ALONSO ARCILA MONSALVE, LA VOZ DE LOS TRASNOCHADORES

Su voz ha sido escuchada en las madrugadas del AM desde hace cincuenta años, cuando comenzó a ser locutor. Entrevista a una leyenda de la radio en el país.

 

Por / Norvey Echeverry Orozco

A las diez y treinta de la noche, de lunes a viernes, Alonso dice con énfasis desde los micrófonos del programa radial que dirige: “transmitiendo desde Medellín, ciudad fácil de querer, pero muy difícil de olvidar”. Empieza acá el relato de una vida dedicada al micrófono, a expandir su voz por las ondas hertziana y, en particular, a acompañar a miles de noctámbulos antioqueños. Desde hace 45 años conduce Los habitantes de la noche.

 

¿Cómo ha sido la experiencia, por cuenta de la pandemia, de transmitir desde casa?

Bueno, Norvey, le cuento que la experiencia ha sido buena, afortunadamente. La empresa nos ha facilitado la forma de contactarnos para tener buen sonido. Igual, pues, también yo me he preparado ya con unos aparatos especiales que me conseguí para que el sonido salga bien. Uno no deja de reconocer que estar en la emisora, en la cabina, es mucho mejor, indudablemente, porque al fin y al cabo es el contacto cercano con la gente que lo visita a uno. A esa hora el taxista, o cualquier personaje que lo quiere visitar a uno por cualquier circunstancia. Pero, en fin, creo que hemos logrado superar, ya llevamos siete meses adelante con el trabajo estando en casita.

 

¿En todos los años de radio alguna vez había transmitido desde la casa?

Nunca. Es la primera vez. A mí nunca me ha gustado transmitir desde la casa. Yo cuando no trabajo, o descanso, o estoy un poco afectado, no. Ni siquiera cuando salgo al extranjero. Hago unas grabacioncitas, digamos cuando me voy a pasear donde el hijo en Estados Unidos, grabo diez, quince minuticos de introducción, saludando a los oyentes como si estuviera ahí y ya. De resto, nunca.

 

En este 2020 se cumplen cincuenta años desde que empezó siendo locutor. ¿Qué ha sido lo más difícil de hacer en la radio en todo este tiempo?

A ver, hombre, yo creo que esto es difícil y no es difícil; esto es de amor, de uno ponerle cariño. Para mí no ha sido difícil, porque yo he encontrado como mucha facilidad cuando he pedido oportunidades. Mire, yo llegué en el cincuenta como operador de audio, el primero de diciembre. A los veinte días me dieron chancecito de hablar por micrófono, porque yo ya venía de otras partes, pero no en emisora. Le repito: para mí no ha sido difícil realmente esa parte. O sea, he encontrado mucho acceso. Ya hoy en día lo que tiene es que el medio se ha vuelto muy difícil en la parte económica. Ya es uno el que se tiene que buscar la misma.

 

¿Alguna historia escuchada por usted en el programa de esa Medellín noctámbula que lo haya marcado?

Recuerdo alguna vez un oyente. Me llamó. Yo hacía el programa a nivel nacional en Caracol, por allá del año 88 al noventa. El programa se llamaba Una voz en el camino. Era lo mismo que he estado haciendo toda la vida, pero Caracol adoptó ese nombre. Me acuerdo que una noche de las tantas me llamó una persona, desahogándose, a decirme que tenía intenciones de suicidarse, pero que escuchando el programa como que había recapacitado. Así me lo contó. A ese señor lo conocí yo después aquí en Medellín trabajando para una importante empresa. Me lo contó, así como se lo digo. Yo no sé si era exageración de él, pero fue algo que me dijo. Era que estaba muy deprimido. En fin. Diría que es una de las historias que a mí me han marcado. Mire que la recuerdo mucho. Fue hace más de treinta años.

Me tocaron varias radionovelas que hubo en ese tiempo. Una se llamaba Corazón rebelde, otra La gran mentira, otra El caballero de las orquídeas. Fotografía / Cortesía

Lastimosamente no me tocó vivir en los tiempos de radionovelas como La ley contra el hampa. ¿Cómo se hacían esas radionovelas y qué era lo mejor de ellas?

Fui radio actor de ese serial, era en Todelar. Todos los días un tema distinto. En media hora se dramatizaba un hecho de la vida real, de lo que había ocurrido, por eso se llamaba La ley contra el hampa, donde la justicia siempre triunfaba. Fue una experiencia muy bonita. Igual yo también trabajé en radionovelas de RCN en el 74, que fue lo último que se hizo en RCN, como radionovelas. Me tocó ser en una el protagonista, en otra fui narrador y en otra hice un papel secundario. Me tocaron varias radionovelas que hubo en ese tiempo. Una se llamaba Corazón rebelde, otra La gran mentira, otra El caballero de las orquídeas. Las de RCN eran libretos de Efraín Arce Aragón, el papá de las radionovelas. Él escribió una telenovela, creo. Fue una experiencia bonita porque había que actuar. Uno tenía que transmitirle a la gente, hacerle ver, prácticamente, lo que estaba haciendo. ¿Cierto? Era hacerle meter como en la cabeza lo que yo estaba haciendo en el momento con el papel que interpretaba. A mí me tocó hacer papeles de bueno en La ley contra el hampa, de malo, de sádico. O sea, yo no tenía un papel característico. Una época muy bonita de la radio en este país como fue el radioteatro.

 

¿Por qué cree que se acabaron?

Básicamente yo creo que las telenovelas han venido creando esa otra expectativa distinta a la radio. Eso desde que empezaron las telenovelas las mismas radionovelas se fueron acabando. Mire, hasta el 74, recuerdo que RCN transmitió radionovelas. Esa fue la época en que Ardila Lülle compró la cadena. Al comprar la cadena, ellos venían con otra idea que acabó las radionovelas. La ley contra el hampa, en Todelar, siempre duró más, porque Todelar manejó muchas radionovelas, hechas desde Bogotá. Todas las radionovelas que hacía Todelar Kalimán y otras tantas– eran desde Bogotá. Lo único local que hacíamos nosotros era La ley contra el hampa, pero eso fue hasta el año 85, 86, más o menos. Pero como le digo, Norvey, la televisión fue supliendo todo ese espacio y fue marginando la radio. Muchos de los que fueron actores de radioteatro hoy en día son actores de televisión. Un caso concreto: Ronald Ayazo, estoy hablando de por allá de treinta o 35 años. Él protagonizó una telenovela que se llamaba El caballero de Rauzán. Ronald Ayazo era radio actor en Medellín, en RCN, y como él, Kalimán, que era Gaspar Ospina, un antioqueño, era el personaje. La gente se imaginaba un tipo de turbante, elegante, alto. El tipo no era así. Yo no lo conocí tampoco. Es más, uno mismo se los imaginaba. Después los vi actuando en una telenovela. Uno dice: ve, este es Gaspar Ospina. Mire usted lo que son las imágenes. Lo que es la radio y lo que es ver a los personajes en la televisión.

 

¿En los 45 años de Los habitantes de la noche se le ha pasado por la mente dejar el programa?

No, afortunadamente no, porque ese ha sido el fuerte mío. Yo diría que es la bendición que Dios me dio. Sin pensarlo, porque nunca estaba imaginándome que iba a trabajar toda la vida de noche. A ver, yo cumplí este jueves primero de octubre los 45 años realizando el programa. Cualquier día Jorge Eliécer Campuzano, que era el director de La voz del río grande, me dijo que si yo me le medía a ese trasnocho. Ya el programa venía haciéndose. El programa nació el cuatro de mayo del 75. Hubo tres locutores antes que no aguantaron el trasnocho, les dio muy duro. Jorge me preguntó si me le medía. Le dije hágale, yo me le mido. Desde ese momento arranqué y le fui poniendo cariño y dele y dele perseverando. Yo tampoco tenía intención de quedarme en la noche. Yo trabajaba de locutor relojero en una emisora que se llamaba Radio ya, anunciando música cada tres minutos, pero la idea mía era pasar a la emisora matriz, que era La voz del río grande, donde se hacía el programa, para después pedir trabajo en el día, porque en el día se hacía muy poco: se daba la hora cada media hora y noticias cada hora. Muy suave el trabajo. Un locutor relojero seis horas clavado en una emisora era muy duro. Esa fue como la intención mía: llegar a la emisora y pedir traslado. Tanto que al cabo del tiempo yo lo pedí. Hablé con el gerente y me dijo: “No, señor, usted se queda ahí porque ese programa es un éxito. ¡No sea pendejo!”. Me trató así, con mucha confianza. El tipo dándome a entender que eso era lo mío. Realmente sí. Todo eso me ha servido. Mire: de querer irme, de no querer continuar, me empujaron para que no desistiera. Aquí voy ya, de este puesto no me quita nadie.

 

Lo de decir la hora cada tres minutos… ¿Cómo hacía para no quedarse dormido?, ¿no era, acaso, muy tediosa esa labor?

Era muy tediosa y más que me tocó mucho en la noche. Antes del programa mío también me tocó demasiado programa nocturno. Vea, hermano, eso lo coge a uno a las dos de la mañana, o a las tres, la pálida, y uno es… porque yo hago programa hasta las tres y media y es suave, para mí es suave. Si yo descanso bien en el día no me coge el sueño por las noches, pero ya cuando era hasta las seis de la mañana que me tocaban esos turnos, eso a las cuatro lo iba cogiendo a uno la pálida. Yo tiraba el micrófono al piso, la base. Cogía por allá una cosita, acomodaba como una especie de cambuche y le pedía al control que me despertara cada tres minutos. O sea, dormía dos, tres minuticos y el control me tocaba el timbre para despertar. Me tocaba hacer eso. A mí me decían que bebiera café con coca cola. Eso no. Hay que descansar bien en el día si uno quiere trabajar bien en la noche.

 

¿A qué hora duerme, entendiendo que el programa va desde las 10:30 p.m. hasta las 3:30 a.m.?

Me veían a las nueve o nueve y treinta de la mañana cuando estábamos en situación normal, ahora a las ocho y media o nueve estoy despierto. Yo duermo muy fácil. Estoy terminando el programa a las tres y cinco, porque a esa hora estamos dando unos espacios religiosos a un sacerdote que nos colabora todos los días. Él tiene como un mensaje para la gente a esa hora. Estamos poniendo también otros mensajitos pa’ la gente. Mi programa lo oye mucha gente de edad. A esa hora les gusta mucho rezar. Normalmente lo he hecho hasta las tres y media, pues, charlando con la gente. Despido a las tres y veinte. De ahí la despedida con la publicidad. A las tres y media la emisora tiene compromisos. Llego aquí (a la casa) faltando veinte para las cuatro, más o menos. Mientras me cambio y todo eso, faltando quince para las cuatro, ya estoy listo. Me pongo a ver televisión cinco minuticos y ya después ahí quedo cansado, fundido. Duermo por ahí cuatro horas y media en semana, pero los fines de semana sí me pego mi descansadita total.

 

El programa también ha entrado en el streaming (transmisión de video). ¿Usted cree que le quita magia a la radio o le da otro aire el hecho que los oyentes vean al locutor?

Da otro aire, Norvey. Mire: hoy en día todo el mundo está manejando lo que llaman el Facebook live, o YouTube. Transmitimos para la gente que se mete allí, que lo están siguiendo a uno, en fin. Cuando estábamos en la emisora era muy bueno, porque, pues, se ponían las cámaras y nos enfocaban a nosotros para que la gente viera cómo hacíamos el programa. Aquí hay mucha gente que está escuchando por internet. Increíble, porque hace días tuvimos un problemita y entonces no estábamos saliendo para ninguna parte del extranjero ni nada. Mucha gente me escribió al teléfono. Que por qué no estábamos transmitiendo. ¿Pero cómo? Es que hoy en día la gente está oyendo mucho por internet, por las aplicaciones, por la página de la emisora. Hay un señor que tiene una emisora en Miami, pero es virtual también, y él retrasmite el programa todos los días. Yo me sorprendo y digo: ¿cómo así, nos están oyendo también aquí en Medellín por internet? Muchos la oyen por internet, porque las frecuencias tienen problemas muchas veces, que dependen de dónde usted viva la señal entra con ruiditos. Si hay mucha construcción a los lados y todo eso.

Ya quedé grabado, se puede decir que también soy actor de cine. Fotografía / El Colombiano

Félix de Bedout, siendo estudiante de la Universidad Pontificia Bolivariana, tuvo pasos por el programa, ¿cómo le iba a él?

Muchos de los presentadores y periodistas pasaron, pero ellos iban era como observadores, porque los mandaba Martha Lucía Arizmendi, la decana de Comunicación Social – Periodismo. Estamos hablando de cuarenta años atrás. Me mandaba a muchos. “Ve, Alonso, ¿me colaboras?, ellos quieren ir a ver el programa, a ver cómo se hace”, decía. Entre ellos estuvo Fénix de Bedout, estuvo Adriana Arango, que también fue presentadora de noticias. Así los que recuerde yo. Iban otros muchachos de Arquidiseño que estudiaban de noche. Se la pasaban en la noche trabajando y escuchando el programa. Me visitaban. Iban allá a acompañarme, porque querían conocer cómo se hacía el programa. Era como una clase que les ponía la decana. De los personajes quedó marcado para mí Félix de Bedout, un hombre que hoy en día tiene mucho recorrido con una imagen internacional.

 

En su programa, para los lectores que no lo han escuchado, hay una chicharra y una echada de perros. ¿En qué momento surgieron?

Mi hermano “Rubencho”, el narrador de ciclismo, me acompañó en el 83 en el programa. Él tuvo por allá un momento difícil en la radio. Estaba como desubicado y quiso acompañarme en el trabajo. Estando ahí a él se le ocurrió, porque en sus viajes a La vuelta de Costa Rica me contaba que hay una sección de por allá de echada de perros. Allá como que la echada de perros es distinta a la de acá, que es cuando uno está enamorando a una mujer. En Costa Rica la utilizan para regañar a la gente. Él me propuso que hiciéramos eso y a mí me pareció buena idea. Los perros, en sí, son idea de mi hermano, los nombres se los puse yo que me los inventé: Pirulo, Cachirulo, Pechusco y Candelosa. Lo que pasa es que yo inventé por allá unos tres o cuatro nombres más, dependiendo de los personajes, para tomarles del pelo. Yo tengo un perro que se llama Luciano, pero es por molestarle la vida a Luciano Gonzáles Sequea, que es mi buen amigo.

La cornetica: un día cualquiera, yo no sé… En un escritorio que había allá en la emisora, estaba abierto y encontré una cornetica ahí. Me dio por coger la cornetica, llevármela y ponerla a funcionar para cualquier cosa, como un símbolo. Esa cornetica la tengo todavía. Lo que pasa es que aquí en la casa me da miedo ponerla. Apenas me la mandaron el pasado jueves, porque estaba guardada. Imagínese de pronto aquí los vecinos con una corneta. Yo hablo durito, pero trato de bajar la voz. Gracias a Dios, ninguno de los vecinos me ha puesto problema. Esta semana la funcioné y yo mismo me asusté. Lo que estoy haciendo es taparle la salida a la cornetica, para que medio suene un poquito.

Víctor Gaviria, reconocido cineasta antioqueño, escribió el guion del cortometraje Los habitantes de la noche, donde usted cumple el papel de personaje principal. ¿Cómo fue el proceso de la realización?

Él me llamó, me dijo que estaba escribiendo un guion para presentar a un concurso de Focine, que era la Compañía del Fomento Cinematográfico en ese tiempo. Me habló del proyecto del guion y me preguntó si le podía poner ese nombre. Era con la temática del programa, porque él lo escuchaba. Se basó en lo que yo hacía. Lo presentó y se ganó el concurso de guiones. Como vos ves que Víctor siempre trabaja con actores naturales, quiso que yo fuera el protagonista del programa. Recaredo Restrepo era el control, fue el control mío durante trece años en Todelar, del 75 hasta el 88. Ese señor era muy veterano y muy malgeniado. Había que saberlo llevar. Ellos ocuparon a otro señor para que hiciera el papel, se llamaba Leonel Gallego. Ahí hay un gurú, no sé si usted ha visto el largometraje…

 

Sí lo he visto, incluso tengo una pregunta respecto a ese gurú: ¿el personaje realmente existió en el programa, o lo puso Víctor?

A mí me visitaba un tipo que se hacía pasar por gurú. Era de esos brujos rebuscadores. Un tipo hasta muy querido, muy formal conmigo. Me pidió que si le daba cabida. Él andaba de túnica y de cabello largo, era de Ibagué. Echaba ahí carreta y vainas, pues, de eso de brujos. Yo le daba chance a él y eso también lo escuchó Víctor. Entonces cuando ya iba a la grabación Víctor me pidió localizar al gurú. Yo le dije: hombre, el gurú ya no vive aquí en Medellín, él ya se fue otra vez a vivir a Ibagué. Me preguntó a quién podíamos ubicar. Yo sabía que este muchacho gurú, Fernando Londoño, como se llamaba él, hacía una sección en Todelar con unos compañeros en un programa que se llamaba Óigalo. A él le gustaba mucho hablar del horóscopo. Lo propuse y lo presenté. Nos citaron a una reunión para entender cómo iba a ser el proyecto, qué días íbamos a grabar. Se grabó entre sábados y domingos, como en seis fines de semana, porque yo en semana no podía, pues estaba en el programa.

 

¿O sea que las grabaciones no fueron en vivo, mientras estaban al aire?

Fue actuado. Lo mío se hizo entre sábado y domingo; lo otro, la parte exterior, no sé en qué momento lo grabaron. Ellos se iban en semana a grabar a los vigilantes. Eso se hizo por allá en el velódromo. En el hospital, donde estuvo interno el muchacho, fue en la sección de los drogadictos, creo. Lo mío sí fue en la emisora. Y es cierto: fue preparado, todo fue libreteado, ellos me decían qué debía hacer. Se grabó en el 83 y se presentó en el 85, porque eso mientras fue a estudio y laboratorio se demoró como dos años. Se estrenó en el 85, justo cuando yo cumplí diez años con el programa. Fue una experiencia espectacular. Ya quedé grabado, se puede decir que también soy actor de cine.

 

Por último, esta pregunta que sea respondida para los oyentes que siempre están ahí escuchándolo en las madrugadas: ¿hay Los habitantes de la noche para otros 45 años más?

Dios quiera que sí, hombre Norvey. Dios quiera. Pues, hombre, yo me cuido mucho. Mientras haya fuerzas, medio -que es lo más importante, para poder hacerlo- y haya plata, porque esto ya es de plata también, ¿no? Hoy en día no es que lo contraten a uno sino que uno es el que está pagando para poder hacer el trabajo. Primero a mí me pagaban, ya yo soy el que pago. Pero bueno, a mí me gusta y lo vendo y por lo menos por ahora el programa se financia bien. Mientras que eso sea posible, ahí estaremos no sé hasta cuándo, mi hermano. Como se dice: hasta que San Juan agache el dedo.

@norveyorozco