Pynchon, Wallace y la distopía norteamericana

Según ellos, el destino manifiesto de Estados Unidos consiste en convertirlo todo en espectáculo, desde lo más sublime hasta lo más terrible.
Escribe / Gustavo Colorado – Ilustra / Stella Maris
Imaginemos los últimos minutos en la vida de un magnate neoyorkino de cuarenta años llamado Bill Symanski, dueño de una cadena de televisión digital que controla el mercado del entretenimiento en el centro oeste de los Estados Unidos de América.
Está recostado sobre mullidas almohadas en la suite de un hotel de lujo de su propiedad ubicado en Manhattan. Los médicos le acaban de diagnosticar una enfermedad incurable y el hombre ve allí la oportunidad de su vida. Con ayuda de ingenieros, expertos en tecnología de alta gama y especialistas en cirugías no invasivas, se hace instalar diminutas cámaras y conectores en cada uno de los órganos del cuerpo, incluidos los rincones más recónditos del cerebro.
Cada uno de esos minúsculos artefactos transmite imágenes que son proyectadas en tiempo real en una enorme pantalla líquida suspendida en la pared.
Lo que Symanski ve es una muy personal concepción de la dicha terrenal: su propio organismo moribundo destilando a cuentagotas humores mortíferos convertidos por la tecnología en hologramas de inusual belleza. Las glándulas activan su programa de autodestrucción, las enzimas se ponen en marcha y los ácidos empiezan a deshacer lo que encuentran a su paso.
El  potentado asiste así al momento supremo de su existencia: el espectáculo de su propia  disolución convertido en mercancía televisiva, asegurándose así millones de audiencias conectadas   en toda la superficie del planeta.
La imagen podría ser parte de una novela de Thomas Pynchon o de David Foster Wallace, los escritores que mejor han sabido narrar el curioso  psicodrama pluridimensional  que protagonizan los habitantes de su país desde la llegada de los primeros peregrinos a territorio norteamericano.
Cada pueblo alimenta su particular ideario colectivo. La estructura que le permite avanzar a  lo largo de su historia y afirmarse ante otras sociedades. Al contrario de lo que nos han han dicho siempre, para Pynchon y Wallace el ideario de Norteamérica no es la libertad, ni la democracia ni la afirmación del individuo tan promocionada por el liberalismo económico.
Según ellos, el destino manifiesto de Estados Unidos consiste en convertirlo todo en espectáculo, desde lo más sublime hasta lo más terrible. En novelas como V., Vineland, Contraluz, Al límite o Vicio propio en el caso de Pynchon o la desmesurada La broma infinita en lo que corresponde a D.F. Wallace, el  planeta entero es una gran pantalla en la  que sus contemporáneos se ven a sí mismos tratando de conjurar sus miedos y obsesiones, como quien asiste a una  final del Super  Bowl, ese  curioso ritual que parece resumir  en el público, los jugadores, las porristas, la publicidad y los  músicos invitados la quintaesencia del espíritu de ese país  que después de la  Segunda Guerra Mundial el  mundo  escogió como modelo a seguir, en una suerte de metástasis imparable.
Y, suspendida sobre las cabezas de todos, la omnipresencia de la CIA, el FBI, el Pentágono, la DEA y la Agencia de Servicios No Especificados: los gendarmes del imperio.
Son tantas las inquietudes comunes, que a veces la obra de Wallace parece la continuación de la de su antecesor, salvo las diferencias de voz y estilo. Ambos vuelven una y otra vez a esa  demencial trama social, histórica, política, económica y cultural  de unos Estados Unidos que parecen gravitar siempre al filo del delirio. La misma trama que aflora en manifestaciones de la cultura popular como el cine,  la música, los cómics, los deportes y, por supuesto, la televisión como forma decantada del entretenimiento.
En La broma infinita, los Estados Unidos que absorbieron a México y Canadá están gobernados  por J. Gentle, un antiguo crooner errático y en  constante desvarío. Su  presencia nos recuerda que los ciudadanos  del mundo real una vez eligieron como presidente a Ronald Reagan, un mediocre actor de cine y, en tiempos más recientes, a un presentador de televisión como Donald Trump. Eso para no hablar de los californianos, que le asignaron al mismísimo Terminator la tarea de gobernar la quinta economía del mundo.
¿ Confundían acaso la historia con el entretenimiento? Por lo visto, sí. Después de todo, los sociólogos nos han mostrado cómo un creciente número de televidentes en el mundo carece de los elementos básicos para diferenciar entre un dramatizado, un mensaje publicitario o las imágenes de un lejano país devastado por el hambre y las guerras. Para esos  seres despojados de sentido crítico los planos se superponen y quedan  convertidos en  simple espectáculo.
En ese universo distorsionado, un  genocidio tiene el mismo valor que una propaganda  de loción para después de afeitarse.
Es por eso que a muchos lectores Donald Trump, sus seguidores y lo que ellos representan, se nos antojan salidos de una novela de Pynchon o de Wallace. No es que los escritores se hayan “inspirado“ en ellos.  Todo lo contrario: se escaparon de esas páginas donde campea la lucidez más atroz.
Uno y otro descorren el velo tejido por los biempensantes y se asoman a los mundos de pesadilla que perfilan el  verdadero rostro del sueño americano: las seducciones del consumo, las mentiras de los políticos, la alienación de los deportes en masa, las infamias de los potentados que diseñan la política exterior ( lo que Wallace llama el experialismo).
El resultado de todo eso es la locura, la ansiedad, la depresión, la monomanía de las armas propia de una masa paranoica y, por lo tanto, agresiva. No es  solo coincidencia que las novelas de ambos autores estén plagadas de alcohólicos, de drogatas, de desquiciados sexuales, de criminales y de gente que va al siquiatra dos veces por semana. Es el precio que deben pagar por tanta pulsión exacerbada.
No  por casualidad al final de La broma infinita D.F. Wallace nos presenta un catálogo de las drogas consumidas por los protagonistas, desde el crack callejero hasta los fármacos producidos por los grandes laboratorios que controlan  la oferta mundial de  medicamentos.
En las obras de Pynchon y Wallace  todo está nimbado de una luz enfermiza: el tono verdoso de la niebla que se desprende de millones de aparatos de televisión encendidos día y noche. Esa niebla es el vaho, la respiración del sueño americano.
Porque, dormidos o despiertos, los habitantes de  este país desvelado por Pynchon y Wallace están atados de pies y manos al mástil de un fastuoso barco que naufraga.
PDT . Les comparto enlace a la banda sonora de esta entrada