El papel se desliza con suavidad por el rodillo, la tinta permanece fresca y Mila sigue merodeando en su mente.

Por: Steph Tabares
Mila despierta con grandes gotas de sudor en la cara, sus manos heladas y dedos arrugados sostienen fuerte la almohada mientras la lleva a su boca para no despertar a Mike P. Por tercera vez el mismo sueño, el eco de once disparos es el momento sempiterno que se repite en su cabeza cada noche.
Generalmente llega a casa en la tarde, entre pasos sigilosos aparece Neptuno, el gato que con delicadeza soba sus pies. Cuelga el gabán, ordena los pliegues de la falda y Mike P, con ojos somnolientos observa y dice: “hoy estás más roja y menos humana”, Mila no comprende y responde: “hoy estás más papel y menos humano”. El cruce de palabras termina cuando ella busca frenética cigarros y encendedor. Mientras la cafetera prepara el café, cinco cigarrillos se esfuman en su boca y Mike P, sentado en frente sin pronunciar palabra alguna, repudia el olor “bohemio” del tabaco, ese humo para desesperados.
Once de la noche. Mila está ausente: de nuevo ciento veintiún escalones asimétricos, once pisos y veintiún ojos que miran estupefactos el momento de la decisión. El cuerpo de Mila está cubierto por una túnica de ojos humanos que supuran sangre, los pies descalzos, aporreados y callosos rozan el tercer escalón del primer piso mientras sus manos sostienen un fusil Chassepot calibre once.
El cíclope la observa desafiante al tiempo que pronuncia “mátame”, ella mantiene el arma en sus manos temblorosas y hace gesto dubitativo. A punto de disparar, recuerda el hombre herido que siempre aparece en el sueño y lo tormentoso de cada despertar.
Mira la túnica con rapidez, desprende once ojos al tiempo que piensa: “NO LOS MATO/ LOS MATO/ NOS LO MATO/ LOS MATO/ NO LOS MATO/ LOS MATO/ NO LOS MATO/ LOS MATO/ NO LOS MATO/ LOS MATO/ NO LOS MATO”. De inmediato reacciona, suelta el fusil, detalla el lugar: piso once, una puerta. Opta por subir; no lo duda, cierra sus ojos, imagina la salida, sube con temor cada escalón y con arduo esfuerzo, evade a los hombres que ocupan cada piso. Al llegar a la puerta, ve colgado el fusil que había soltado. Esta vez lo sostiene con firmeza y apunta para disparar, aunque intenta cambiar el destino del sueño, el aroma a pólvora recién calcinada y la tinta roja que rueda por los escalones, se convierten en el instante sublime del caos.
Once disparos, once pisos manchados de un líquido denso color escarlata, el humo del fusil recién usado y una mujer paralizada que intenta huir, son el “fin” de un sueño que no tiene fin.
Mientras Mila abre sus ojos y pestañea, en una habitación desteñida por el tiempo, Mike W, un hombre de cabello plateado, ojeras prominentes, lentes ovalados, dedos de literato y aliento nocturno, punza con impaciencia las teclas de la maquinilla “NO LOS MATO/ LOS MATO/ NOS LO MATO/ LOS MATO/ NO LOS MATO/ LOS MATO/ NO LOS MATO/ LOS MATO/ NO LOS MATO/ LOS MATO/ NO LOS MATO”. El papel se desliza con suavidad por el rodillo, la tinta permanece fresca y Mila sigue merodeando en su mente.

