez para no perder el sentido ante el éxito.

Como si rodara por las calles de Medellín, cruzando el parque Berrío o subiendo las lomas de Manrique, Cochise fruncía su rostro en la felicidad de los humildes que alcanzan la gloria para elevarla a esfuerzo compartido. En el momento de alzar los brazos, a la vez que la Benotto portentosa seguía rodando en el velódromo, se escuchaba el aplauso foráneo que, a pesar de la distancia, dejaba filtrar el júbilo colombiano.

Por un momento, para el público y los organizadores, Cochise volvió a ser Martín Emilio, solo mientras mencionaban su nombre para reclamar la medalla de oro. Erguido, con sonrisa gratificante, el campeón recibió los honores y vistió por primera vez la camiseta arco iris, de las más preciadas del ciclismo.

En Medellín, de nuevo en medio de las montañas que lo vieron crecer, Cochise se paseó triunfal, imponente, vestido de traje para la gratitud de la caravana que lo arropó y lo llevó por sus calles de toda la vida. Los paisajes de Varese quedarían para siempre en su mente, el macizo alpino, el cemento del velódromo, el cielo de la región de Lombardía. Pero su cielo, querido y añorado, era el cielo de la primavera, era el cielo de la ciudad que lo llenaba de elogios, por segunda ocasión en poco menos de un año, ya que el corredor récord de la hora empezaba a denominarse campeón del mundo.

Días después, elegante, con la mirada segura, las patillas largas y una sonrisa sobria, Cochise ostentaba la atención del público de su tierra que se concentraba para verlo en carrera. Contra las rejas, niños y muchachas se deslumbraban con el magnetismo de la camiseta arco iris. El campeón saludaba, introducía sus zapatillas en los pedales y seguía su camino hasta la pista, su lugar.