La palabra “guerra” ha sido manoseada tanto por la derecha como por cierta izquierda para justificar una serie de acciones violatorias de los derechos humanos tales como intervenciones armadas, matanzas, crímenes de lesa humanidad y persecuciones políticas.

Por Wooldy Edson Louidor

En la página web del actual presidente mexicano Andrés Manuel López Obrador se puede leer una llamada versión estenográfica de una conferencia de prensa que fue organizada por ese jefe de Estado, el pasado 14 de junio, para “informar sobre el plan para atender al flujo migratorio por nuestro país con el propósito de evitar la confrontación con el gobierno de Estados Unidos”. 

Más de un mes después, vuelvo sobre esta conferencia, a raíz de la cual el mandatario recibió fuertes críticas por parte de sus acérrimos opositores, quienes lo denunciaron por defender los intereses de los países centroamericanos en detrimento de los intereses mexicanos al haber anunciado un plan para “impulsar el desarrollo, actividades productivas, crear empleos, bienestar [en Centroamérica], para que, de esta manera se dé una solución de fondo al fenómeno migratorio”. También recibió “jalones de oreja” por parte de quienes lo acusaron de “bajar la cabeza” ante Estados Unidos y, en cambio, mostrar los dientes e incluso “morder” a migrantes y refugiados en la frontera sur con Guatemala por medio de una serie de acciones inhumanas contra estos extranjeros centroamericanos, cubanos, haitianos y africanos. 

En este artículo propondré más bien un ejercicio criptográfico orientado simplemente a excavar una línea argumentativa de la actual administración mexicana en materia migratoria para desencriptar uno de sus reductos más resguardados, a saber, la palabra mágica “guerra” –junto con su retórica-. Mostraré cómo esta ha sido usada concretamente por el secretario de las Relaciones Exteriores Marcelo Ebrard como un escudo para defenderse en los debates migratorios. Para lo cual, analizaré puntualmente las intervenciones de este canciller, quien fue invitado por su jefe a explicar en esa conferencia la respuesta gubernamental ante el complejo reto migratorio y, en particular, las amenazas del presidente Donald Trump de imponer aranceles a los bienes provenientes de México si “no se remedia el problema de la migración ilegal”. 

Una palabra manoseada tanto por la izquierda como por cierta derecha

Vale subrayar que la palabra “guerra” ha sido manoseada tanto por la derecha como por cierta izquierda para justificar una serie de acciones violatorias de los derechos humanos tales como intervenciones armadas, matanzas, crímenes de lesa humanidad y persecuciones políticas.

Guerra económica, guerra comercial, guerra del bien contra el mal, guerra contra el terrorismo o el comunismo e incluso contra el capitalismo: existe un sinfín de pretextos -unos más y mejor argumentados que otros- que han sido utilizados por un gran plexo de gobiernos para orientar y a veces intentar clausurar el debate público y así defender a menudo lo “indefendible”. 

En el caso concreto de la nueva administración mexicana, su uso de la retórica de la guerra en el tema migratorio es sobre todo defensivo, ya que se ha servido de ella para “escudarse” en los debates en torno a su respuesta frente a las mencionadas amenazas del presidente Donald Trump. El mismo jefe de Estado mexicano ha hecho innumerables referencias a la noción de guerra para sustentar dicha respuesta: 

“Podemos perder, pero también podemos ganar, pero el tema aquí, lo importante, es que no queremos la guerra, aunque la podamos ganar, porque la guerra no es opción, no es alternativa y nosotros no somos guerreros. No vamos a dirimir diferencias con el uso de la fuerza, nosotros apostamos a la política y la política, entre otras cosas, se inventó para evitar la guerra, para evitar la confrontación. Esa es nuestra vía. Y por eso celebramos que actuando de esta manera se haya logrado un acuerdo inicial que nos permitió evitar la confrontación”.

¿Por qué este uso y abuso de la palabra “guerra” por parte del gobierno mexicano en la argumentación de su respuesta? ¿Es la mejor manera de argumentar? ¿O es un pretexto para escudarse ante las críticas de los opositores e incluso de los valientes amigos del presidente, por ejemplo Porfirio Muñoz Ledo, y de tantas personas e instituciones de buena voluntad, por ejemplo, la iglesia católica, académicos, grupos de la sociedad civil y defensores de derechos humanos? 

Aún más: ante el doble hecho de que 1) la frontera sur de México se ha convertido progresivamente en un muro vergonzoso, por culpa de las medidas de endurecimiento migratorio del actual gobierno incluyendo la militarización, y 2) Estados Unidos usa la frontera norte del país como si fuera la de un tercer país seguro de hecho (aunque no de jure)  a donde transfiere a cada vez más solicitantes de asilo (a pesar del júbilo del ministro Ebrard tras su reunión, el 21 de julio con el secretario de Estado de Estados Unidos Michael R. Pompeo), ¿no sería el momento oportuno para problematizar dicha respuesta y, por lo tanto, revisar e incluso desechar el argumento de la guerra que la escude? 

Un contexto difícil para el gobierno mexicano

El contexto en que se encuentra el gobierno mexicano es extremadamente complejo. Por un lado, le ha llegado a partir del año pasado un gran flujo migratorio globalizado sin precedentes desde Guatemala, con migrantes y refugiados centroamericanos, caribeños, africanos e incluso asiáticos; muchos de ellos son niños, adolescentes, mujeres, víctimas de trata, entre otras poblaciones vulnerables. Por el otro, ha sido muy presionado por el presidente estadounidense Donald Trump para detener este flujo migratorio. 

Como consecuencia de ello, las fronteras norte y sur de México han sido objeto de severos problemas humanitarios y humanos que un gobierno tan nuevo y -en algún sentido- inexperto no ha podido solventar del todo. Además, el ser vecino del país más poderoso del mundo, dirigido por un presidente anti-inmigrante e incluso xenófobo como Trump, le ha complicado enormemente la tarea. 

La gota que colmó el vaso fue cuando, a finales del pasado mes de mayo, Trump amenazó oficialmente con aumentar progresivamente los aranceles sobre los bienes provenientes de México, en caso de que “no se remedie este problema de la migración ilegal”. En un comunicado oficial emitido por la Casa Blanca, él acusó directamente a México de tener “una cooperación pasiva para permitir esta incursión masiva”; la cual sería perjudicial para “la seguridad nacional y la economía de los Estados Unidos”. 

Ante esta amenaza, ¿qué hacer? México intentó reaccionar con el mayor tacto posible. La conferencia matutina del pasado 14 de junio a la que aludimos era el momento nacional clave para que el gobierno mexicano explicara y justificara su “prudente” respuesta por medio de su secretario de Relaciones Exteriores, quien había negociado unos días anteriores un acuerdo con Estados Unidos. El personaje principal del evento era Ebrard, quien de hecho inició con su discurso.

 

Lo poco que duró el argumento del canciller

De manera puntual, este alto funcionario, con un lenguaje militar más afín a la defensa que a la diplomacia, anunció el “despliegue de la Guarda nacional”, “conformada por diversos elementos de diferentes orígenes: Policía Federal, la Policía Militar, la Policía Naval; y en este caso van a ser complementados con elementos de la Defensa y de la Secretaría de Marina”. El canciller se transformó de repente en un militar, quien dejó claro la decisión de militarizar la frontera sur con Guatemala para “regular el flujo”. Sin embargo, no usó (hasta allí y en este contexto de la frontera sur) la palabra “guerra”.

Aún más, frente a la postura de Estados Unidos, que le dice al gobierno mexicano «una sola opción: “o aceptan lo que nosotros decimos o el lunes hay imposición de tarifas”», y dadas las actuales relaciones de fuerza comerciales no tan favorables a la economía mexicana que “depende 80 por ciento de ese comercio, [mientras que] la de Estados Unidos 15, ¿quién crees tú que va a ganar la contienda comercial?”, Ebrard concluye que México debe apegarse al principio de la realidad. El canciller se hizo todo un político realista, aplicando lo que los alemanes llaman la “Realpolitik”. Tampoco utilizó allí la noción de guerra. 

Sin embargo, ante la pregunta de un “interlocutor” sobre lo que este diplomático -quien cumplió hasta allí a la perfección su rol de estratega- pensaba acerca de esta intervención crítica de Porfirio Muñoz Ledo en Tijuana: “lo que es en mi criterio inmoral e inaceptable es el doble rasero entre la frontera norte y la sur. Por una parte, exigimos que nos abran las puertas; y por el otro lado sellamos el paso de los centroamericanos para hacerle un oscuro favor a los Estados Unidos”, el funcionario se tambaleó.

El mismo interlocutor puso el dedo aún más en las llagas al cuestionar también a Ebrard respecto a la siguiente afirmación que, en una entrevista con la periodista Carmen Aristegui, Porfirio Muñoz Ledo había planteado: “este acuerdo de México con el gobierno de Trump nos regresa a un estado colonial”. 

Ante esta crítica incisiva que no vino de los detractores y opositores de la llamada Cuarta Transformación sino de alguien [y no cualquiera] del mismo partido de izquierda Morena [del mismo presidente], el canciller, perplejo y acorralado, no tuvo más remedio que recurrir una y otra vez a la palabra mágica “guerra” y a su retórica para salir del apuro. No encontró más opciones, más argumentos, más armas de la “dialéctica”: utilizó el escudo que casi nunca falla, desde aquellos tiempos de la llamada “guerra santa”.

La guerra como escudo

Explicó que “lo que va a pasar en México, si permitimos eso, es una crisis como las que hemos tenido pero impuesta desde afuera; en este caso no sería una crisis generada por nosotros, sino impuesta por la guerra comercial desde Estados Unidos”. Pero, entiéndase bien: el problema no es tanto la crisis [lo cual sería algo bastante normal], sino la guerra comercial desde Estados Unidos. 

El paso del lenguaje económico de crisis al militar de la guerra (que seguramente México perdería, según el canciller, aunque el presidente -más bien atrevido, irrealista o provocador, quién sabe- piensa que sí se podría ganar) infunde miedo y prepara a todos los mexicanos para que acepten cualquier acción tendiente a evitarla. México puede superar una crisis generada por el mismo país, una crisis desde dentro (una de tantas que tuvo en el pasado), pero ¿cómo puede detener y menos ganar una guerra comercial con un enemigo tan poderoso? ¿Una guerra desde fuera? ¿Una guerra desigual? 

Ebrard profundizó más en la retórica de la guerra: “entonces, evidentemente alejar la posibilidad de una guerra comercial es lo que tenemos que lograr en beneficio de todos los mexicanos”. Ante este peligro o amenaza que pende sobre todos los mexicanos, toca evitar toda posibilidad de una guerra comercial. Una vez descartada esa guerra, ahora sí México se puede meter “a una discusión migratoria”. 

Volvió el interlocutor antes mencionado a la carga, recordando que Porfirio Muñoz Ledo había denunciado la absorción de las atribuciones de la Secretaría de Gobernación por “la Secretaría de Relaciones Exteriores, que ayer dio órdenes al comisionado de Migración a las 5 de la tarde, violando la ley interna para satisfacer una demanda de Estados Unidos” y también había señalado que “la conexión entre lo económico y lo migratorio es obvia, nos están apretando las tuercas no sólo con los aranceles”.

Otra vez, el canciller tuvo que volver a la retórica de la guerra evitando los puntos en cuestión -la militarización de la respuesta mexicana a la migración y sus excesos en la frontera sur y la evidente conexión entre lo económico y lo migratorio en la demanda de Trump y en la correspondiente respuesta del gobierno de Andrés Manuel López Obrador-: “¿Qué ganamos con una guerra comercial que vamos a perder? ¿Qué ganamos con aranceles del 25 por ciento? Pues colapsan la economía”. 

Al borde del sofocamiento, propone una interpretación bastante confusa de lo que supuestamente “está diciendo Estados Unidos” a México, a saber: «”¿Sella tu frontera?”. No. Lo que está diciendo es: “el flujo migratorio en los últimos cinco años ha estado en una media, porque está creciendo 300 por ciento cuando tu ley dice que la tienes que aplicar”. Entonces, ese es el punto». 

Es decir, según la interpretación del funcionario, Estados Unidos le está simplemente indicando a México que ha aumentado demasiado el flujo migratorio proveniente de Centroamérica y, por lo tanto, debe aplicar su propia ley para regular dicho flujo y, si no -podemos deducir-, Estados Unidos le va a sancionar; por lo que México, por su propio bien y además para evitar una guerra comercial con Estados Unidos y un colapso económico (que sería perjudicial para todos los mexicanos), debe hacer lo que le pidió el gran vecino del Norte -que, en el fondo, es lo que le dicta la misma ley mexicana-. ¡Qué sofismo tan rebuscado!

Hora de que México busque una mejor respuesta migratoria  

Podemos ir más lejos indicando que la sanción con la que amenaza Trump a México es muy clara: “las tarifas se incrementarán gradualmente hasta que se remedie el problema de la inmigración ilegal”. 

¿Quién definirá cuándo se remedia este problema migratorio? ¿Qué tendrá que hacer México para que se considere que ya se remedió dicho problema? ¿Qué tendrá México que sacrificar para que Trump se sienta por fin satisfecho? ¿Por qué México tiene que remediar en semanas y meses un problema que Estados Unidos no ha podido solucionar en años y décadas? ¿Quién manda en México? ¿Cómo impulsar el diálogo con Estados Unidos pero sin perder soberanía, autodeterminación, dignidad?

Evidentemente, la retórica de la guerra no da elementos de respuesta ante los avatares de esta relación “colonial”, “subordinada”, “subalternizada” o “incómoda”, “pragmática”, “realista” -llámese cómo se quiera llamar- de México con Estados Unidos ante una problemática tan compleja para ambos países. Dicha retórica le permite solamente al gobierno salirse del apuro en algunos debates migratorios, escudándose, poniéndose a la defensiva y haciendo malabarismos.  Pero el problema de fondo permanece: la frontera sur ya es un muro vergonzoso y la frontera norte es de hecho la de un tercer país seguro para Estados Unidos, un territorio donde millones de migrantes mexicanos sufren cada vez más de una política migratoria racista, xenófoba, hostil y violatoria de los derechos humanos.  

Ante esta cruda realidad, es importante que el actual gobierno mexicano abandone la retórica de la guerra y, más bien, mejore sus argumentos frente a los críticos a sus medidas migratorias en las fronteras norte y sur, afine las estrategias en las negociaciones con el intransigente vecino del Norte (que utiliza una agresiva diplomacia económica, financiera, arancelaria con amenazas de sanción) y, sobre todo, impulse un amplio diálogo social incluyente y respetuoso -sin descalificar a nadie- con todos los sectores y actores implicados para buscar una mejor respuesta, es decir: para un país que es de origen, tránsito y destino.