Evgueni Aleksándrovich Evtushenko (Nizhneúdinsk, provincia de Irkutsk, 18 de julio de 1932 -Tulsa, Oklahoma, Estados Unidos, 1 de abril de 2017). (Yevgueni Aleksándrovich Gangnus; en ruso: Евгéний Алексáндрович Евтушéнко; a veces su nombre se ve transcrito como Yevgeni, Yevgeny, Yevgueny, Evgeni, Evgeni, y su apellido, Yevtushenko o Yevtuchenko) fue un poeta ruso, profesor de universidad e incursionó en el cine como actor, guionista y director. Su obra en castellano, casi toda poesía, ofrece títulos como No he nacido tarde; El dios de las gallinas; Autobiografía precoz; El oso y el colibrí, coautoría con Gonzalo Arango; Entre la ciudad sí y la ciudad no; ¡Escuchadme ciudadanos! Versos y poemas: 1959-64; Siberia, tierra de bayas (novela); Adiós, Bandera Roja. Selección de poesía y prosa (1953-1996); No mueras antes de morir (novela). El siguiente es un fragmento del prólogo al libro de narraciones Dzhan, de Andrei Platónov.

Prólogo
Andrei Platónov, que nos mira desde una de sus últimas fotografías, parece un cansado obrero ruso. No tiene ni un rasgo de afectación, ni un indicio de lo que se suele llamar «temperamento artístico», ni profundidad monumental, ni «brillo de oráculo» en los ojos.
A los hombres con una cara como ésta no les gusta la elocuencia. Prefieren el estudio minucioso del intrincado mecanismo de la vida y, antes de creerse algo, necesitan palparlo con sus manos.
Es la cara de un obrero que piensa, la cara de un maestro.
La prosa que escribía Platónov tenía el mismo rostro.
Poco antes de empezar la Segunda Guerra Mundial, El tercer hijo, un cuento del escritor ruso Andrei Platónov, casi desconocido en Europa, cayó en manos del ya famoso Ernest Hemingway. En una reunión con periodistas soviéticos Hemingway habló con admiración del vigor y la expresividad del estilo de Platónov (no sabía que Platónov había escrito un brillante artículo sobre sus novelas Tener y no tener y Adiós a la armas). Para su vergüenza, ninguno de los periodistas soviéticos que participaban en la reunión conocía la obra de su compatriota. En vida, Platónov no fue mimado por la fama ni en su país ni fuera de él. Pertenece al grupo de escritores de efecto retardado, cuyo talento es como una mecha de quema lenta que tiene una longitud de muchos años. Esta mecha arde invisible pero persistente, permaneciendo seca incluso bajo la llovizna del tiempo, hasta que por fin una luz cegadora destruye los puentes que parecían construidos para la eternidad.
Gorki se fijó en el talento de Platónov. Fadéyev y Shólojov, que gozaban de reconocimiento crítico oficial y tenían un amplio círculo de lectores, admiraron su talento a pesar de sus diferencias con la trayectoria de Platónov. Vieron claramente que lejos del centro del escenario artístico, inundado de luz, ardía un candil sereno, pero constante, de un maestro notable. Y los dos avanzaron, sombrero en mano, hacia ese candil independiente, orgulloso, alejado de las luces de escena.
El destino de Platónov fue distinto al de ellos, y mientras estos escritores se encontraban en el centro de la atención pública, Platónov no pasó de sus bordes.
La literatura de cualquier pueblo es como una gran ciudad. Solamente el espectador superficial juzga una ciudad por sus famosas avenidas y plazas públicas, amablemente anunciadas por las agencias turísticas. Para los antiguos moradores y los visitantes curiosos la ciudad se descubre frecuentemente en los suburbios, donde no llegan los autocares de turistas.
Allí, lejos del ruido y de la congestión del centro, se puede percibir la calidad permanente de la ciudad. Las afueras revelan el verdadero sentido del centro mucho más que el centro el de las afueras. La vida tosca y triste de los suburbios siempre es más abierta, más reveladora que los monumentos o los edificios altos de acero y cristal.
Así era la calle de Andrei Platónov en la ciudad de la literatura rusa. Es como las calles de su infancia.
Platónov escribió sobre sí mismo:
Nací en 1899 en un poblado que se llamaba Yamskaya. Hace diez años había poca diferencia entre Yamskaya y una aldea. Me gustaba el campo hasta llorar, aunque no lo había vuelto a ver desde que tuve doce años. En Yamskaya había empalizadas de ramas, huertos y espacios libres cubiertos de bardana, chozas en lugar de casas, gallinas, zapateros y gran cantidad de campesinos avanzando por el camino de Zadonsk. La campana de la iglesia era la única música del pueblo; por las tardes los viejos, los mendigos y yo la escuchábamos con un profundo sentimiento. Los días de fiesta, hasta los menos importantes, se organizaban batallas encarnizadas con Chizhevka o Tróitskaya, también arrabales alejados. En una especie de éxtasis de violencia los hombres se batían a muerte hasta que alguien gritaba: «¡Aire!». Esto significaba que alguien había recibido un golpe en el corazón o en el hígado y que estaría temblando de pies a cabeza, blanco y moribundo, hasta que el tumulto no dejara sitio a su alrededor, dando paso al viento y al fresco. Entonces continuaba la batalla.
… Aprendí a leer en la escuela. Después empecé a trabajar. Trabajé en muchos lugares y para muchos jefes. En una época en casa éramos diez y yo era el hijo mayor: el único que trabajaba además de mi padre. Mi padre era obrero metalista y no podía alimentar una horda semejante. He olvidado decir que, además de los campos, mi madre y el sonido de las campanas, también amaba —y cuánto más vivo más amo— las máquinas de vapor, los coches, los silbidos agudos y el trabajo duro. Entonces creía que todo estaba hecho por el hombre y que nada venía por sí mismo; durante mucho tiempo pensé que los niños se hacían en alguna parte en una fábrica, en lugar de nacer de los vientres de sus madres.
Hay algún tipo de vínculo, una especie de parentesco entre la bardana y los mendigos cantando en el campo, la electricidad, la locomotora y su silbido y los terremotos; en todo esto y en algunas otras cosas existe la misma marca de nacimiento. Qué es en realidad, todavía no lo sé, pero sí estoy seguro de que si un hombre, que no es más que un campesino pobre, se subiera mañana a una gran locomotora a manejar sus mandos, la dominaría tan bien que sería imposible reconocerlo. Hacer crecer la hierba y hacer funcionar una máquina de vapor exige el mismo tipo de mecánica…
Esto lo escribió Platónov en una carta a uno de los editores de su primer libro de poesía, Azul profundidad, que se publicó en Krasnodar en 1922 en una edición de 800 ejemplares. Era una colección francamente mediocre, y el talento poético de Platónov se veía con mucha más claridad en los pequeños fragmentos de prosa, citados en la introducción, que en los propios poemas.
Es evidente que él mismo lo comprendió y abandonó la prosa con ritmo poético para escribir una prosa que era una especie de poesía sin ritmo. Algunos escritores no prestan bastante atención a la palabra; para ellos lo más importante es exponer su propósito sin ocuparse de lo torpe y descuidada que resulte esta exposición. Otros miman cada línea, la retocan una y otra vez. Solamente para pocos escritores, y entre ellos está Platónov, existe una confluencia orgánica entre la poesía de las palabras y el desarrollo psicológico de la narración.
No creía en el valor de la palabra en sí, pero al mismo tiempo era consciente de que un mensaje se transmite no solamente a través de la manipulación del tema, sino que también por medio de la manipulación de las palabras. De la misma manera que nos puede atraer la irregularidad característica del rostro de alguien a quien amamos, nos cautivan los errores admirablemente plásticos que cometía Platónov, violando las leyes del lenguaje refinado. No hay duda de que Platónov haya creado un vocabulario propio, inspirado en el arte popular y la lengua viva de la gente sencilla.
«La madre no aguantó vivir mucho tiempo», así habla Platónov de la muerte de una mujer.
«¿Para qué quieres arándano agrio si luego no puedes arrugar la cara?», dice una gitana furiosa a un hombre que la ha rechazado. «El viento que empujó a Pujov era como los brazos vivos de un cuerpo grande y extraño que abría su inocencia al vagabundo, pero no la entregaba, y Pujov gritó con toda su alma de tanta felicidad».
Pero los resultados más sorprendentes los consiguió Platónov cuando mostró con arte la invasión loca de frases políticas y de palabras neoburocráticas en el habla de los campesinos.
Chepurny leyó que las Autoridades Soviéticas habían cedido a la burguesía todo el cielo interminable, equipado con estrellas y otros cuerpos celestes, necesarios para organizar la gloria eterna; en lo referente a la tierra, a sus estructuras fundamentales y lo esencial para vivir, todo esto tenía que quedarse abajo, a cambio del cielo, totalmente en manos del proletariado y el campesinado trabajador. Al final de la proclama se establecía la fecha del Segundo Advenimiento, que llevaría a la burguesía, de una manera organizada y fácil, al mundo venidero.
Platónov no era un inventor de trucos verbales. Simplemente poseía un oído extraordinario y reunió en su prosa el lenguaje de la época: tosco, variopinto y exento de humor. Realmente, en aquella época había cosas que oír. Desde 1923 hasta 1927 trabajó como especialista en reclamaciones de tierra en varias provincias de la parte central de Rusia, donde pudo ver la terrible devastación y pobreza de una época cuando las cosas habían llegado a tal extremo que los hombres se comían unos a otros.
Platónov recibió la revolución con el corazón abierto, pero observó que en la práctica la construcción del socialismo no resultaba nada fácil. En algunos lugares el poder había caído en manos de personas que no sabían qué hacer con él. Por una parte, la Escila de la anarquía asustaba a Platónov, por otra, estaba la Caribdis de la burocracia.
El futuro había que construirlo, pero ¿a qué precio?
No es casual que en aquella época Platónov escribiera Las esclusas de Epifanía, donde admiraba el genio organizador de Pedro el Grande y, al mismo tiempo, estaba horrorizado por sus métodos sangrientos. En Chevengur, novela de la cual se ha publicado solamente una parte: Los orígenes del maestro, Platónov describió simbólicamente el intento de construir el comunismo por unos campesinos pobres y casi analfabetos. Los campesinos echan a los terratenientes y, como consideran que ya han organizado una sociedad sin clases, esperan que el futuro venga solo. Pero el futuro no aparece y las casas empiezan a derrumbarse. «En aquellos días oscuros el comunismo de Chevengur en las estepas era indefenso, porque los hombres vencían el cansancio de la vida diaria con el poder del sueño y por un tiempo olvidaron aquello en que creían».


