cobo-borda-juan-gustavoJuan Gustavo Cobo Borda es un poeta, periodista y diplomático colombiano. Sus primeros poemas, según confesión propia, “eran flagrantes plagios de […] Pablo Neruda y sus Veinte poemas de amor“. También le influyeron Jorge Luis Borges y Constantino Cavafis. Su primer poemario, Consejos para sobrevivir, apareció en 1974 en una editoral ficticia, La Soga al Cuello; como él mismo cuenta: “el libro fue hecho con dinero que me prestó mi mujer”.

A esa primera compilación, le han seguido muchas otras, sobre las que Cobo Borda comenta: “Siempre he dicho que escribo (y publico) el mismo libro de poemas, cambiándole el título, y es cierto”.

Su poesía ha sido traducida a diversos idiomas, ha sido jurado de varios concursos literarios y ha realizado una importante labor de antólogo tanto de poesía colombiana como hispanoamericana. (Fuente: Wikipedia Commons).

¿Por qué leer literatura?*

André Gide en su Tratado de Narciso de 1881 lo dijo: “Sabéis la historia, no importa; la repetiremos. Todo se ha dicho, pero como nadie escucha, es preciso siempre recomenzar”.
¿Por que hay que leer literatura? Primero que todo, porque la literatura trata de sí misma. Se refiere a sí misma. Y en segundo lugar, porque la literatura se olvida y tiene la necesidad imperiosa de volver a oírse. De reescribirse. En estos días, por uno y otro motivo, he trajinado con tres libros distintos. Cien años de soledad, de Gabriel García Márquez; La novela de Perón, de Tomas Eloy Martínez; y Los detectives salvajes, de Roberto Bolaño. ¿Qué tienen en común los tres? Que todos encierran, como impulso de su escritura, la literatura misma. Viejos manuscritos, cifrados en clave, donde estaba escrita la historia que acabamos de leer. “Era la historia de la familia, escrita por Melquíades, hasta en sus detalles más triviales, con cien años de anticipación. La había redactado en sanscrito, que era su lengua materna, y había cifrado los versos pares con la clave privada del emperador Augusto, y los impares con claves militares lacedemonias” (p. 508-509). Pero el último Buendía la leerá como si esos manuscritos estuvieran escritos en diáfano castellano.

La literatura miente para decir su verdad

En La novela de Perón un periodista, Zamora, y el propio Tomas Eloy Martínez, que es periodista y entrevista varias veces a Perón, descubren, resignados, que la realidad sólo puede -quizás- comprenderse a través de la ficción. Que la habilidosa astucia y el pragmático cinismo de Perón es mucho más cierto y eficaz que la pretendida verdad; la cual, por cierto, no pueden atrapar. “La historia se quedará con la verdad que yo estoy contando” (p.62), dice en algún momento el personaje que es Perón; y comenta: “Aquí están los documentos, todos los que se me da la gana. Y si no están, López (Rega) los inventa. Le basta con posar la mano sobre un papel para volverlo amarillo: así me ha dicho”.

El brujo López Rega como el brujo Melquíades someten a un proceso alquímico, de tergiversaciones esencializadoras y de transmutación poética, los simples datos de la realidad pedestre. Estos papeles efímeros en que consignamos hechos que luego son sueños. Sueños que son libros. Profecía que se cumple y aclara o versión que se impone entre muchas, y perdura; la literatura miente y se contradice para decir su verdad. ¿Debemos quizás leer literatura para captar la sólida mentira que alienta debajo de la elusiva verdad?

El general Perón, por su parte, dijo en una entrevista: “si he vuelto a ser protagonista de la historia, una y otra vez, fue porque me contradije. ¿La patria socialista? Yo la he inventado. ¿La patria conservadora? Yo la mantengo viva. Tengo que soplar para todos lados, como el gallo de la veleta. Y no retractarme nunca, sino ir acumulando frases” (p. 218). Quizás Tomas Eloy Martínez buscó, como se dice, desmitificar el mito de Perón. Reducirlo, él tan propenso a la mentira, a su justa verdad. Terminada su lectura el mito ha salido reforzado: se volvió ficción. Quizás la literatura no despeja el terreno y pone las cosas en su sitio: las sitúa en un nivel distinto, donde solo cuenta su capacidad de persuadir y fabular. De atrapar con sus artes de rigurosa hechicería.

Los divertidos real-visceralistas de la novela de Bolaño buscan los textos inexistentes, que nunca leeremos, de una poeta estridentista, Cesárea Tinajero. El estridentismo, una nota a pie de página en la literatura mexicana, una breve mención en la historia de la vanguardia en América Latina, da razón a este desopilante thriller, a esta literatura en el camino, de estos aprendices de poeta, podridos de referencias literarias, y quizás contrabandistas de marihuana, en la incierta frontera méxico-norteamericana.

Somos nadie pero podemos ser otros

Es factible deducir, con estos ejemplos concretos, cómo la literatura nace de la lectura de otro libro (o de muchos). Y de cómo ella, animada por una ambición absoluta, encuentra en sí misma su razón de ser. El autor puede compensar una carencia, rectificar una injusticia, conquistar, desde provincia, una capital letrada, el París con que tantos soñaron ser consagrados, o intentar enmendarle la plana a la historia, tan atroz y tan monótona a la vez. Tan cruel y a la vez tan carente de sentido, cuando el tiempo desnuda, hasta el límite, la épica batalla entre el Bien y el Mal, en pos de la ballena blanca.

Pero la fuerza de la literatura para poner en cuestión ídolos y prejuicios, valores y entelequias sancionados por el uso y el abuso termina por depararnos una paradójica lección. La que Borges, en un texto de 1952, resumió certeramente así al hablar de las “Magias parciales del Quijote”:

“¿Por que nos inquieta que Don Quijote sea lector del Quijote y Hamlet espectador de Hamlet? Creo haber dado con la causa: tales inversiones sugieren que si los caracteres de una ficción pueden ser lectores o espectadores, nosotros, sus lectores o espectadores, podemos ser ficticios”.

¿Por qué hay que leer literatura? Una primera respuesta sería: porque somos Nadie. Porque con la literatura reconocemos nuestra condición transitoria y efímera y, a la vez, podemos asumir una identidad distinta. Mario Vargas Llosa, con tenacidad de catecúmeno, nos ha repetido una y otra vez que la realidad deprimente de todos los días requiere el escape imaginario. La utópica realidad alternativa que nos aísle en la lectura y que desde allí reedifique la ciudad de lo posible y que es más real que cuanto nos rodea. Y como lo dijo un autor que él ama y que ha leído con fervor, escribiendo sobre él mismo, Georges Bataille: “un poco más, un poco menos, todo hombre está atado a los relatos, a las novelas, que le revelan la verdad múltiple de la vida. Sólo esos relatos, leídos a veces con zozobra, lo sitúan ante el destino”.

Los grandes lectores

Podemos, por lo tanto, fijarnos en la primera parte de la pregunta que nos convoca, el acto de la lectura, después de precisar la verdad múltiple de la vida, que la literatura torna presente. Evadirnos quizás para hacer real a un presente a menudo incomprensible. ¿Cuáles han sido los grandes lectores del siglo que murió? ¿Quiénes, en el siglo XX, por el olvidado arte de leer ampliaron, y no restringieron, nuestra visión? Podemos pensar que el filosofo alemán Martin Heidegger en sus asedios a los versos del poeta Hölderlin nos mostró fehacientemente lo que significaba leer. Su glosa a un texto de Hölderlin: “y se le ha dado al hombre el más peligroso de los bienes, el lenguaje… para que muestre lo que es …..”, es un ineludible punto de partida, desde la reflexión creativa, para develar las diversas facetas de ese bien: “sólo hay mundo donde hay habla, es decir el círculo siempre cambiante de decisión y obra, de acción y responsabilidad, pero también de capricho y alboroto, de caída y extravío”, como señala Heidegger en Arte y poesía.

Quizás otra figura emblemática del más agudo lector, sea la figura, también trágica, de Walter Benjamin. Si el nazismo fue exaltado por Heidegger en sus discursos rectorales, Benjamin, entre las exigencias del marxismo y su preocupación por la cábala, como método de exégesis, vería trunca e imposible su obra más ambiciosa, sobre París, capital del siglo XIX. Una acumulación de citas es el desolado balance de este incomparable lector, suicida ante el arrollador despliegue nazi. Benjamin escribió, en La tarea del traductor, que “el arte propiamente dicho presupone el carácter físico y espiritual del hombre, pero no existe ninguna obra de arte que trate de atraer su atención, porque ningún poema está dedicado al lector, ningún cuadro a quien lo contemple, ni sinfonía alguna a quienes la escuchan” (p.76).

Y luego agrega:”¿Qué ‘dice’ una obra literaria? ¿Qué comunica?  Muy poco a aquel que la comprende. Su razón de ser fundamental no es la comunicación, sino la afirmación”.

“No existe documento de cultura que no sea a la vez documento de barbarie” señaló, en otro texto, Benjamin. Cerremos este apartado, en pos del lector ideal, con una observación de Mircea Eliade, que nos confirma por qué quizás debemos leer literatura. O aún mejor, oírla: “quien sabe narrar historias puede, en circunstancias difíciles, salvarse. Así ha ocurrido en los campos de concentración rusos. Los que tenían la suerte de contar con un narrador de historias en su barrancón han sobrevivido en mayor número. Escuchar historias les ayudó a atravesar el infierno del campo de concentración. El interés por la narración forma parte de nuestro modo de ser en el mundo. Nosotros somos seres para la ‘aventura’. El hombre nunca podrá renunciar a que le narren historias”.

La felicidad de escribir, desdeñosa, por cierto, de si será leído o no, tiene un equivalente simétrico en la felicidad de leer, lejos de prólogos, críticas o entrevistas. Lejos de premios o conferencias de prensa. Bien supo ese placer incomparable un lector de novelas policiales llamado Juan Carlos Onetti. Al hablar de Roberto Arlt escribió: “nadie nos dirá nunca, como él, de manera torpe, genial y convincente, que nacer significa la aceptación de un pacto monstruoso y que, sin embargo, estar vivo es la única verdadera maravilla posible. Y tampoco nos dirá que, absurdamente, más vale persistir“.

Quizás por ello hay que leer literatura.

Tomado del libro “El olvidado arte de leer”, Editorial Taurus, 2006, pp 13-17.