NUEVAS BANDAS SONORAS

Igual que los individuos, las sociedades forjan un cancionero que les sirve para fijar en la historia la marca de sus desvaríos.

Escribe / Gustavo Colorado Grisales – Ilustra / Stella Maris

 

Toda vida tiene su banda sonora. Una canción o un puñado de canciones que resuenan, allá al fondo de la memoria, mientras vamos por el camino. Son ellas las que nos narran lo más esencial de nosotros mismos, desde lo más sublime hasta lo más terrible.

En gran medida, esos relatos hechos canción le dan sentido a la travesía. Y cuanto más anónima y simple es la vida, más hondas y bellas suelen ser las canciones que la acompasan. Siempre han estado y estarán allí para darle ritmo y palabras al milagro de estar vivos.

Cuentan que, en su tránsito hacia el infierno que los aguardaba en América, los esclavos africanos hacinados en barcos negreros se cantaban canciones que los devolvían por un momento al corazón de su tierra. Más tarde harían del tambor una manera de recuperar los latidos de ese corazón.

Para los argentinos, desembarcados de todos los rincones del planeta, el tango fue su poética temprana: siempre hay alguien “con la frente marchita” que anhela volver a todas partes y a ninguna, porque la aldea añorada no existe ya. Apenas si alienta en esa trampa mortal llamada nostalgia.

No es casualidad que esa música del Río de la Plata haya echado raíces tan profundas en lo que hoy se conoce como Paisaje Cultural Cafetero. En la zona de la colonización antioqueña y caucana se asentaron las familias que un día partieron, empujadas a partes iguales por la ilusión y la necesidad. Buscaban tierras para garantizar la subsistencia de su prole bíblica y en su éxodo hicieron suyas esas canciones que luego recrearon, a su modo, en la voz de cantores tempranos acompañados de tiple y guitarra.

Entre nosotros fue don Luis Ramírez, conocido como “El caballero Gaucho”, quien expresó de manera más certera ese sentimiento de desarraigo: “Quiero traerte de mí tierrita/ la cosechita que ya está en flor” canta, cantaba desde La Virginia, puerto fluvial del que nunca quiso marcharse, aunque era conocido en medio mundo, gracias a los colombianos que emigraban a Estados Unidos o Europa.

El narrador de Cien años de soledad dice que a Úrsula Iguarán nunca se la oyó cantar. Pero es apenas un decir: estoy seguro de que esa mujer sabia y tenaz se cantaba a sí misma, en el más completo silencio, melodías aprendidas de sus antepasados de la sierra, que le ayudaban a entender y soportar los delirios de su prole.

En medio del estupor alcohólico, el cónsul de Bajo el Volcán repetía a modo de mantra que “No se puede vivir sin amor”. Y la única prueba palpable de la existencia del amor son las canciones que lo exaltan o maldicen desde los tiempos del rey Salomón hasta nuestros días. Para probarlo basta detenerse en el hiperbólico mundo del bolero, cuyos autores trazan toda una cartografía del cuerpo humano devenido metáfora.

Igual que los individuos, las sociedades forjan un cancionero que les sirve para fijar en la historia la marca de sus desvaríos. ¿Han pensado ustedes en el sentido que tenía la presencia de bandas de músicos que acompañaban las campañas militares? No se trataba sólo de animar la marcha: en el fondo, la omnipresencia de la muerte se hacía más soportable con esos ritmos que, por añadidura, ayudaban a marcar el paso.

Siglos después, los soldados norteamericanos enviados al matadero de Vietnam llevaron en su equipaje casetes con canciones de Jimi Hendrix, Creedence Clearwater Revival, Jefferson Airplane o The Rolling Stones. Esas músicas dolientes animaban un rescoldo de esperanza en medio de la devastación.

Las revueltas políticas de los años sesenta, herederas a partes iguales de los existencialistas, de Karl Marx y del Jesucristo más humano, tuvieron su Brassens, su Becaud, su Johnny Hallyday, su Joan Báez y su Bob Dylan. En América Latina esas revueltas hicieron de la utopía su seña de identidad, anclada en el anhelo de una sociedad más justa. A ese propósito se sumaron grupos y solistas que le añadieron charangos, quenas y flautas andinas a los instrumentos llegados de Europa siglos atrás: era su manera de tender puentes entre pueblos tan disímiles.

En las protestas de nuestros días no hay utopías. Mirándose en el espejo de sus padres y hastiados de tantas promesas incumplidas, los muchachos del siglo XXI piden cosas concretas: oportunidades de empleo y educación, así como mayor participación en el reparto de los recursos en sociedades marcadas por la concentración de la riqueza en medio de la absoluta miseria.

De ahí que en medio de las marchas hayan cobrado nuevo vigor los cancioneros urbanos surgidos en las barriadas marginales de las grandes ciudades, entre ellos el rap, el hip hop, el reguetón más politizado y el punk. Nacidos en las barriadas obreras de sociedades hiperindustrializadas, los punkeros nunca se concedieron esperanza alguna. El No futuro fue su consigna y la resistencia su único credo. Por eso eludieron todo tipo de sofisticación. Todo su arsenal estaba compuesto de guitarras eléctricas, bajos, batería y voces que eran y son en sí mismas formas de la desesperación. Es la música que hubieran cantado los poetas malditos franceses de haber nacido un siglo más tarde.

Detenerse en esas músicas puede ayudarnos a entender mejor el sentido de las más recientes protestas. Esa insistencia de los muchachos en su “No tenemos nada que perder” se parece bastante a lo que cantaba The Exploited allá por la década del setenta del siglo anterior. Y eso constituye de entrada una buena pista.

 

PDT. les comparto enlace a la banda sonora de esta entrada