Tras los diecisiete kilómetros iniciales el asfalto termina con un pronunciado bache como único aviso. En adelante, el camino es una serpiente de tierra y piedra que por momentos se hunde en gigantescos lodazales y por agua desbordada de las quebradas que de cuando en cuando se traga la vía.

 

Por: Daniel Benavides

La primera vez que visité Carretera Vieja tuve la impresión de que nunca había estado tan lejos de casa como entonces. En rigor puramente espacial, esto no era cierto, pero así lo era desde la geografía del asombro. El pavimento en Carretera Vieja dura poco e irónicamente solo sirve para acentuar el abandono en el que esta se encuentra; en más de una ocasión alguno de carriles es devorado por esa selva húmeda que anuncia la cercanía del océano Pacífico. La mezcla de cemento y selva le dan al paisaje un aire triste que, reforzado por la ausencia de otros vehículos, instaura en mi mente la idea de que atravieso una vía sacada de un relato postapocaliptico, propia de tiempos perdidos, de tiempos sin hombres, sin esperanza.

En realidad, Carretera Vieja no es una carretera, sino un  tramo de la llamada Antigua vía al mar, que desde 1926 y por más de cuatro décadas, sirvió como principal ruta entre la ciudad de Cali y el puerto de Buenaventura. Por ahí salían al mundo todos aquellos granos oscuros que le dieron a Colombia la fama de tener el mejor café. Pero con la construcción de la vía Cabal Pombo -una mega obra llena de viaductos y túneles que une el interior de país con  el puerto marítimo de Buenaventura y que nunca se ha podido terminar de construir- la Antigua Vía al mar quedó relegada a un segundo plano, y Carretera Vieja, con sus habitantes, fue quedando en el olvido, cubriéndose de selva y desdén, pese a las continuas promesas de una pronta restauración.

De los ciento cuarenta y dos kilómetros que conforman la Antigua vía al mar, al menos cuarenta pertenecen a Carretera Vieja, los cuales se inician desde el Corregimiento de El Queremal, en el municipio de Dagua, hasta la entrada a la zona rural de Buenaventura. Durante el 2013, mi trabajo me obliga a atravesar Carretera Vieja en al menos diez ocasiones como parte de mi trabajo en un programa estatal para el acceso a las tecnologías de información y comunicación en las instituciones educativas de todo el país. Viajo siempre como parrillero en una moto, pues el único bus que utiliza esta ruta sale a las seis de la mañana desde Cali y no me resulta útil para llegar a cada una de las cinco escuelas que conforman mi recorrido. Opto por el servicio informal de un mototaxista y desde el primer viaje descubro que esta es la mejor manera de recorrer la Carretera Vieja.

Tras los diecisiete kilómetros iniciales el asfalto termina con un pronunciado bache como único aviso. En adelante, el camino es una serpiente de tierra y piedra que por momentos se hunde en gigantescos lodazales y por agua desbordada de las quebradas que de cuando en cuando se traga la vía. Entonces la moto deja de ser un vehículo ágil para transformarse en una herramienta de precisión, que en las manos experimentadas de don Isidoro, mi moto taxista, franquea las repentinas sorpresas con habilidad baquiana. Por eso, pese a su corta distancia, cada uno de mis viajes demora al menos de seis horas de recorrido, sin contar el tiempo que invertido en cada una de las escuelas.

En Carretera Vieja solo existe el presente. Cuando los imprevistos se suman uno tras otro, las sorpresas anteriores van quedando en el olvido y la atención se concentra en las circunstancias del momento: una vaca pasta con indiferencia suicida tras una curva, una quebrada cristalina estalla en una súbita cascada y es necesario pasar bajo esta para continuar el camino, un grupo de perros duermen imperturbables en medio de la vía, nuestra moto se encuentra de frente con la vieja buseta que regresa a Cali y la estrechez de la vía nos obliga retroceder. Todo sucede a su tiempo y no da ocasión para quedarse pensando en lo que ya fue, en lo que la carretera misma dejó atrás.

Al tercero o cuarto de nuestros viajes, Don Isidoro ya ha enamorado a alguna muchacha de unas de las tantas veredas que hay a lo largo de Carretera Vieja. Como unos días antes me llevó a conocer a su familia y esposa, le hago un pequeño reproche y le llamo Viejo Perro.

-Usted sabe, patroncito-, es lo único que me dice al  cabo de un rato con su desdentada sonrisa, y yo asiento para demostrarle que sí, que yo sé, que soy cómplice de sus aventuras. Pero la verdad es que en Carretera Vieja no soy más que un niño de ciudad que no entiende nada y que oculta su confusión asombrándose, más de lo creíble, por el paisaje. Una flor nacarada, las ruinas de una casa o un claro que deja ver con detalle la montaña, son para mí, descubrimientos únicos que bien merecen una parada de la motocicleta para tomar unas cuantas fotografías. Mi asombro, sin embargo, no deja de ser una suerte de impostura comparada con los motivos que entusiasman a don Isidoro. A él no le atraen ni las flores, que ha visto a montones, ni mucho menos las ruinas que para el son estorbos en el camino. A Don Isidoro lo que le atraen son las mujeres que nos encontramos. No son muchas, pero para cada una de ellas merece un elocuente suspiro que yo casi nunca logro comprender. Porque donde yo veo una mueca y obesa mujer, él ve unos brazos expertos en tibios encuentros amorosos; lo que para mí es una espalda demasiado ancha y alta, para él es una promesa de amante briosa, fuerte, una amante equina; y aquella anciana que corre detrás de las gallinas, a sus ojos es una agraciada y picaresca concubina.

La intemporalidad de la carretera se extiende a sus habitantes. Durante mi último viaje, don Isidoro se detiene en una  tienda a la orilla de la vía para hacer un breve descanso y tomar una gaseosa. Frente a nosotros un  niño juega a pescar en un pozo de cemento lleno de agua. A su lado dos niñas –no deben tener más de seis años– lo alientan y le piden que saque un pez muy muy muy  grande para el almuerzo, porque el esposo no puede llegar a la casa sin la comida. El inesperado marido no tarda en asumir la tarea y promete el mejor pescado. Lanza su caña al pozo que en sus cincuenta centímetros de profundidad tiene más fango que agua. Ahí, a la orilla de Carretera Vieja, es difícil no pensar que esos tres niños a medio vestir, bien podrían ser infantes de hace cincuenta o sesenta años. A mi lado se sienta la mujer que nos ha traído la gaseosa, y como es lo suficientemente anciana  para recordar  épocas más gloriosa de la carretera, no espero ni un momento para manifestarle mi asombro de que este camino de lodo y piedras haya sido, alguna vez, la única vía que tenía el país para llegar a uno de sus más importante puertos marítimos.

Ve, niño ¿Y cuándo fue eso?-, me responde la mujer con un rostro impasible, tan vacío de cualquier sorpresa que me hace pensar que por meses he estado equivocado sobre la historia de aquel lugar. Pero entonces me doy cuenta que no es posible y eufórico le cuento que la vía donde ella vive, nació para que los jeeps repletos de café que salían del viejo Caldas llegaran a Buenaventura y partieran desde ahí hacia el resto del mundo, llevando el mensaje de que el nuestro es un excelso café. Incapaz de controlar mi emoción, soy yo quien le cuenta que por esta carretera entró al país buena parte de lo que en la ciudad llamamos pomposamente la modernidad: hierro, enlatados, losa y hasta carros japoneses. Pero el entusiasmo no logra contagiarla y ella sigue ahí, imperturbable, frente a la carretera.

-Pues no recuerdo eso -me dice un rato después-, pero mejor que ya no sea así. Mire no más, esta mañana una de esas motos que bajan me mató al gallo. Cuando usted, paisita, suba de regreso, póngale cuidado a mis animales, porque si me mata una gallina, se la cobro.

Así son las cosas en Carretera Vieja, las gallinas suben, las motos bajan, las familias viven cada día en una calurosa y húmeda monotonía que no se rompe ni siquiera por el ir y venir de la historia. Cuando estoy a punto de retomar mi camino escucho a los niños que me llaman emocionados.

-Piqué, piqué -exclama el niño mientras saca la caña del pozo- y para mi asombro un  pececito moribundo chapalea en la cuerda. Las niñas gritan emocionadas. No será un buen candidato para la cena, pero el milagro se ha cumplido. Yo prosigo mi recorrido. Unos minutos después los niños destripan al pececito sobre una piedra. Algunas horas más tarde la moto de Don Isidoro me saca por última vez de Carretera Vieja. El polvo y el olvido se confunden, y yo soy por fin una de las tantas cosas que por ahí pasan, para nunca más volver.