Presentamos el ensayo “Sobre los inicios del modernismo en Colombia” que hace parte del libro Las ideas modernistas en Colombia del crítico literario David Jiménez Panesso (1945).  Éste antioqueño sobresale especialmente en el ámbito de la historiografía literaria y de la poesía. Ha ganado el Premio Nacional de Poesía de la Universidad de Antioquia por Retratos (1987) y el premio Colcultura por Día tras día (1997).

pombo

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En el año 1888 publicó el periódico La Palabra de Bogotá un artículo sobre la poesía de Rafael Pombo en el que se tomaba al célebre poeta romántico de Colombia como una especie de símbolo y condensación de “las cualidades, conflictos y debili­dades de la poesía de Hispano-América”. Todo el ensayo se desarrolla sobre el supuesto de que existen en América dos tendencias en pugna: una tradicional, apegada a los moldes hispánicos, y un “espíritu nuevo”, más libre y osado que el español. Pombo se ha limitado, afirmaba el articulista, “a ceñir  en formas estrechas y convencionales el rebosante espíritu de América, que se puso en él como en uno de sus privilegiados voceros”. El cambio de formas es una necesidad de la expresión. Cada espíritu nuevo debe traer sus propias formas. El espíritu de América, por su luminosidad, opulencia y hermosura, exige una lengua áurea, caudalosa y vibrante. La fantasía poderosa y original de Pombo exigía una renovación de los moldes tradi­cionales. Pero él no se atrevió a innovar en el grado que debía. Por ello, señalaba el crítico, se da en su obra esa imperfección del estilo, esa “oposición entre el pensamiento extraordinario y lujoso y la rima timorata o común”.

Lo que Pombo representa, pues, en la literatura americana de finales de siglo es el apego a lo tradicional, el escrúpulo casticista, que echa a perder para la poesía el caudal de su imaginación y la osadía de su mente. Gran parte de la obra de Pombo consiste en un ajuste forzado del pensamiento a un lenguaje que no le es natural. Escribe en verso lo que hubiera debido escribir en prosa. “El verso se le queja”, según el articulista. Y si bien es cierto que en sus mejores momentos alcanza “una belleza original y segura” aunque imperfecta, con frecuencia cae en lo nimio, lo irregular, lo confuso, y el descuido de la forma hace que se escape la belleza. El interés del artículo es notable. El año de publicación coincide con la aparición de Azul, considerado por algunos el inicio del modernismo. El nombre del crítico es José Martí, con lo que las afirmaciones anteriores se cargan de mayor sentido polémico. El gran modernista cubano sostiene que la renova­ción formal en las letras del continente es una necesidad histó­rica de expresión espiritual. Pombo encarna lo mejor de la vieja poesía: la imaginación americana en viejos e inapropiados moldes.

Martí, que  por entonces cumplía treinta y cinco años, rinde un homenaje al romántico de la generación anterior. Pombo tenía entonces cincuenta y cinco años y representaba la vieja alma caballeresca, apegada a lo desapa­recido. En el artículo no se habla de modernismo: se apunta a la necesidad de modernización.

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Dos años antes, había aparecido en Bogotá una antología de poetas contemporáneos, con un título que algo tenía de “manifiesto”: La lira nueva. En su prólogo, firmado por José María Rivas Groot, se advierte que la intención es proporcio­nar una visión de conjunto del “movimiento intelectual que de años a esta parte se verifica entre nosotros”. El libro es una recopilación de poemas, casi todos recogidos de periódicos y revistas, o inéditos. Rivas Groot insinúa la importancia de un balance: mediante la evaluación del camino recorrido, enseñar el camino que debía transitarse en lo venidero. El adjetivo “nueva” del título parece aludir a otra antología que había empezado a circular dos años antes, en fascículos, y que fue editada en dos volúmenes entre 1886 y 1887. Su título es también significativo: Parnaso colombiano. Los poemas que lo integran fueron seleccionados por Julio Añez, pero el prólogo es del mismo José María Rivas Groot. El Parnaso colombiano reúne a los escritores de la tradición poética nacional, desde la Colonia hasta los últimos románticos. La presencia más avasalladora en la colección por la cantidad y la significación de sus obras seleccionadas es la de Rafael Pombo.  Esto resulta más diciente si se pone en relación con otro dato: la figura que, con el tiempo, se destacaría entre los antologizados en La lira nueva es la de José Asunción Silva, por entonces un joven poeta desconocido de veintiún años.

El prólogo de La lira nimia llama la atención sobre algunos  rasgos sobresalientes de la poesía reciente que, en conjunto, parecen contraponerla a la jaoesía del pasado. Uno de ellos es “la aspiración a los asuntos filosóficos”, al contrario de cierta tendencia anterior a lo baladí, a las confesiones íntimas, al lamento desconsolado. “Los temas sin trascendencia, ya eróticos o epigramáticos, al par que ciertos rasgos de sujetivismo invero­símil” predominaban en la poesía colombiana de finales del romanticismo. En el estudio preliminar que acompaña al Par­naso colombiano, Rivas Groot había advertido que el tema “eró­tico” se había convertido en”guarida de lugares comunes”. Preferible le parecía la influencia objetívista del parnasiano Leconte de Lisie o el recurso a “inusitadas extravagancias”, que continuar con las “frases estereotipadas” de los “exangües can­tares de amor”. El prologuista concibe la modernidad, según lo expresa al final de su escrito introductorio a la antología de los “nuevos”, ligada a temas como la historia, el pasado nacional, las conquistas sociales, los sufrimientos del pueblo, los abismos de la fe, del dolor y del conocimiento, la poesía “científica” y  sobre todo, al descubrimiento de “correspondencias misterio­sas” en la naturaleza, “revelaciones de sus anteriores génesis,verbos de sus primitivos arcanos”. En un lenguaje que recuerda a Baudelaire pero que también tiene ecos del romanticismo anglosajón, habla de la poesía como “inmersión sagrada” en la naturaleza para arrancarle “vibraciones desconocidas, co­rrientes ignoradas, ritmos ocultos dignos de nuevas liras”.

En el prólogo del Parnaso colombiano, Rivas Groot había llamado la atención sobre la tendencia a lo epigramático y lo festivo, tan ligada a la tradición costumbrista, para declarar que ya no era del gusto contemporáneo. Y lo mismo afirmaba de los temas heroicos, mitológicos y didácticos, así como de los arcaísmos, de los símbolos cristianos y de las moralejas. Ya Pombo había señalado en 1881, en su prólogo a las poesías de Gutiérrez González, un exceso de “poesía parroquial” y de ocasión dentro de los hábitos literarios de la época. Pero Pombo aboga, a propósito de la Memoria sobre el cultivo del maíz en Antioquia, por una “poesía descriptiva más directa y pura, más despreocupada y mejor sentida”, una poesía que fuese, en su sobriedad y exactitud, “espejo de la naturaleza”. Ese elogio de lo directo, de lo espontáneo, de lo “despreocupado” e inmediato ya está lejano de la nueva propuesta que Rivas Groot apenas insinúa pero que pocos años más adelante recibirá formu­laciones más atrevidas: la poesía no es para describir en forma realista lo que ven los ojos sino para sugerir lo que no se puede ver, el misterio de las “correspondencias ocultas”. Silva lo expresa en uno de los ocho poemas, que publicó en la Lira Nueva, “A Diego Fallón”. Allí dice:

Tendrán vagos murmullos misteriosos

el lago y los juncales,

nacerán los idilio

entre el musgo, a la sombra ríe los árboles,

y seguirá forjando sus poemas

naturaleza amante

que rima en una misma estrofa inmensa

los leves nidos y los hondos valles.

Silva va a ser, en Colombia, el primer abanderado de una poesía sin propcísitos didácticos, desprovista de fines utilitarios, ya sean éstos de inculcación moral o religiosa, de exaltación patriótica o conmoción política. Camino que directamente conduce a la idea de la “poesía pura”. Pombo, a la inversa, cree en la función educativa de la poesía y en la necesidad de utilizarla para mejorar las costumbres y promo­ver las buenas causas, como el nacionalismo y la fe cristiana. Todavía el prologuista de La lira nueva creía en esa función del poeta y a su manera, lo formulaba en estas palabras: “El bardo, como nadie altivo, será el guardián de todas nuestras libertades, al par que el que unja en la frente todos nuestros deberes”, proposición muy poco modernista, por cierto.

 

*Continúe leyendo el ensayo en la página de la Biblioteca de la Universidad Nacional de Colombia: http://www.bdigital.unal.edu.co/1373/3/02CAPI01.pdf