NO HAY MANERA DE NO HACERLO

El ritmo y tiempo circular de la naturaleza que se repite una y otra vez, como si ese fuera no solo su propósito sino su secreto.

 

Escribe / Pablo Felipe Arango – Ilustra Stella Maris

Voy a volver a repetirme, no hay manera de no hacerlo, en eso consiste la vida y obviamente la literatura. Una y otra vez lo mismo, hasta que al final, de repente, o después de algo más o menos trágico y maluco, todo se interrumpe. Pero antes, todo igual, apenas con un breve y fugaz cambio, uno que, justamente, por su condición fugaz confirma la eterna repetición.

Hace quince días, apenas unos minutos después de haber mandado la columna por Twitter, un amigo, que además estaba interno en un hospital por cuenta de la actual pandemia —que es, también, una vuelta nada novedosa en nuestra existencia como especie—, me escribió: “¿Ya no habías escrito esta columna, Pablo?“.

Claro que la había escrito, y es muy probable que la vuelva a escribir muchas veces más, al igual que otras columnas, pero esta sin duda, y muy especialmente porque el polvo es un asunto que provoca un encanto y una inquietud especial. Recuerda Azrael que: polvo eres y en polvo te convertirás, así que, incluso hablar del polvo es apenas un eufemismo para referirnos a la muerte o a la brevedad de nuestra existencia, y desde que el hombre ha sido consciente de serlo esa ha sido su mayor preocupación, quizá la única. Incluso la de aquellos que manifiestan no tenerla.  Todo, absolutamente todo, existe, o es pensado, o creado, o dispuesto, en función del convencimiento que nos asiste de que somos mero polvo, así que él en sí mismo es una repetición, y la manifestación que de él hacemos, igual.

Pero volvamos a la declaración de que la columna pasada ya se había escrito, y al reconocimiento de que es así, porque es así.  Es decir, sé que doy vueltas en el mismo círculo en el que dan vueltas las pocas ideas u obsesiones que me emocionan y atormentan, como imagino que sucede a todos, porque no hay forma de escapar de ellas, ni deseo de hacerlo, y porque es además una imposibilidad absoluta. No relativa, no, sino absoluta. Y para colmo vuelvo a algo que ya había narrado, la historia del vendedor de cigarrillos del cuento de navidad de Paul Auster, que todos los días, a la misma hora, tomaba la misma foto de la esquina de su local. El cuento luego lo incluyó Auster —repitiéndose y haciendo una especie de metaliteratura que tanto le gusta a mi amigo crítico— en el guion de la película Smoke, que transcurre además en las mismas calles de Brooklyn donde transcurren los días del escritor, y casi exclusivamente en la esquina fotografiada por el cigarrero, que en algún aparte dice al narrador: “mañana, mañana, el tiempo mantiene su ritmo…”.  El ritmo y tiempo circular de la naturaleza que se repite una y otra vez, como si ese fuera no solo su propósito sino su secreto. “No dejaremos de explorar/ y el fin de toda nuestra exploración/ será llegar a donde empezamos/ y conocer el lugar por primera vez”, son los versos casi finales del último de Los cuatro cuartetos de T.S. Eliot, que, además, unos versos antes, había declarado: “El polvo en el aire suspendido/marca el lugar donde una historia acabó/ El polvo inhalado fue una casa/ la pared, el zócalo y el ratón”.

Así, condenados y dichosos a una eterna repetición, nos vamos apenas balanceando, tal como las olas, o como las espirales de Fibonacci, que son precisamente la máxima aproximación al infinito, el único que nos es posible, aquel que se va sumiendo o dispersando a partir de la repetición, hasta la concentración o la dispersión absoluta. O como los espejos, que más que reflejarnos nos repiten, como sugirió Borges. En cualquier caso, es lo que parece querer el espíritu del hombre desde siempre, y lo que el arte ha reflejado.

@PabloFArango