Ricardo Vélez Rodríguez. (Bogotá, 1943). Licenciado en Filosofia por la Pontificia Universidad Javeriana en 1963. Estudió Teología en el Seminario Conciliar de Bogotá. Obtuvo el título de maestría en Filosofía en la Universidad Católica de Rio de Janeiro y de Doctor en Filosofia por la Universidad Gama Filho (Río de Janeiro). Vive en Brasil desde 1979, donde dirige el centro de posgrados sobre pensamiento brasileño de la Universidad Federal de Juiz de Fora. La mayor parte de su obra ha sido escrita en portugués. Ha publicado varios libros y artículos en revistas especializadas. En castellano: El hispanismo o liberalismo conservador legado por los Krausistas españoles: análisis y síntesis acerca del pensamiento de Francisco Giner de los Ríos; Liberalismo y conservatismo en la América Latina; Estado, cultura y sociedad en la América Latina.

 

Catolicismo y modernidad: La función moralizadora de la iglesia

Mucho se ha escrito sobre este tema. Generalmente los autores destacan que el “espíritu del capitalismo” no iluminó a las naciones de tradición católica. La obra clásica de Max Weber titulada La ética protestante en los orígenes del capitalismo fué tal vez la contribución teórica que de forma más decisiva estableció esa incompatibilidad. Los puntos fundamentales de ésta radican en el hecho de que la Contrarreforma produjo, en los países católicos, serios prejuicios contra la idea de lucro, elemento esencial del capitalismo. Además, la Iglesia Católica, al perder los Estados Pontificios a manos de los liberales italianos Garibaldi y Cavour, pasó a criticar la ideología liberal como contraria a los dogmas. Estos prejuicios antiliberales produjeron el fenómeno del ultramontanismo o tradicionalismo papal, que condujo a la condenación del liberalismo por Pío IX. Los católicos no podrían ser liberales y viceversa. En Colombia fué tradicional esa posición, hecho que llevó a la Iglesia Católica a aliarse al Partido Conservador y a lanzar a las tinieblas exteriores a los liberales. El Frente Nacional (1957-1970) tuvo de bueno que permitió superar ese radicalismo. Mas permaneció un efecto perverso en nuestro panorama cultural: el anticlericalismo de los liberales y de los que se aproximaron a otras ideologías contrarias al conservatismo.

Pero el hecho es que países de tradición católica se han modernizado y llegan a integrar hoy el exclusivo club del Primer Mundo. Me refiero a Italia y España. Otros países de tradición católica tocan hoy en día a las puertas del mundo desarrollado, como es el caso de Chile y México. Puesto que este fenómeno nos afecta muy de cerca, toda vez que Colombia constituye un país de tradición católica que aspira a la modernidad, vale la pena indagar acerca de cómo se modernizaron España e Italia. En otra oportunidad me referiré a los casos chileno y mexicano. Digamos, para comenzar, que si los dos primeros países que acabo de mencionar se han modernizado, estando inscritos culturalmente en el ámbito de la tradición católica, ex post facto o a posteriori podemos afirmar que la oposición catolicismo-modernidad no es tan universal como se imaginaba. Efectivamente: España e Italia llegaron a lo que son, no renegando su cultura de inspiración católica, sino a partir de condiciones históricas particulares que analizaré un poco más adelante. Afirmación semejante podría hacerse en relación con los procesos modernizadores mexicano y chileno.

En el caso italiano, es conveniente recordar que hubo, desde fines de la Edad Media y a lo largo de los siglos XV y XVI, una gran vitalidad de las ciudades. La burguesía y la nobleza aburguesada constituyeron, en ellas, una élite ilustrada que encarnaba el ideal renacentista del uomo singolare. Esta élite era representada, según destaca Jacob Burkhardt en La cultura del Renacimiento en Italia, por personalidades fuertes como Lorenzo de Médicis, que eran la manifestación concreta de ese ideal antropológico. En virtud de éste, por una dinámica de sobrevivencia en un contexto bastante agresivo como era la Italia de los condottieri, los individuos se veían obligados a sobresalir en todos los terrenos (arte de la guerra, estudios humanísticos, artes plásticas, administración pública, comercio,, industria, etc.), llegando a encarnar personalidades fuertes y polifacéticas. Ese es el contexto liberal en el que emergió la ciencia moderna con Galileo Galilei. Dos ideales se insertaron en la cultura italiana a partir de este período: el amor a la libertad y la búsqueda de la unidad nacional. El Príncipe, de Maquiavelo, es expresión clara de éstos [i].

No hay duda de que los ideales señalados constituyeron una base que le permitió a la nación italiana conservar su identidad, en un contexto internacional dominado, a comienzos del siglo XIX, por la hegemonía francesa y, posteriormente, ya avanzado éste, por la hegemonía austríaca. La búsqueda de la unidad italiana era un ideal acariciado por los liberales, que se reunían en sociedades secretas (carbonarios) y que, a mediados del siglo XIX, com Garibaldi y Cavour, lograron la unificación deseada durante tantos años. La proclamación de la Constitución de 1848 por Fernando de Nápoles, la abdicación de Carlos Alberto del Piemonte en favor de su hijo Victor Manuel, la subida al poder de Cavour, como primer ministro que buscaba la “regeneración de la Patria” (1852), la campaña de Garibaldi en el Reino de las Dos Sicilias y la invasión de los Estados Pontificios por parte de las tropas piamontesas (1860), fueron eventos que llevaron a disminuír la hegemonía austríaca, por una parte, y por outra, a conseguir la efectiva unidad nacional con la coronación de Victor Manuel II como Rey de Italia (1861).

Paralelamente, gracias a la pérdida de los Estados Pontificios, la Iglesia Católica dejó de ser una instancia política para convertirse, progresivamente, a partir de 1870, en una instancia moral. Está ahí el origen de la fuerza que le permitirá al Papado recuperar su prestigio social a lo largo del siglo XX y colocarse como elemento de moderación política, sea frente al fascismo en las décadas del 20 y del 30, sea frente al comunismo a lo largo de la segunda postguerra. El surgimiento y la consolidación de la Democracia Cristiana es el efecto más palpable de ese esfuerzo moderador de la Iglesia Católica en la sociedad italiana. Podríamos concluír que el catolicismo dió una contribución muy valiosa al proceso de modernización de Italia en este siglo, al defender la democracia representativa frente a los totalitarismos de izquierda y de derecha [ii].

En el caso de España, podemos observar que la política ultramontana favorecida por la Casa de Austria durante los siglos XVI y XVII y que se consolidó en el concilio de Trento (1538), a partir del cual se realizó la Contrarreforma, encontró fuertes limitaciones durante los siglos XVIII y XIX, por fuerza de la ascensión de la ilustración racionalista, que tuvo como principal efecto el creciente anticlericalismo. Éste se proyectó sobre la historia española del siglo XX y se hizo presente, de forma agresiva, a partir del triunfo del Frente Popular en 1936. Como reacción contra el socialismo anticlerical y anárquico, diversos organismos de inspiración tradicionalista y conservadora lograron unirse y prepararon un movimiento simultáneamente de opinión, de cuartel y de plaza pública. El movimiento militar, inicialmente en manos de Sanjurjo, Franco y Mola, pasó a ser controlado por el segundo, que se había destacado como oficial excepcionalmente valiente, lo que le valió llegar muy temprano al generalato. Después de la cruentísima guerra civil (1936-1939), que dejó más de un millón de muertos, Franco emprendió la penosa labor de reconstruír el Estado español y de resucitar la economía, que se hallaba en total bancarrota [iii].

En lo relativo a la reconstrucción del Estado, el camino recorrido por el franquismo fue el que se encajaba en la tradición española del Estado patrimonial centralizador. Franco aglutinó a los varios segmentos conservadores y tradicionalistas al rededor del partido único, que estaba integrado por los carlistas, los monárquicos, los requetés, la Falange Española Tradicionalista (FET), fundada por José Antonio Primo de Rivera y las Juntas de Ofensiva Nacional Sindicalista (JONS). Al promulgar la constitución del 18 de Julio de 1942, el Caudillo, que pasó a llamarse Jefe del Estado español, afirmó: “España no es un Estado dictatorial, sino una Jerarquía”, destacando, de esta forma, el tipo orgánico que le pretendía dar a la sociedad. Por otra parte, al adoptar como símbolo las armas de los Reyes Católicos (el águila de San Juan, el yugo y el haz de flechas), el nuevo régimen buscaba repetir la gesta de la reconquista, alrededor de la fe católica, que pasó a ser considerada como la religión oficial del Estado. Esta unión entre el trono y el altar quedó bien clara en la declaración que Franco hizo el 31 de marzo de 1947, según la cual “España es un país católico y social constituido en Reino”, cuya presidencia el generalísimo desempeñaba. El Concordato que el Estado español y el Vaticano celebraron el 27 de Agosto de 1953 ratificaba las garantías que la Constitución vigente le confería a la Iglesia Católica y destacaba la fidelidad de ésta al régimen franquista.

[i] Cf. MAQUIAVELO, Nicolás. Obras políticas. (Traducción de Luis Navarro; nota biográfica de L. Navarro; prólogo de George H. Sabine). La Habana: Instituto Cubano del Libro, 1971. Cf. también BURKHARDT, Jacob. La civilisation en Italie au temps de la Renaissance. (Traducción francesa de M Schmitt). Paris: Plon, 1877, 2 vol.

[ii] Cf. STURZO, Luigi. Opere scelte. (Edición organizada por Gabriela de Rosa). Roma-Bari: Editori Laterza, 1992, 6 vol. Cf. también: GIORGINO, Francesco. Gli eredi di Sturzo – cinquant’anni di DC racontati da democristiani e post democristiani. Milano: Mursia Editore, 1995.

[iii] Cf. GRENVILLE, J. A. A history of the World in the twentieth century. Cambridge-Mass.: Harvard University Press, 1994, pg. 225-231.