EL CARRITO DE HELADOS

Escribe / Alejandra Torrijos – Ilustración / Dall-e – Intervención / Sandra Bejarano

Hay dos notas que parecen incrustarse en mi cabeza. Una seguida de otra. Como si dos dedos tocaran nervios en el cerebro, como tocando un piano. Me estimulan y me llevan a otra parte. A la infancia. A un momento triste.

El Mi y el Re sostenido se repiten en la intro de Para Elisa (Für Elisa), una melodía compuesta en 1867 por Ludwig van Beethoven, eso se cree, pero es confuso. Las partituras las encontraron después de su muerte y el músico Ludwig Nohl les hizo un arreglo. Son más de dos minutos de una melodía suave, repetitiva, que en algún momento agarra velocidad, fuerza y un tono más claro, pero ya es tarde. Ya hay una inmersión en la melancolía, en un desespero y ningún cambio de ritmo da esperanza ni alivio.

En Bogotá conocemos bien el inicio de esa melodía, es una canción que anuncia el fin de algo. El fin de la tarde, el fin de las vacaciones o de ese clima cálido parecido al verano. Los carritos de helados, que son un triciclo de carga, pasan por los barrios a la tarde, antes de que el sol se vaya. Tres ruedas, una atrás, dos adelante que soportan un contenedor amplio de madera, donde está la neverita con los helados. Un toldo de plástico protege al helado y a quien conduce del sol. 

Los conos están en un estante de vidrio y alrededor hay salsas de mora, fresa, chocolate. Conos de un sabor, dos o hasta tres, la salsa derramándose y un cuadradito de galleta enterrado en alguna de las bolas de helado. Los sabores tradicionales, vainilla, chocolate, fresa, arequipe. Chicle, ron con pasas. Un megáfono en el techo del triciclo repite la melodía de “Para Elisa”, pero una versión distorsionada de teclado sintético. La melodía suena en loop, una y otra y otra vez para avisar que el carrito de los helados había llegado y con él venía el fin de la tarde.

Hay sonidos que nos llevan a instantes, que nos modifican los recuerdos y nos producen sensaciones. Es por su capacidad de evocación y su carácter impredecible. El sonidista Vasco Pimentel, que ha trabajado en algunas de las películas de Wim Wenders, lo resalta en el perfil que le hace Sabrina Duque para Etiqueta negra: “Es por el potentísimo poder que tiene el oído —y ningún sentido más— de suscitar la fantasía, los temores, los recuerdos […]”. 

En mí, el “Para Elisa” distorsionado del carrito de helados suscita el fin de algo. El fin de la tarde, pero también el fin de una posibilidad. En mi adolescencia volvía a las dos y treinta de la tarde, almorzaba e intentaba hacer algo con el tiempo. Dormir una siesta, ver la novela del momento, chatear en el recién llegado Messenger.

Las tardes las pasaba sola en una casa grande. El sol calentaba la madera del techo y del piso. Entraba por las ventanas, pintaba rayitos de luz. La casa estaba limpia, grande, iluminada. Mi tiempo parecía quieto, pausado. Yo contemplaba la tarde, cómo pasaba por entre la casa en forma de luz, cómo se iba de a poco. Hasta que daban las cinco y llegaban los rumores de “Para Elisa”. Nunca compré un helado, nunca fui tras el carrito, solo lo escuchaba, lo veía pasar y llevarse la tarde.

Un día más sin la tarea hecha, sin la lección aprendida. Un día más en el que empaqué los libros y cuadernos de las materias del día siguiente, un día más en que no leí. Un día más de no saber qué hacer con mi tiempo, de sentirme culpable por ello. De pasar la angustia de no salir tras el helado, pero tampoco hacer nada en casa con ese tiempo en el que no perseguía al carrito.

Hice una historia en Instagram, mostraba al carrito alejarse y hacía una pregunta ¿no es esta una canción triste? Algunos amigos me dijeron que les recordaba la imposibilidad de salir corriendo tras del carrito, no por ganas. Cuando eran chicos eso era algo indebido, el carrito quedaba en un afuera peligroso, al otro lado del cerco. A otros el carrito les recordaba que no había dinero para helados, o para otras cosas. A otros les recordaba la prohibición del dulce, les recordaba que faltaban días y horas para hacer lo que solo se podía hacer en fin de semana: comer helado, pasar la tarde.

Ahora de grande vuelvo a Bogotá, a la casa de mis padres. Vengo de vacaciones. Observo el que solía ser mi cuarto. Están algunas de las que fueron o son mis cosas. La cama, la mesa de noche, la biblioteca, el clóset, la mesita de TV. Esos muebles guardan mis objetos del pasado y los objetos a los que mi mamá les ha ido encontrando lugar: un equipo viejo, libros o revistas, ropa, sábanas.

Pongo mis cosas, las de ahora donde puedo, no quiero incomodar al pasado ni a lo que fue tomando lugar en este presente. Mis libros, los regalos que traje y no he podido entregar, mi ropa, mis maletas. Es una habitación entre olvidada y congelada en el tiempo, se quedó en el 2013. Tiene el decorado de cuando yo vivía acá a mis 25 años. Los libros que leía en la adolescencia, regalos de mis novios de esa época. Fotos de mi primera perra que ya lleva 13 años muerta. Es un cuarto que se resiste al tiempo, a mi ausencia. Un cuarto que espera que yo regrese algún día. 

Cuando me fui de Bogotá hace 10 años, iba a hacer una especialización, me demoraba 2 años y volvía. Me fui quedando en Buenos Aires. Allá vivo en un monoambiente y me espera una gata. Tengo una biblioteca con libros nuevos, de este tiempo. Cosas que he ido comprando: un sofá, una mesa chica de comedor, un escritorio, una cama. Ese es mi hogar.

Me digo que mi vida ya está allá, pero me cuesta terminar de aceptarlo. Fantaseo con que si mi vida estuviera acá, en mi país, estaría más armada. El departamento sería más grande, el comedor más firme, el sofá más abullonado. Me pregunto cuándo se irá esa sensación de tener la vida a medias, a medio armar. De tener un pie allá y otro acá. Ya tengo 35 y me hago preguntas: ¿Seré madre? ¿Me volveré a enamorar? ¿Encontraré una pareja? ¿Escribiré el libro que, como me dijo una amiga escritora chilena, ya me habita?

Escucho ese inicio de piano de Para Elisa y siento una vez más que se me lleva el tiempo. Que no he hecho mucho con él.