Adeline Virginia Stephen (Londres, 25 de enero de 1882-Lewes, Sussex, 28 de marzo de 1941) fue una novelista, ensayista, escritora de cartas, editora, biógrafa, feminista y cuentista británica, considerada una de las más destacadas figuras del modernismo literario del siglo XX. Entre sus novelas se destacan: La señora Dalloway (1925), Al faro (1927), Orlando: una biografía (1928) y Las olas (1931). Entre su obra ensayística en español: La torre inclinada y otros ensayos, (1980), Horas en una biblioteca (2008), Leer o no leer y otros escritos (2013) y Atardecer en Sussex y otros escritos (2014). A continuación un fragmento de su ensayo Horas en una biblioteca, tomado del libro del mismo nombre.

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Comencemos por aclarar la antigua confusión que se da entre el hombre que ama la erudición y el hombre que ama la lectura, y señalemos cuanto antes que no existe conexión de ninguna especie entre los dos. El erudito es un entusiasta sedentario, concentrado, solitario, que busca en los libros en su afán de descubrir una determinada pizca de verdad, en la cual ha puesto todo su empeño y todo su corazón. Si la pasión de la lectura lo conquista, sus ganancias menguan y se le escurren entre los dedos. Por otra parte, un lector ha de poner coto al deseo de aprender ya desde el comienzo; si el saber se le pega, excelente, pero ir en busca del saber, leer de acuerdo con un sistema, convertirse en especialista, o en una autoridad, es algo que tiene todas las trazas de acabar con lo que preferimos considerar como una pasión más humana, una pasión por la lectura pura y desinteresada.

A pesar de todo esto, fácilmente se puede conjurar una imagen que presta un buen servicio al hombre libresco y que suscita una sonrisa a sus expensas. Imaginamos a una figura pálida e incluso ojerosa, delgada, con una bata de vestir, perdida en sus especulaciones, incapaz de levantar una sartén del hornillo, o de abordar a una dama sin sonrojarse, ignorante de las noticias del día, si bien versada en los catálogos de las librerías de lance, en cuyos oscuros recintos pasa las horas de luz diurna: un personaje sin duda delicioso en su sencillez refunfuñona, aunque en modo alguno se asemeje a ese otro al que preferiríamos dirigir nuestra atención. Y es que el lector verdadero es esencialmente joven. Es un hombre de intensa curiosidad, de ideas, abierto de miras, comunicativo, para el cual la lectura tiene más las propiedades de un ejercicio brioso al aire libre que las del estudio en un lugar resguardado. Camina por las calzadas reales, asciende más alto, cada vez más alto, por los montes, hasta que el aire es tan exiguo que se hace difícil respirar.

Para él, la lectura no es una dedicación sedentaria.

Sin embargo, dejando a un lado toda afirmación general, no sería difícil demostrar por medio de un conjunto de hechos contrastados que la gran época para la lectura es la que va de los dieciocho a los veinticuatro años de edad. La mera lista de lo que entonces se lee colma el corazón de las personas mayores de pura desesperación. No es solamente que leamos tantísimos libros, sino también que hayamos podido leer precisamente esos libros.

Si se desea refrescar la memoria, tomemos uno de esos viejos cuadernos que rezuman, en un momento u otro, la pasión de los comienzos. Es verdad que la mayoría de las páginas han quedado en blanco, aunque al principio encontraremos un determinado número hermosamente seguido de una caligrafía perfectamente legible. Ahí hemos anotado los nombres de los grandes escritores por orden de mérito; habremos copiado espléndidos pasajes de los clásicos; habrá también listas de libros por leer; lo más interesante de todo es que también habrá listas de libros en efecto leídos, como atestigua el lector con un punto de vanidad juvenil al añadir una marca en tinta roja. Citaré una lista de los libros que alguien leyó durante un pasado mes de enero, a los veinte años de edad, la mayoría muy seguramente por primera vez. 1. Rhoda Fleming; 2. The Shaving of Shagpat; 3. Tom Jones; 4. El Laodiceo; 5. Psicología, de Dewey; 6. El Libro de Job; 7. El Discourse of Poesie de Webbe; 8. La duquesa de Amalfi; 9. La tragedia del vengador. Así prosigue de mes en mes, hasta que, como sucede con estas listas, de pronto cesa al llegar a junio. Si seguimos al lector durante estos meses resulta evidente que apenas ha podido hacer otra cosa que leer. Ha peinado la literatura isabelina bastante a  conciencia; ha leído mucho a Webster, Browning, Shelley, Spenser y Congreve; a Peacock lo ha leído de punta a cabo; ha leído casi todas las novelas de Jane Austen hasta dos y tres veces. Ha leído todo Meredith, todo Ibsen, algo de Bernard Shaw. Podemos tener también bastante certeza de que el tiempo que no haya dedicado a la lectura lo habrá pasado absorto en estupendas disquisiciones, en polémicas en las que los griegos se enfrentan a los modernos, el romanticismo al realismo, Racine a Shakespeare, hasta que las lámparas palidecieran con el alba.

Aquellas viejas listas siguen estando ahí y nos hacen sonreír y tal vez suspirar un poco, si bien daríamos lo que hiciera falta por rememorar también el humor con que se celebró esta orgía de lecturas. Felizmente, este lector no era por cierto un prodigio, y a poco que pensemos podremos los más de nosotros recordar las etapas sucesivas de nuestra propia iniciación. Los libros leídos durante la niñez, habiéndolos distraído de algún anaquel que en principio debiera habernos resultado inaccesible, tienen aún esa irrealidad y esa atrocidad de la visión hurtada al amanecer cuando se propaga sobre los campos apacibles, cuando toda la casa duerme todavía. Asomándonos entre las cortinas, vislumbramos el perfil extraño de los árboles que envuelve la bruma y que apenas reconocemos, aunque tal vez los hayamos de recordar durante toda la vida, pues los niños tienen extrañas premoniciones del porvenir. En cambio, las lecturas posteriores, de las que la lista reseñada es mero ejemplo, es harina de otro costal. Tal vez por vez primera han desaparecido todas las restricciones, y podemos leer lo que nos plazca; las bibliotecas están a nuestras órdenes; mejor aún, tenemos amigos que se encuentran en idéntica situación. Durante días sin fin no hacemos otra cosa que leer. Es una época de extraordinaria excitación, de exaltación. Es como si fuésemos veloces reconociendo a los héroes. Se produce una suerte de maravilla en nuestro ánimo ante la certeza de que somos nosotros quienes estamos haciendo todo esto, y con esa maravilla se entrevera una absurda arrogancia, y un deseo de dar muestras de nuestra familiaridad con los seres humanos más grandes que jamás hayan hollado este mundo. La pasión por el saber se encuentra entonces al máximo, o al menos goza de la máxima confianza, y también poseemos una singularidad de propósito que los grandes escritores gratifican al dar la apariencia de que son uno con nosotros en su estimación de lo que es bueno en la vida. Y como es necesario defender nuestro territorio frente a alguien que se haya acogido a la égida de Pope, por ejemplo, en vez de optar por Sir Thomas Browne a la hora de escoger un héroe, concebimos un profundo afecto por estos hombres, y llegamos a tener la sensación de que los conocemos no como otros los han conocido, sino de una manera privada, íntima.