De las tantas misiones prioritarias que puso en marcha el entonces presidente Hugo Chávez, una pretendió diseñarles las sonrisas a los venezolanos. En 2008 Misión Sonrisa empleó a odontólogos, técnicos y auxiliares dentales para llevar a cabo la tarea por todo el país. Entre el grupo de especialistas, se encontraba una familia colombovenezolana de apellido López, esa que trabajó y vivió por más de 30 años en un país que les dio la esquiva oportunidad que no tuvieron en Colombia. Allí nació parte del núcleo familiar y todos adquirieron la doble nacionalidad. Con la debacle del gobierno y de la empresa petrolera estatal, con rapidez la inflación se desbordó para convertir al bolívar en billete de juguete. De este modo, la migración abrupta y acelerada en busca de una vida digna se instaló para jamás retroceder: cinco millones están hoy por fuera de Venezuela. Gran parte de los López empezaron a salir del país desde 2017, dejando afectos y patrimonio a la deriva, para residir en Colombia, Panamá y Chile. Solo unos cuantos quedaron en Caracas y San Cristóbal. Pero ellos no han cesado de mejorar las sonrisas a gente de otros lugares del mundo; las de algunos de ellos se quedaron congeladas, quizá anhelando un tiempo que ya no es; otros, poniéndole el pecho a la brisa, le sonríen a la nueva vida.
Escribe / Abelardo Gómez Molina – Ilustra / Stella Maris – Fotografías / Sandra Bejarano y cortesía
Así como el de Ulises, todo largo viaje pareciera destinado a ser un retorno a la semilla. Eso lo comprenden los hermanos López Gómez, quienes desde 1990 empezaron una migración a cuenta gotas hacia Venezuela. Primero fue Yolanda –siguiendo las huellas de su tío Humberto, quien emigró a finales de los 70–, luego siguieron Manuel, Juan Carlos, Sandra, Dora, Mauricio y Martha. A ellos se sumaron sus padres: Lucía y Pastor. Toda la familia salió del país, salvo una de las hermanas. Su vida en Manizales, ciudad intermedia que corona una rama de la cordillera andina colombiana, no les deparaba un buen futuro. Tres décadas después, varios de ellos regresaron para empezar casi desde cero, luego de haber tenido una vida con cierta solvencia económica en Venezuela. Todos trajeron en su escaso equipaje la esperanza de un nuevo comienzo y una vocación común: los servicios alrededor de la práctica odontológica.
Lucía y Pastor vivían en el campo cuando tuvieron que desplazarse en la década de los 80 a Manizales anhelando una oportunidad para mejorar sus vidas, en un momento en el que las guerrillas tomaban el control de las zonas rurales. Allí residieron algunos años hasta que emigraron a Venezuela, donde murió Pastor, pero Lucía vive de nuevo en esa ciudad, con varios de los suyos. Manuel, su hijo, decidió radicarse en Pereira en 2018 y aquí empieza esta historia.
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