Hay que abrir la boca para contar, hay que abrirla para comer, también para que alguien intruso revise el estado de la misma. Los miembros de un clan familiar colombo venezolano han sido esos intrusos en miles de bocas ajenas desde hace 30 años y siguen sembrando ese saber en las nuevas generaciones que debieron salir de Venezuela con la diáspora que inició en este siglo.
Escribe / Abelardo Gómez Molina – Fotografías / Sandra Bejarano
Así como el de Ulises, todo largo viaje pareciera destinado a ser un retorno a la semilla. Eso lo comprenden los hermanos López Gómez, quienes desde 1990 empezaron una migración a cuenta gotas hacia Venezuela.
Primero fue Yolanda –siguiendo las huellas de su tío Humberto, quien emigró a finales de los 70–, luego siguieron Manuel, Juan Carlos, Sandra, Dora, Mauricio y Martha. A ellos se sumaron sus padres: Lucía y Pastor. Toda la familia salió del país, salvo una de las hermanas. Su vida en Manizales, ciudad intermedia que corona una rama de la cordillera andina colombiana, no les deparaba un buen futuro. Tres décadas después, varios de ellos regresaron para empezar casi desde cero, luego de haber tenido una vida con cierta solvencia económica en Venezuela. Todos trajeron en su escaso equipaje la esperanza de un nuevo comienzo y una vocación común: los servicios alrededor de la práctica odontológica.
Lucía y Pastor vivían en el campo cuando tuvieron que desplazarse en la década de los 80 a Manizales anhelando una oportunidad para mejorar sus vidas, en un momento en el que las guerrillas tomaban el control de las zonas rurales. Allí residieron algunos años hasta que emigraron a Venezuela, donde murió Pastor, pero Lucía vive de nuevo en esa ciudad, con varios de los suyos. Manuel, su hijo, decidió radicarse en Pereira en 2018 y aquí empieza esta historia.
***Manuel***
“Ni siquiera terminé la primaria”, dice de manera clara. Con 53 años recién cumplidos este hombre de mediana estatura y cuerpo macizo construyó en su momento un muy buen futuro en Venezuela, adonde viajó en 1994 con el fin de quedarse y armar su vida. Durante los primeros meses trabajó como mesero, un oficio en el que le iba bien, dice. Su hermana Yolanda en esa época tenía como pareja a un mecánico dental en San Cristóbal, capital del estado Táchira, fronterizo con Colombia. Empezó a explorar cómo aprendería ese oficio que le llamó la atención y pidió que se lo enseñaran, pero su cuñado no accedió argumentando que “se gastaba mucho dinero en materiales costosos”, además porque “quien aprendía se iba”.
Manuel le propuso que lo dejara ver cómo trabajaba y aceptó; a cambio, limpiaba el laboratorio y lo dejaba todo organizado. Durante algunos meses aprendió varias de las tareas, hasta que cierto día su cuñado se fue para Cúcuta con el fin de hacer gestiones y una odontóloga que era cliente empezó a llamar de manera reiterada a pedir uno de los trabajos que había solicitado. Viendo la situación, por iniciativa propia miró un modelo de la pieza solicitada y la copió; cuando la entregó la profesional no le creyó que la había hecho, tampoco le creyó su cuñado cuando se enteró después.
Desde ese momento se convenció de que podía desempeñar el oficio, al fin de cuentas se demostró a sí mismo la capacidad que tenía. Por esa misma época, mediados de los años 90, otra persona le enseñó más detalles de la mecánica dental. Tuvo errores y situaciones que como bien dice casi lo matan de un infarto, como aquella oportunidad en que una paciente solicitó que la atendiera en su propio hogar y para eso se trasladó con todos los elementos necesarios. La atención fue sencilla, pero ya para terminar le pidió que le extrajera una muela a uno de sus hijos pequeños; sin dudarlo, empezó el proceso, luego de desinfectar los equipos y de aplicar anestesia local en la zona que se intervendría,vio cómo se desmayaba el niño, algo que no lo asustó, porque antes había tenido situaciones similares. Con calma empezó la reanimación del menor, doblándole ambas piernas, cuando de pronto los miembros inferiores adquirieron tal rigidez que era imposible seguir la maniobra. Mientras tanto, para su perplejidad, la madre se reía. La serenidad del padre del niño permitió salvar la situación, al llevar al pequeño hasta una ventana para que se ventilara. Más tarde se enteró de que no era la primera vez que esto sucedía al asistir a citas odontológicas y todo parecía una mala pasada de la madre.

Con la experiencia ganada aprendió a moldear diferentes piezas de muy buena calidad y a eso se dedicó con tal cuidado que pronto abundaron los trabajos. Los negocios empezaron a dar sus frutos, a la par que su prestigio como mecánico dental y dentista empírico. Por eso, en 2005 trasladó parte de sus negocios y a su familia para Puerto Ordaz, en el estado Bolívar, a 20 horas de San Cristóbal por vía terrestre, una de las ciudades más modernas de Venezuela, fundada en 1952. Allí instaló un consultorio con dos unidades dentales, mientras que en San Cristóbal dejó el consultorio original.
Coincidieron estos años con la entrada en marcha del programa ‘Misión sonrisa’, inaugurado en 2006 por el entonces presidente Hugo Chávez. Mediante esta estrategia se proponía proveer de prótesis bucales y tratamiento dental a 7 de cada 10 venezolanos mayores de 25 años a quienes les faltaban piezas dentales, según la propaganda oficial. El programa en la actualidad prácticamente desapareció, pero se mantuvo con alto nivel de oferta por 10 años. Por ejemplo, según los reportes del gobierno, “Misión Sonrisa entregó en 2010 más de 9 mil prótesis y coronas, además de miles de rehabilitaciones odontológicas. 1.444 unidades odontológicas fueron construidas en los gobiernos de la cuarta República, mientras que en revolución (sic) para 2011 se logró la edificación de 4 mil 781 centros odontológicos”. El programa también exigía el saneamiento previo de los dientes –retiro de caries, cálculos y mantenimiento de los otros aditamentos bucales en buen estado–. Luego de ese paso se elaboraban las prótesis dentales.

Manuel, con un excelente olfato para los negocios, vio la oportunidad y trabajó en este programa con varios de sus parientes. Llegó por fin la prosperidad económica a su vida y empezó una época floreciente que le permitió tener dos casas, una finca e incluso cinco carros, que arrendaba a la petrolera estatal PDVSA.
A la par con su labor como mecánico dental, Manuel también aprovechaba sus viajes mensuales a San Cristóbal para comprar insumos y herramientas odontológicas en Cúcuta, para luego venderlos al otro extremo del país, en Puerto Ordaz, donde residía y eran escasos. Fue este el principio de su declive económico: las irregularidades cambiarias del bolívar pronto lo descapitalizaron. En 2016 decidió retornar a San Cristóbal, desde donde se dedicó a atender pacientes en el estado Apure y el aledaño departamento de Arauca, en Colombia, durmiendo en las mismas casas de los pacientes, porque no tenía para pagar hoteles. Luego de un tiempo la situación económica y política hizo imposible la sobrevivencia, por eso mismo en 2018 tomó unos pocos ahorros que quedaban y se encaminó hacia Pereira, Colombia, con su esposa Alejandra y sus hijos Víctor Alejandro y Moisés. “Perdí las casas, los carros, la finca y el ganado que tenía. Solo me traje algo de dinero y algunos equipos dentales”, afirma con serenidad y sin sombra de nostalgia. Con el pasar del tiempo, Manuel ha aprendido que las derrotas son el principio de nuevas cosas, algo que asumió desde que asiste a una iglesia cristiana. Esa serenidad le ha permitido mantener el humor mientras conversa con cualquiera, demostrando ser un mamagallista, como conocen en Colombia a quien hace bromas a costa de otros.
Hoy, él mismo construye una casa con dos alcobas en una ladera de la popular Ciudadela Cuba, en Pereira, con un balcón que le da una vista amplia del sector llamado Los 2.500 Lotes; allí cerca tiene un pequeño consultorio donde acogió a Sergio, otro de sus hijos fruto de una relación anterior, y a un sobrino, Sebastián, ambos odontólogos recién graduados en Venezuela y que también se dieron a la fuga de un país desmoronado.
***Sergio***
A su llegada a Colombia, en abril de este año, Sergio pesaba 54 kilogramos. Ha ganado 8 kilos, todo gracias a la dieta más nutritiva que puede consumir en Pereira y al ejercicio diario en el gimnasio, al que dedica dos horas de lunes a viernes. Pero junto con su peso, también se elevaron sus esperanzas para ejercer su profesión con el apoyo de su padre Manuel.
Se mueve con seguridad por los estrechos espacios que componen el lugar de trabajo. Al frente, una sala de espera para tres personas y un escritorio reciben a los pacientes. No hay diplomas a la vista, a pesar de que hay dos profesionales atendiendo en el lugar. Enseguida está una sala de atención con la unidad dental más moderna; un espacio para hacer todos los trabajos de mecánica dental, apenas sí cabe una persona frente a la mesa de trabajo. Al fondo están el baño y otro consultorio dotado con su respectiva unidad, aledaña a un mesón con todo el equipo de esterilización, incluido un autoclave.
Aunque terminó sus estudios de odontología en el 2020, apenas en abril de este año recibió su diploma por parte de la Universidad Nororiental Gran Mariscal de Ayacucho, con sede en la ciudad costera de Puerto La Cruz, donde estudió 7 años, dos años más de lo planeado, debido a las protestas sociales en el país, el cáncer de su madre que determinó su muerte y la pandemia. De esa misma universidad se graduaron su tío Wilson López y cuatro de sus primos, todos ellos con su misma profesión; el tío permanece en Venezuela, sin ejercer la odontología.
Cualquier estadística en Venezuela es un imposible, algunas veces porque no existen y otras porque son contradictorias. Por ello, se debe recurrir a algunos medios digitales, como El Estímulo, donde se afirma que “según el Ministerio de Salud, en el país existen 3.056 sillones odontológicos para 31,5 millones de habitantes. El escenario luce angosto y sugiere una relación de un sillón por cada 10.313 personas. La proporción está lejos del estándar propuesto por la Organización Mundial de la Salud: uno por cada 3.500 habitantes”. Estas cifras son repetidas en otro artículo por el periodista Julio Materano, quien añade que para conseguir insumos “los odontólogos que ejercen por cuenta propia recurren al mercado negro. 99% de los productos son importados y se cotizan en divisas”.
Ese pesimismo también contagia la visión de Sergio sobre su país natal. “Por allí dicen que Venezuela se está arreglando, pero la verdad es que la gente consigue cierto orden en medio del desorden del país. Allá es muy difícil tener algo propio, conseguir un consultorio propio o un carro o una casa o un apartamento. Acá en Colombia las cosas tampoco son tan fáciles, pero están mucho mejor que allá, aquí por lo menos hay un rayito de esperanza, cosa que allá es totalmente imposible”. Traza así una clara frontera entre el aquí y el allá, entre el presente y el pasado.
Considera que la época de universidad fue la mejor de su vida, con excelentes profesores, pero recalca el desorden administrativo de la misma, a pesar de ser de carácter privado. Describe, por ejemplo, que él mismo debía llevar los insumos y el instrumental, incluso pagar a los pacientes para intervenirlos durante sus prácticas, complicadas además por los continuos cortes de energía y la falta de agua. A esto, Sergio suma la inseguridad. “Era algo común en el tiempo que vivía allá, alguna vez me agarraron a patadas en el centro de Puerto La Cruz, nunca me sacaron un arma, aunque yo tenía la mala costumbre de no dejarme robar, porque a uno le duelen sus cosas. La gente dice que lo material se recupera, pero en un país como Venezuela eso no es completamente cierto. Allá no es tan fácil ahorrar para comprarse un teléfono… muy difícil volverlo a recuperar. La inseguridad está muy presente en la vida de todos los venezolanos, uno escucha una moto y de inmediato se agarra los bolsillos”.
De su madre, Aura Morella Yzarra, heredó la profesión que ella ejercía en Mérida, centro de Venezuela, y allí en esa ciudad realizó Sergio su pasantía, con el fin de acompañarla en los días finales de su enfermedad, un cáncer de mama. Fueron meses muy difíciles, sin recursos suficientes para pagar las 33 sesiones de radioterapia finales, incluso, con noticias en redes, pidieron ayuda, pero todo fue en vano. Luego de su muerte, Sergio estuvo ejerciendo unos meses en el consultorio de ella, porque la primera opción no era venir a Colombia, su sueño era administrar su propio consultorio en Venezuela, pero el destino, esa ruleta descontrolada en la que nadie conoce su apuesta, le deparó otra suerte.

“Todavía tengo en el consultorio de mi mamá dos unidades dentales guardadas, el instrumental está en la casa de mi hermana que vive en Venezuela todavía. Estoy viendo si puedo venderlas o me las puedo traer [las unidades], algo complicado; yo tenía mucha ilusión de poder trabajar allá. No es lo mismo ser odontólogo y administrar un consultorio, son habilidades completamente distintas, a lo que se sumaron la pandemia y los continuos cortes de energía. Yo podía ejercer en Venezuela porque tenía la carta de culminación [de los estudios]”. Por ahora, trabaja con las unidades de su padre y de su primo Sebastián.
El trabajo en el consultorio venezolano apenas sí le daba para comer. Como su madre era ortodoncista, sus pacientes pronto no volvieron porque no tenía todavía esa especialidad. Debido a eso en diciembre de 2020 se trasladó con su novia odontóloga para Maturín, estado Monagas, para vivir en la casa de sus suegros. “Estábamos viviendo de unos ahorritos que tenía y me dediqué a vender materiales odontológicos. En esa época de la pandemia estaba muy bien el precio de las criptomonedas y me dediqué a vivir de eso, a través de juegos [de video] en donde se paga con eso. Yo tengo la suerte de manejar muy bien el inglés, no soy bilingüe, pero lo leo y lo entiendo perfectamente. Conocí a una persona que trabajaba con criptomonedas en Estados Unidos y por eso empecé a trabajar en los juegos… llegué a un punto en que ganaba muy bien… pero con los meses el negocio ya no daba para vivir. Eso me mantuvo vivo ese año”.
Su pareja se quedó en Venezuela, “porque le dije que yo no sabía cómo me iba a ir llegando acá, venirme con ella para hacerla pasar por situaciones que tuviera que pasar, prefiero pasarlo primero yo. Los primeros días fueron bastante incómodos, dormía en una habitación muy chiquitica y la compartía con otra persona. No me imagino dónde la hubiera tenido a ella”.

Su padre Manuel le había ofrecido trabajo desde antes que se viniera para Colombia, donde ya estaba su primo Sebastián. Cuando él viajó al grado, en marzo de este año, vieron la posibilidad de regresar juntos. “Ya tenía dos años sin vernos, debido a la pandemia”, comenta mientras revisa una pieza dental. El paso de la frontera se facilitó porque Sergio tiene la doble nacionalidad, aunque nació en El Vigía, estado Mérida. “Viajar dentro de Venezuela es muy complicado, si viajas de noche te atracan, ponen palos en la vía y allí aprovechan. Nunca he pasado por esa experiencia, pero sí sucede bastante”.
Comenta que hay contraste entre las condiciones de vida en las ciudades de los Andes y Caracas. “En Caracas es casi normal la vida, hay menos delincuentes, por lo menos eso percibí, porque muchos emigraron del país; en Táchira y Mérida hay apagones de luz constantes, por más de ocho horas”.
Sergio había estado de visita en Colombia cuando era muy pequeño, pero no lo recuerda bien. Cuando llegó este año se sintió “como en casa”. Supone que el acople al país se facilitó porque no tiene tanto acento y no sufre tanta discriminación. “Ya tengo mi cuarto propio, mi propia cama y mis cosas, porque el primer mes viví en la casa de mi padre”. Al fin de cuentas, debido a la separación de sus padres, desde los 14 años se acostumbró a vivir independiente, también a navegar en los mares de la literatura para hallar ese país soñado que aparentemente no ha anclado en su vida. Por ahora, sigue leyendo a H.P. Lovecraft, un autor de culto.
Sobre la validación de su título comenta que lo hizo a través de la representación de Juan Guaidó en Colombia, pero todo el proceso se paralizó con el cambio de gobierno colombiano. Alcanzó a pasar los papeles para el apostillado, pero quedó en pausa el trámite ante la cancillería colombiana.
“Voy todos los días al gimnasio, eso ha sido como una terapia para mí, me ha ayudado bastante. En Venezuela uno no pasa hambre, pero no logra comer tan bien como aquí… he podido subir bastante de peso, me siento mucho mejor, más sano, más contento. Incluso hay días que trabajo en otro consultorio. Pocas veces salgo, por ahora estoy enfocado en eso, en generar una base de pacientes, que sepan que uno va a estar disponible”. Por ahora sus nuevos sueños apuntan a una especialidad, aunque sabe que en Colombia es muy costoso hacerla. Quiere ser ortodoncista, como su fallecida madre.

***Sebastián***
Habla con voz tranquila y pausada, como marcando a manera de sentencia cada sílaba de lo que dice. Y así se mueve en el pequeño espacio dispuesto para trabajar en un local ubicado en una calle comercial del sector de Cuba, en Pereira, mientras trabaja en la fabricación de una prótesis flexible hecha con material termoplástico, uno que le da comodidad al paciente debido a su delgadez, evitando así maltratos en la boca. De hecho, en Colombia, más que a la parte odontológica, se dedica a la parte protésica, a la parte rehabilitadora, “como tal”, dice con énfasis de muletilla.
Con 31 años de edad, es el penúltimo de cuatro hermanos, todos ellos inmiscuidos en el mundo de los dientes y las bocas, dos son técnicos dentales y una auxiliar de odontología, su hermana Paola, que terminó haciendo labores administrativas en una clínica odontológica panameña. Sus hermanos también trabajaron en el programa Misión Sonrisa del gobierno de Chávez, época que recuerda por el gran impacto que causó en la rehabilitación oral de miles de venezolanos.
Vivió en San Cristóbal desde los 8 años, por eso tiene ambas nacionalidades. Recuerda sin rencor, solo como una anécdota del pasado, que le hacían mucho matoneo en la escuela porque era colombiano, en particular por su acento, el mismo que nunca perdió a pesar de vivir 22 años allí. “Eso lo marcó a uno, pero no de la peor manera, sino que, con ayuda de mi mamá y mis hermanos, a ese bullying no le dimos importancia… fue un poco difícil”.
Desde niño estuvo involucrado en las tareas de esta profesión, siguiendo el ejemplo de sus parientes mayores. Aunque parezca extraño, su primera opción profesional fue estudiar ciencias penales y criminalísticas, pero a los 22 años cambia de rumbo. Por eso, aunque con una decisión un poco tardía, empezó a estudiar odontología en el 2015, junto con los primos Sergio y Santiago, con quienes compartió vivienda mientras avanzaban en su formación. Antes habían estado en la misma universidad –la Gran Mariscal de Ayacucho– su tío Wilson y los primos Kevin y Jeovany. Wilson y Kevin permanecen en Venezuela, los demás emigraron. La familia López cuenta con seis egresados como odontólogos del mismo centro educativo, “aunque en total son nueve los profesionales y tres los técnicos dentales activos”, asegura en el momento de manipular una espátula.
Recuerda la época universitaria con alegría, aunque también como una de muchos esfuerzos. Los cobros de la universidad, debido a la inflación acelerada, se hacían cada mes. “Los aranceles subían mucho mes a mes”. Por eso mismo, el apoyo entre primos y Wilson, que terminaba su carrera, fue primordial. “Usted iba al supermercado y las cosas habían subido dos o tres veces su valor anterior”. Para ganar más dinero, también dio clases en la parte práctica al nutrido grupo de compañeros: ingresaron 400, con 11 grupos de primer año, y terminaron la carrera 150. La facultad de odontología ocupa toda una sede con miles de estudiantes.
Su mayor satisfacción es poder resolver los problemas que tienen sus pacientes en cuanto a salud oral. “Eso es lo que lo llena a uno, lo que lo marca a uno para toda la vida”. Habla teniendo como banda sonora inextinguible el sonido de una fresa que trae a la mente de cualquier ciudadano las escenas más escalofriantes jamás vividas. Él no la escucha, ya es parte de la playlist personal. Sigue con el pulimiento de una prótesis en la mesa de trabajo, lo hace de manera ágil y precisa, no en vano desde los 12 años de edad ya rondaba por los talleres dentales de la familia. A esa edad le gustaba ver cuando los pacientes salían del consultorio luego de una rehabilitación dental, debido a los trabajos de sus tíos. Creció en ese ambiente y por eso pronto se enfocó en ser profesional.

Sebastián entiende la familia como su apoyo, de hecho, su hermana Paola lo sostuvo mientras estudiaba y le enviaba material odontológico que luego vendía a los compañeros de estudio. En la actualidad ella reside en Ciudad de Panamá y trabaja en la parte administrativa de una clínica odontológica. Complementaba sus ingresos cobrando a los compañeros el refuerzo en construcción de moldes y otras manualidades, con eso se ayudaba, porque sus primeros años de juventud trabajó como mecánico dental, luego de haber estudiado este oficio. Un aprendizaje que no olvida, a pesar de tener título profesional. Por eso se apasiona cuando habla de las prótesis en acrílico termocurable, el material con el que él y sus hermanos trabajaron las piezas de rehabilitación para Misión Sonrisa. “Una prótesis de ese tipo, acá en Colombia como tal, cuesta 400 o 450.00, una prótesis total”.
En 2019 termina materias y hace pasantía, pero su título se lo entregan en 2020. En marzo de ese año cierran aún más las fronteras por pandemia, incluida la trocha. Para ese momento ya había decidido venirse para Colombia, porque su familia vivía ya acá y Venezuela no se mostraba prometedora para su futuro profesional. “La inflación no lo deja surgir a uno allá y quise buscar a mi país de origen”. Moviendo con fuerza hacia los lados la cabellera crespa también comenta sobre otro reparo: “La inseguridad en Venezuela es un tema muy delicado, uno puede estar hasta cierta hora en la calle, hasta las 6 o 7 de la noche, saber en dónde está uno ubicado, no sacar el teléfono. Uno en la calle está atento a cualquier peligro y debe cuidar el celular”.

Así que en noviembre del 2020 decide viajar en autobús desde Puerto La Cruz, cruzando el país durante dos días hasta llegar a un paso fronterizo ilegal, luego caminó la trocha trayendo consigo solamente una maleta, por eso mismo los ilegales –“guerrilla y paramilitares vestidos de civil”, dice– le cobraron tres mil pesos. Como no tenía ingreso alguno, ese fin de año y en enero siguiente trabajó como mesero en el mismo restaurante en el que un poco antes se ocupó su primo Santiago. A mediados de enero del 2021 se vino para Pereira, donde en febrero se reencontró con su pareja, odontóloga venezolana indocumentada, pero que consiguió el Permiso Especial de Permanencia y está en el proceso de convalidación de documentos ante la llamada embajada de Guaidó. Para hacer el proceso ante esta instancia, la misma que apostilló el título de Sebastián, se requiere lo siguiente, dice como quien recita un mantra: título universitario, notas certificadas, certificado de pasantías y el certificado de culminación de estudios
El joven continúa su relato, que más parece un ejercicio notarial. “Luego la embajada venezolana, por medio de la web, facilita el apostillado válido solo para Colombia. Todo este servicio es gratuito. En Venezuela, la apostilla de cada documento cuesta entre 120 a 200 dólares”, si se hace sin apresuramiento y tiene validez para todos los países.
Ya apostillados todos estos documentos, pasan a la Cancillería colombiana, que certifica su validez en Colombia. La Cancillería, por cada documento, cobra $21.000, se demoran 24 horas en esta gestión. El siguiente paso es el Ministerio de Educación, donde se paga $696.993 pesos por títulos de pregrado y $792.003 por convalidar posgrados; este trámite demora 4 a 5 meses. Con la certificación de los documentos por parte del ministerio, se va a la Federación Odontológica Colombiana para solicitar la tarjeta profesional, esto último tarda 15 días, aunque puede incluir a los postulantes en un concurso para hacer el año rural con salario estable pagado por el gobierno.
Sebastián sigue puliendo piezas con rapidez, la mañana ya casi termina y mira como si pidiera que lo dejaran solo en el pequeño espacio del taller. El periodista lo comprende y solo lanza una última pregunta sobre si conoce de otros odontólogos venezolanos en Colombia. Por una sola vez la mirada refleja tristeza cuando dice: “tengo amigos odontólogos venezolanos en Medellín y Bogotá. Son cuatro y trabajan de Rappi, en un call center y en otros oficios. Ellos no pueden ejercer todavía”. En contraste, una fuente de la Federación Colombiana de Odontología, que pidió no ser identificada, comentó que hay preocupación porque conocen casos en los que venezolanos ejercen sin tener el título ni la capacitación adecuada, trabajan incluso en la vía pública, y generan así un problema de salud pública.
Las historias de los López, tres entre muchas, dejan entrever las huellas que una ola de migrantes formados en Venezuela ha dejado en Colombia y muchos otros países, en los que pocas veces pueden ejercer su profesión con todas las garantías. Viajar, migrar, buscar un lugar en el mundo, es el anhelo de quienes desean una segunda oportunidad lejos de su tierra.
Ulises sigue en su eterno viaje para encontrarse a sí mismo.




