“La carga es por lo tanto, a la vez, la imagen de la más intensa plenitud de la vida. Cuanto más pesada sea la carga, más a ras de tierra estará nuestra vida, más real y verdadera será.”

-Milan Kundera.

 

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Por: Margarita Rojas Torres

Cuando las palabras son incomprendidas y el redactor se ofusca, se crea la insoportable tarea de convertir lo imposible en lo posible: Dejar perplejo a un público y creer en el eterno uso de las ideas. Sabiendo que aquella tarea es una obligación que se conoce como escritura y que los medios han bautizado como un oficio. Digamos, por tanto, que la impetuosa acción de escribir trae consigo las cargas más pesadas y definitivas, llevando al que las escribe a un pedestal y coronándolo como rey de la gramática, cohesión y coherencia

milan2Pero ¿es aquel oficio un consuelo de las cargas más ridículas del alma? Ése es el motivo por el cual Milan Kundera, escritor checo, apunta hacia la profundidad filosófica para explicar que aquel peso es y siempre será una contradicción que, junto a la levedad, refleja de por sí una incógnita equívoca y misteriosa. Una incógnita que habita en la mente de millares de autores.

Insatisfecho, amargo, decepcionado. Estos y muchos más sinónimos anclan de por sí una realidad que se objeta y se construye, una realidad de la cual se participa y ni siquiera se sabe por qué. Realidades que trazan una línea y se tergiversan, llenando mentes de opiniones arribistas y ambiciosas. Creando una generación de personas negativamente talentosas.

Planteamientos que obligan a la humanidad a cuestionar situaciones irreparables e intocables. Entes desconocidos que no se hilan a la realidad sino que buscan algo más que un simple sentido. Cuando se escribe una obra o se expone una opinión, la parte lúcida y perdida de la esencia humana trata de persuadir la verdad, exponiéndose ridículamente.

No obstante, y por si fuera poco, la inspiración, entendida como el estímulo de creatividad y lucidez, no debe ser una excusa para explicar temas como el reconocimiento y la acumulación de juicios positivos y negativos. Porque, ¿quién es suficientemente capaz de objetar aquello de lo cual no se está seguro? Camuflando aquella palidez intelectual y arribismo literario con el hecho de poseer un talento que lo exonera de las responsabilidades comunes: tales como vivir y dejar hacerlo.

Si algo se expone en Ion -diálogo de Platón-, es aquel bien admirado por las ideas desarrolladas por Sócrates, que no se confiesa más que por las armoniosas palabras que acaba de escuchar. Se reconoce que de buena gana la parte de su oficio, que consiste en recitar poemas, podría ser el resultado de una inspiración divina, porque siente con una extraordinaria intensidad todas las cosas que cuenta, llegando a reír o a llorar según el pasaje que recite una experiencia sensorial, arquetípica y subjetiva.

“En lo que concierne a su segunda misión, que es la de interpretar los poemas y la de hacer el elogio de Homero, afirma que se trata de un verdadero arte que requiere un largo aprendizaje, como cualquier otra ciencia.”. Entonces, ¿es el oficio de escribir un ámbito de estudio o la concretización de un talento?

En el mundo actual se habla sin saber. Lo cual es terrible. Se crea sin haber visto y se engendran el afán y el desdén. Las ideas se ven expresadas en medios y símbolos que confunden y alteran el verdadero sentido de un oficio que, por miles de años, ha representado una sociedad inconforme y observadora. Concretando el peso como el factor máximo y dejando la levedad con el yugo que se conoce como talento. Introduciendo una irrealidad en la proximidad del ser. Una irrealidad incapaz de ser removida de los ámbitos más absurdos del oficio y el talento.

“¿Cómo vivir en un mundo en el que uno no está de acuerdo? ¿Cómo vivir con la gente si uno no considera suyas ni sus penas ni sus alegrías? Si sabe que no es parte de ellos…” –La inmortalidad, Milan Kundera (1988).