No es nuevo para la humanidad que un tema como la religión cause polémica, tanto por su papel central en muchas culturas, como por su continua mezcla con el poder político que hizo y sigue haciendo que muchos grupos humanos basen sus leyes y/o su moral en  factores religiosos o derivados de la religión.

 

Por: Alejandro Hurtado

Las polémicas suscitadas pueden ser contra otras religiones -como el caso de la “guerra santa”- contra aquellos que no tienen ninguna religión e incluso contra miembros de una doctrina que por una u otra razón rechaza o critica alguno de sus dogmas; en síntesis, las religiones suelen reaccionar contra lo extraño, contra lo otro, contra el cambio, contra lo que abandona sus dogmas de libro apolillado para dedicarse a comprender la realidad. Sin embargo, esto no les evita aliarse de cuando en vez contra lo que pudieran considerar un enemigo común- como el laicismo y el ateísmo- por lo que no parece extraño que los católicos hallaran  soporte en los islamistas al condenar el filme “La última tentación de Cristo”, de Martin Scorsese, y en retribución apoyaran  la condena  musulmana a la novela “Los versos satánicos” y la fatwa del Ayatola Jomeini contra su autor, Salman Rushdie.

El ateísmo, por supuesto, no es un fenómeno nuevo, y ha estado presente en la historia intermitentemente, siendo con frecuencia invisibilizado por diferentes factores y  silenciado con técnicas diversas, desde leyes que parecen blandas hasta el fuego divino. En las últimas décadas, el ateísmo ha venido ganando de nuevo tanto visibilidad como prestigio, dados los enormes cambios sucedidos en los siglos precedentes  como el influjo de la ciencia, la caída de las monarquías absolutas, el interés por el laicismo como consecuencia de la democracia y la creciente influencia de la tecnología informática en nuestras vidas, que poniendo a circular sucesos reales y ficciones eternas nos da en cierta medida la posibilidad de participar en las discusiones globales, por importantes o inaportantes que estas sean.

Algunas de las reacciones típicas contra el ateísmo aún permanecen, siendo comunes las excomuniones y fatwas proviniendo de los antiguos monoteísmos,  que aún hoy viven a sus anchas buscando aumentar su influencia y disfrutando de la ya obtenida, en fin, reacciones típicas del dogmatismo dictadas desde las cumbres de su presunta sabiduría. Sin embargo, no son estas las únicas reacciones, y no son pocas las personas que desde su posición de creyente, agnóstico o “ateo moderado” critican con distintos argumentos la insistencia de algunos ateos, denominados en ocasiones “militantes”, por criticar las posiciones religiosas dominantes e incluso definir la religión como algo esencialmente perjudicial.

Algunos de estos críticos del “ateísmo militante” suelen compartir en las redes sociales la frase de Heinrich Boll “me aburren los ateos, siempre están hablando de Dios”, como si fuese la cima de su reflexión filosófica, y no como lo que es, una distorsión intencionada de los hechos que no hace caso de los argumentos presentados. Parece necesario entonces, aclarar varias de las distorsiones que estos críticos despistados fomentan y responder repetidamente a la pregunta que muchos se hacen, al parecer, sin mirar demasiado a su alrededor: ¿Por qué hablan tanto los ateos?

Afortunadamente, cuando de responder preguntas se trata, la historia siempre viene a nuestra ayuda, aunque en ocasiones lo haga para recordar lo que aún hoy es evidente. Nadie parece recordar, por ejemplo, que los ateos no fuimos los que nos autodenominamos así, sino que, en palabras de Michel Onfray- uno de los ateos más acérrimos del momento- “el ateísmo proviene de una creación verbal de deícolas.

La palabra no se desprende de una decisión voluntaria y soberana de una persona que se define con este término en la historia. La palabra ateo califica al otro que rechaza al dios local cuando todo el mundo o la mayoría creen en él. Y tiene interés en creer…Porque el ejercicio teológico en el poder se apoya siempre en las fuerzas armadas, las policías existenciales y los soldados ontológicos que eximen de reflexionar e invitan a creer y a menudo a convertirse lo más pronto posible”. No parece entonces prudente el odio irracional de algunos creyentes modernos contra una palabra que inventaron sus predecesores, y que han usado como argumento para la coacción y el asesinato.

El ateo de hoy, que puede definirse como tal, no lo hace por molestar la vida de sus contemporáneos, sino porque aún está inmerso en estructuras sociales condicionadas en diferentes grados por la religión, lo que a su vez afecta su existencia y hace necesaria la expresión de rechazo. Es decir, los ateos afirmamos nuestra existencia porque existen los creyentes, y más aún, porque esas creencias han sido impuestas a lo largo de los siglos; acudiendo de nuevo a Onfray “… Dios (léase “la idea de Dios”) durará tanto como las razones que lo hacen existir; sus negadores también…” Y aunque esto parezca un debate trivial, debemos explicarle incluso a personas en ocasiones brillantes como Neil de Grasse Tyson, que hay razones históricas y culturales evidentes que invalidan la idea de comparar a los ateos con  “un grupo de personas a las que no les gusta el golf y conspiran contra las que sí”.

Sin embargo, por un momento, supongamos que esas razones no son obvias y hagamos un recuento de las cosas que aún siguen sucediendo y que nos inducen a nuestras críticas constantes:

1. La mayoría de la población creyente aún asimila al ateo como un inmoral, convirtiendo entonces en objetivo la desestigmatización del ateísmo, la eliminación del tabú. La acusación anterior suele hacerse a la sombra del lugar común “si Dios no existe, entonces todo está permitido”, lo que constituye evidentemente una mentira, ya que los ateos optamos por definir nuestras conciencias morales partiendo de la realidad, y no de reglas dictadas desde lo alto- aunque obviamente aclarando que el ateísmo, así como no implica inmoralidad, tampoco es garantía de moralidad-.

Es más, basados en la ambigüedad de los textos y  prácticas principales de los tres monoteísmos reinantes podemos afirmar, con Onfray, que lo que sucede es exactamente lo contrario, es decir, “porque Dios existe, entonces todo está permitido. Me explico. Tres mil años lo atestiguan, desde los primeros textos del Antiguo Testamento hasta el presente: la afirmación de un Dios único, violento, celoso, pleitista, intolerante, belicoso, ha causado más odio, sangre, muertes y brutalidad que paz….El fantasma judío del pueblo elegido que legitima el colonialismo, la expropiación, el odio, la animosidad entre los pueblos, además de la teocracia autoritaria y armada; la referencia cristiana a los mercaderes del Templo o a un Jesús paulino que pretende venir para blandir la espada, lo que justifica las Cruzadas, la Inquisición, las guerras religiosas, el Día de San Bartolomé, las hogueras, el Índice, pero también el colonialismo mundial, los etnocidios norteamericanos, el apoyo al fascismo del siglo XX, la omnipresencia temporal del Vaticano desde hace siglos hasta en los más mínimos detalles de la vida cotidiana; la reivindicación clara en casi todas las páginas del Corán a acabar con los infieles, su religión, cultura, civilización, pero también con los judíos y los cristianos, ¡en nombre de un Dios misericordioso! Tenemos aquí varias pistas que nos permiten profundizar la idea basada, justamente, en que debido a la existencia de Dios todo está permitido, en él, por él, en su nombre, sin que a los fieles, al sacerdocio, a la gente común o a las altas esferas se les ocurra que allí haya algo censurable…”

Utilizan además pésimos ejemplos históricos para sostener su tesis, como el presunto ateísmo de Hitler, que en realidad era cristiano (y ahí de pasada alejan la atención general de esa oscura relación entre cristianismo y nazismo), y el ateísmo de Stalin y Mao, como si ese aspecto de su pensamiento fuese el determinante de sus crímenes, y no, como de hecho lo es, su ideología.

En este orden de ideas, podemos observar que gran parte de las campañas de la militancia atea, como la Out of Campaign y El bus ateo,  van conducidas a retirar del imaginario popular la idea falsa de que los ateos somos inmorales, a decirle a los ateos que tienen miedo de ser discriminados que hay otros que piensan como ellos, y que no hay nada censurable, per se, en esa manera de vivir.

2. Como ya comenté anteriormente, las religiones han estado históricamente relacionadas con el poder político, y han usado este para alienar y controlar la vida, no sólo de sus fieles, sino de todos los habitantes que dicho poder político maneje. Por esta razón, sobretodo desde el siglo XVIII, se ha venido promoviendo en el mundo la separación entre iglesia y estado, con el propósito de hacer cada vez mejor la convivencia entre todos los seres humanos, sin importar su credo religioso o la ausencia de él.

De hecho, nuestra Constitución política de 1991,  es relativamente clara en definir nuestro país como laico, aunque esta, como muchas otras de sus disposiciones, sean violadas sistemáticamente. Es por esto que gran parte de la energía del ateo es destinada a la crítica de estas violaciones, que no sólo se cometen en nuestro país sino en gran parte del planeta, tanto en países “laicos” como el nuestro, como en otros que aún hoy son regidos por teócratas autoritarios.

Evidentemente, los ateos- como muchos pretenden hacer creer- no tenemos como objetivo principal convertirlos a todos (aunque algunos creamos que ésto podría traer muchos beneficios), sino que buscamos una manera apropiada para reducir la religión, tanto como sea posible, a  la esfera de la que nunca debió haber salido, la esfera individual, y no permitir así que se cometan atropellos que perjudiquen nuestra convivencia en nombre de cosas que no todos compartimos, además de garantizar que se utilicen nuestros recursos con bases racionales, para el beneficio de todos y no para la manutención de las supersticiones. No sorprenden entonces los repetidos ataques de los jerarcas contra el laicismo, que disfrazan tras poco elaboradas argucias, pero cuya preocupación principal se desprende del peligro que representa para ellos la laicización de los Estados, que les quita el blindaje contra la crítica y lo que es más importante, impide en gran medida su poder sobre la educación y la vida pública, despojándolos así de sus principales fábricas de sumisos feligreses.

3. Algunos ateos, así como se ven en la obligación de denunciar las estafas promovidas por la pseudociencia, también realizan una deconstrucción de las religiones para mostrar como estas son utilizadas sistemáticamente para engañar a las masas, mantenerlas controladas y oprimidas, pensando en una realidad ulterior que muy probablemente nunca llegará. En este sentido, la militancia va en su mayor parte  dirigida, como diría el periodista científico Mauricio José Schwarz “contra el engaño y contra quienes se benefician de él, no contra quienes, en todo caso, son víctimas del engaño” y recordando que ” el debate, cuando lo hay, es con las jerarquías religiosas (en general renuentes al diálogo) y con creyentes más o menos fanatizados que se ocupan de la lucha contra los ateos, aunque casi siempre con escasas armas argumentales e invariablemente sin evidencias que sustenten la creencia en ninguna deidad”.

Sin embargo, se intenta de diferentes maneras  mostrar a aquellas personas que podrían ser consideradas víctimas , la forma en que han sido y están siendo engañadas así como las cosmovisiones alternativas existentes, cosa que al ateísmo moderado parece no importarle y que despierta las críticas de militantes como Schwarz: “El asunto de la existencia de las deidades no es solamente pretexto para el devaneo retórico, sino que mientras no haya sustento sólido a la hipótesis de la deidad, la promoción de dicha hipótesis es un engaño y un abuso de la ignorancia, la niñez, la ingenuidad, la nobleza y la buena fe.

Ante ese hecho, el ateísmo no militante me seduce poco, y tiene a mis ojos su algo de irresponsable… como tener agua y ver a alguien sediento y decir “tiene derecho a tener sed, debo tolerar su sed, incluso si muere de sed, no es asunto mío, es un sediento libre” sin detenerse a constatar si realmente el sediento lo es por decisión libre y propia o bajo coacción de algún modo, o simplemente porque nadie le ha dicho que existe el agua”.

4. Aunque se intente frecuentemente definir el ateísmo militante como una religión, dicha posición es insostenible. La mayor parte de los ateos no somos dogmáticos, simplemente no creemos en deidades por las mismas razones por las que no creemos en hadas: no hay evidencias al respecto. Y en este orden de ideas, abrazamos la búsqueda de una comprensión racional del mundo, de una educación libre de prejuicios y de la promoción de libertades básicas de pensamiento y acción (que incluyen, por supuesto, la libertad de los creyentes para creer lo que se les venga en gana, siempre y cuando sus acciones no afecten los derechos de los demás).

Bajo estos argumentos, considero infundados los continuos ataques contra la militancia atea, que ha querido hacerse ver como una turba de fanáticos dispuestos a imponer su visión del mundo y eliminar las diferencias, aún contra la evidencia histórica innegable de los innumerables daños y abusos cometidos en nombre de las religiones pasadas y presentes. No se preocupen, las únicas armas que tenemos los ateos militantes son la navaja de Hitchens (“lo que puede ser afirmado sin evidencia, puede ser rechazado sin evidencia”) y algo de sentido del humor, que por razones obvias, disgusta ocasionalmente a los máximos jerarcas de la hipocresía.

Referencias

Onfray, Michel. Tratado de ateología. Editorial Anagrama. 2006.

Blog de Mauricio J. Schwarz: http://charlatanes.blogspot.com/2009/06/ateismo-y-escepticismo-militante.html